Arena.
Pasan unos minutos de las cuatro de la madrugada. Agosto se desangra, y en pocos días la Noria volverá a girar. El final del verano siempre me ha parecido algo trágico. No por ser el fin de las vacaciones, que hasta hace bien poco las pasaba estudiando, por algo más. Una sensación rara, en la boca del estómago.
Empezó hace unos años, al deshacer una maleta llena hasta los topes de ropa sucia y sueños. La ropa se logró limpiar. Venía de abrir muchísimas puertas, y tuve que aprender a cerrar algunas de ellas. Chirriaron, las muy putas. De las que se quedaron abiertas, atravesé una y me transportó a un lugar mágico, a mi presente.
Desde entonces hasta hoy, cada final de Agosto, al menos una noche, noto la misma sensación en la boca del estómago. Pensaba que este año no iba a ocurrir, pero aquí estoy. Pasan unos minutos de las cuatro de la madrugada, y aquí estoy.
Vengo de pasear solo por la playa, era inmensa y oscura, sólo iluminada, en rítmica sucesión de segundos, por un haz de luz. La luz de un faro. He caminado hacia él por la orilla. Uno, dos, tres, luz. Uno, dos, tres, luz. Uno, dos, luz. Uno, dos, luz. Ese era el ritmo del faro. Lo sé porque me golpeaba en la cara, iluminándome. La arena estaba helada. A lo lejos, sobre las dunas, se adivinaban parejas de amantes y muchachos con botellas de vidrio. Sobre mí, había estrellas, a mi izquierda, rompían las olas.
Sin saber muy bien por qué, le he pedido, por favor, silencio a Sabina, me he sentado y, como tantos millones de personas antes que yo, me he quedado mirando las olas.
En algún libro leí una vez que el hombre tiene una especie de fascinación secreta por el mar, es cierto. Ya sea el pirata de Espronceda buscando Ítaca y amenazado por una gran ballena blanca o un niño con pañales, gorro, pelota y mucha crema protectora. Todos nos sentimos atraídos por el ronroneo de de las olas.
Le he preguntado a mi estómago por qué notaba un nudo. He hecho trampa. Tenía la respuesta de antemano, de hecho creo que tengo la respuesta desde el mismo día que hice una maleta que luego acabó llena hasta los topes de ropa sucia y sueños. Aquel día, el de la maleta, descubrí la Incertidumbre, y cada final de Agosto, de un modo u otro, vuelvo a bailar con Ella.
Ni siquiera me parece original, y supongo que a todo quisqui le pasa, pero a veces uno ha de sentarse en la orilla de una playa, solo, de noche, con un cielo estrellado y la arena helada, y ponerse a ver el romper de las olas, dejando que la espuma te arrase el alma, y devuelva al mar todo lo que le pertenezca.
Al tiempo, cuando has dejado incluso de pensar, notas la indescriptible sensación de tener la conciencia tranquila. Entonces, casi de forma automática te levantas, le pides a Sabina que vuelva a mecerte, y te vas caminando, iluminado rítmicamente por un faro, hacia casa, y llegas, y te acuestas, y te das cuenta de que el nudo del estómago ha desaparecido, y sonríes porque sabes que has vuelto a bailar con la Incertidumbre.
Esta vez ha sido un tango descarnado, con rosa y sin beso, maravilloso y extenuante.
Suerte.
Todo va muy rápido hoy por hoy, tanto que vivimos con miedo, asustados a sabiendas que en cualquier momento algo puede girar, y pegarnos una hostia en los morros.
Si caen muchas hostias seguidas te agrias, se te cancera el carácter, tuerces el morro, bajas la cabeza y arrastras los pies. Andas con la navaja del cinismo abierta en el bolsillo, esperando cualquier momento para darle dos mojadas al primero que te pida la hora. Para no ver los vasos medio vacios, te los bebes, y los días pasan, como las cuentas de los rosarios mohosos en las manos de las viudas enlutadas. Cuando te quieres dar cuenta has generado tal remolino de mierda a tu alrededor que los pocos momentos de paz sólo ocurren porque estás en el ojo del huracán. Poco a poco pierdes la esencia, y mueres.
Esa velocidad, la velocidad de los días, las semanas y los años es muy peligrosa, por eso conviene pisar de vez en cuando el freno.
Pararte, obligar a la vida a que te dé un respiro, sonreír a desconocidas, hablar con la familia, quedar con exnovias, pasear por la playa, leer, suspirar, oír música mirando al techo… buscar esos lapsus que argamasan tu esencia. Es importante estar a gusto contigo mismo, estar en paz y equilibrado. Si logras pasar equilibrado el tiempo suficiente, poco a poco empezarás a fijarte en pequeños detalles que antes parecían ocultos, como en un cuadro barroco. Las cosas comienzan a ocurrir un poco más despacio, oyes a alguna gente silbar por la calle, y sin saber por qué sonríes.
Por supuesto, el mundo seguirá conspirando, y mandándote a sus oscuros esbirros a pegarte patadas en las espinillas, y tú decidirás cómo enfrentarte a ellos.
Algunos te harán daño, a otros les driblarás sin que te toquen. Algunos vendrán con ballestas, lanzas y arietes a poner patas arriba tu vida, otros disfrazados de borregos, cuando no son más que zorras. Podrás con todos ellos, pero si en algún momento ves que son demasiado no desfallezcas, busca a otros como tú, normalmente están en la agenda de tu móvil, rodéate de ellos, blíndate, tocad la guitarra, emborracharos, hablad delante del fuego, haced lo que sea que hagáis y poned el alma en ello, triunfareis, triunfarás. Verás que la velocidad de la vida puede ir al ralentí, siendo un agradable paseo con vistas geniales.
Sé que suena a rosa, pero no van por ahí los tiros, es más bien un verde oscuro y apagado que invita a correr sobre él, denso, seguro y confortable. Es felicidad.
Trazos.
Coge un lápiz y dibuja una línea en un folio. Entiéndela como una sucesión infinita de puntos. De este modo puedes hacer un “zoom” mental, de tal forma que veas cada punto como una unidad independiente, y a su vez eslabón de otros puntos. Extrapola el ejemplo tanto como desees.
Ahora puedes jugar a que esa línea es tu vida, o tu relación de pareja, o tu carrera, o las letras de un coche, da igual.
Céntrate en uno de esos puntos del ejemplo que desees, un día, un beso, un examen o un cheque.
Visualiza el instante.
Si lo has hecho descubrirás dos cosas. Por un lado, ese “punto” se explica al contextualizarlo, tiene un antes y un después, unas circunstancias precisas que si tratas de analizar de forma aislada parecen absurdas, pero al darles un contexto todo el engranaje gira, explicando por sí mismo el “punto” en el que te centraste. Por otro lado, el punto en el que te has centrado pertenece al pasado.
Puede ocurrir que decidieras dibujar la línea curva, incluso tal vez hiciste un looping al dibujarla y tu línea se cruza consigo misma. Todo vale, ya lo verás.
Es un ejercicio muy simple, pero lo puedes complicar tanto como desees, haciendo los puntos más y más pequeños, volviéndote loco en los detalles, desquiciándote con cada palabra dicha, cada sentimiento y cada gesto. Entonces es cuando lo de pintar líneas deja de tener gracia. La parálisis por el análisis. No caigas en eso. Recuerda el viejo consejo “Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.
Entiende que el final de la recta, es el final de la historia, pero que tú controlas como de larga hacerla. Siempre será decisión tuya dedicarle más tiempo a las cosas. También será decisión tuya acabar con algo para siempre. Hay quien ha intentado volver a añadir puntos a una línea acabada. Puede que alejándote lo suficiente parezca un empalme perfecto, pero tú, hábil dibujante de tus líneas, sabrás que es una ficción, una ilusión, una farsa.
Verás que no hay dos líneas iguales. Asúmelo. No intentes calcar líneas de otros. Es tan absurdo como suena. No dejes que nadie te agarre de la mano para dibujar una línea por ti. Crea tus líneas, no tengas miedo, que no te tiemble el pulso. Inventa.
Se caprichoso con las formas, o duro y recto, descubrirás que da igual porque cada línea consta de infinitos puntos. Casi todas las líneas pueden dibujarse de mil modos distintos. Pruébalo.
Sólo podrás ver la línea una vez esté dibujada. Es importante que pienses en esto. Las líneas que no estén acabadas no las dibujes, porque no podrás tomar distancia para verlas.
Coge un lápiz y dibuja una línea en un folio. Disfruta.
Fuego.
Era el undécimo mandamiento, un espíritu libre, una canción de Sabina…
La conocí de noche, entre risas y fuegos.
Hay muy pocas cosas de las que uno puede estar seguro, una de ellas es que las miradas no mienten, otra es que la curiosidad es el único sentimiento completamente impulsivo. No se si fue por su mirada, o por la curiosidad que despertó, o por nuestra tasa de alcoholemia… no me importa. Lo realmente importante es que, ya fuera por su mirada, o por la curiosidad, o incluso por la maldita tasa de alcoholemia, nuestros mundos se cruzaron en una vorágine de despreocupación, importaba un comino que el maldito segundero continuara destrozando futuros.
Cenicienta sabía algo que el príncipe ignoraba, y es que a las doce se acababa la matraca. Nosotros no sabíamos a qué hora podía ocurrir, pero entre los dos un muro de vergüeza se levantó al ser conscientes de que el maldito planeta nos imponía sus estúpidos horarios. Frente a ellos nos revelamos, nos independizamos en una pequeña república de tres metros cuadrados que hacía frontera con una pared y estaba cubierta por un edreón. Nuestro discurso fue el de los besos, nuestra constitución es consabido “carpe diem”…
La democracia nunca había sido más perfecta, no es que lo decidíesemos todo por la absurda mayoría, es que había una meta común, y al fin el poder era del pueblo en aquella minúscula república. El fin último era el disfrute.
Lo mejor de todo siempre es el final, la última calada, el último bocado, el último tren antes de tu destino, la última fila, o el último trozo de ese pastel de chocolate. Eso ocurre porque generalmente la gente no aprecia los principios o los medios, pero cuando odias al mundo porque el principio, el medio y el fin están concentrados en una única calada, en un último bocado, entonces aprecias cada instante, cada mísero segundo lo masticas alargándolo tanto como sea posible. Cada beso de ese tiempo es un recuerdo, y cada recuerdo es una fotografía a la que volver en el maldito futuro para poder esbozar una sonrisa. Es por esto por lo que es tan importante sonreír. Es por esto por lo que me he enamorado hasta que ha salido el Sol, por las sonrisas, por los malditos recuerdos.
Personalmente, la impulsividad me ha caracterizado siempre, girar en la cama y notar aún tu calor en tu ausencia es lo que ha llevado a este ingenuo mequetrefe a teclear en vez de soñarte.
Hay historias que duran toda la vida y suceden en instantes, gracias a Dios, hay muchos instantes.
Evolución.
Algo ocurre en el mundo. No sé por qué, pero algo huele a podrido. Las televisiones se deleitan con el morbo que provoca el asesinato de una cría. Los políticos se dedican a escupir mierda unos de otros. Los señores con chistera y monóculo siguen luciendo chaqueta nueva mientras hablan de la crisis. Los niños se siguen muriendo de hambre. Las redes sociales me avisan cuando un viejo compañero de pupitre se corta el pelo. La leche tiene Omega3. Las cuchillas de afeitar son aerodinámicas. EL hielo del planeta de destruye y a nadie parece importarle. Las cañas se toman en bares virtuales. En algún oscuro sótano hay un señor dándole a la maquinita de hacer dinero para soliviantar el balance de los bancos. Se ven películas en teléfonos, encargas comida por la televisión, lees los mails en la nevera y los hornos se limpian solos…
Conozco un tío que recibió un SMS en su PDA diciéndole que tenía un E-Mail en el que le avisaba su esfínter que pensaba tirarse un pedo. Y todo gracias a un CRM que funciona en TQM…
Vivimos una era de superación constante de la tecnología. Lo nuevo aparece por segundos. Estar a la última supone convertirse en un esclavo. Atarse de pies y manos a un consumo desaforado.
El futuro ha llegado, y es un caos.
Se perfilan oportunidades de cambio, pero no creo que sean más que las falsas ilusiones puestas en el expositor del “te lo dije”, para crear esa especie de falsa paz social que genera entre los sofistas contestatarios hablar de lo mal que están las cosas, y luego esa panda de hijos de puta se van a dormir con la conciencia tranquila, pensando que nos engañan.
Vivimos acongojados tratando de adivinar por dónde nos va a llover la próxima ostia, convencidos de que somos los pobres desgraciados que aguantamos estopa por aquello del “ver, oír y callar”, “si buana” y “a sus pies, lo que usted mande”.
Somos putos Lemmings con un camino marcado, uno detrás de otro derechitos al acantilado, convencidos de seguir nuestro camino, porque, total, el de delante no puede estar equivocado! Así que mejor seguirle a pies puntillas, a sus pies, lo que usted mande.
Los soñadores de pelo largo, con la guitarra al hombro, la barba de tres días y un Detroit decadente por sus venas cuelgan sus éxitos en plataformas digitales y puedes ver sus videoclips mandando “FUCK U” al dos tres dos tres…
La maquinaria gira, y las muescas que no encajan se amoldan a base de chirridos. O estás en un bando o estás en el otro. O a caso pensabas que podrías seguir tomando leche normal toda tu vida?
Me pregunto cuántos niños de seis años probarán antes una simulación por video consola de un partido de tenis que un partido de tenis real…
Podríamos tener otro mundo, pero hemos llegado tarde. Renton decía “dentro de mil años no habrá ni hombres ni mujeres, sólo gilipollas”. El futuro ha llegado, y no nos hemos dado cuenta. Ya no se asusta a los críos con el hombre del saco, imagino que ahora da más miedo explicarles qué es el EURIBOR.
Y mientras tanto las guillotinas andan cogiendo polvo en sótanos olvidados.
Nos han aleccionado para que hagamos las cosas según el orden establecido, pero parece que el orden establecido no es el mejor de los órdenes posibles, eso sí, como se te ocurra decirlo en voz alta un señor gordo y con gafas oscuras te señalará con el dedo tachándote de amigo del caos. Es preferible la injusticia al desorden, que decía aquel.
Esperamos un cambio, un giro de timón, y miramos ansiosos a nuestro alrededor intentando encontrar alguien que sea capaz de hacerlo. Parece que hayamos olvidado la gran lección de la historia. Quien tiene poder para cambiar las cosas se juega demasiado. No es que el poder corrompa, es que nubla los sentidos. Es muy fácil acostumbrarse al solomillo, y más aún si crees que lo mereces.
Señores, busquen un espejo, pónganse delante, mírense a los ojos y verán al único culpable de lo que acontece en el mundo. ¿No me creen? Dejen el espejo, abran su nevera y díganme si su leche tiene Omega3…
Concurso.
Se busca…
alguien que no busque a nadie.
Que huela bien,
se ría,
llore,
y que mime, por Dios, que mime.
Se ofrece…
Sándwich de calor-frío de tres pisos en forma de:
Tipo gracioso con Norte variable,
cuentacuentos,
comprometido,
soñador.
Se pretende…
Conquistar el Cielo y
Saquear burdeles.
Desterrar fantasmas y
boicotear predicciones.
Hacer las paces.
Se prohíbe…
Hacer trampas,
estancarse,
perder fuelle,
gritar,
prohibir...
Joaquín.
Muchos le habrán conocido en otras de sus facetas, esta es sólo mi visión personal.
Cuando yo nací él tenía 76 años.
Según me han contado, pasé muchas horas corriendo por los pasillos de su casa, armando jaleo.
Recuerdo que era él quien me recogía del colegio, me hacía la merienda y me leyó los primeros libros sin dibujos. Una vez me dijo que cuando aprendiera a leer no pararía nunca.
Iba siempre con traje y corbata.
Todos los domingos venía a casa a comer cocido, le encantaba. Luego se echaba la siesta en una de nuestras camas. Por la noche la almohada aún olía a su loción de afeitar.
Sonreía cuando agarrábamos pataletas por tener que estudiar, y se reía a carcajada limpia gateando con mis hermanos pequeños por el pasillo de casa.
Por muy ocupado que estuviera, siempre tuvo tiempo de prepararnos la merienda, leernos un cuento o salir a dar una vuelta.
No contaba batallitas, se interesaba mucho más por lo que nosotros pudiéramos contarle, dándonos a entender que su pasado jamás podría competir en importancia con nuestro presente.
Nunca me aleccionó, pero sí me dio consejos, con una voz lenta y firme. La voz que tiene alguien que ha vivido muchas más cosas de las que hubiera deseado.
Aquellos consejos no eran sentencias. No marcaba el camino que debíamos seguir, te explicaba cómo abrir tu propio camino.
Hizo muchas cosas en su vida, algunas salen en los libros. Pero los libros nunca podrán recoger cómo hacía que nos sintiéramos la gente a la que amó.
La devoción con la que hablaba de su esposa era algo que vivirá eternamente en todos los que le conocieron.
Cuando algo no le gustaba, lo decía. Era transparente y claro. Contundente, y justo. Tenía un sentido del humor que habría sorprendido a más de uno.
Cuando las cartas venían malas las jugaba con un estoicismo sorprendente. No se quejó nunca. De nada.
Se desvivía por la gente, no sólo por su gente.
Me quedo con sus risas, al fin y al cabo, él siempre fue feliz y estoy completamente seguro de que habría dado todo lo que tuvo para que nadie estuviera triste ahora.
Era una persona buena.
Era mi abuelo.
Borrones.
A los siete años cambió el lápiz por el bolígrafo.
Se llamaba Mario, le conocí hace unos días. Su historia es la de tantos otros, un pequeño cuento que todos deberíamos oír alguna noche, antes de irnos a dormir.
Mario era nervioso, inquieto y vital. Era el tipo de niño al que los desconocidos siempre le decían cosas como “¿Tus padres no te han enseñado que no se contesta a los mayores?”. Él siempre pensaba lo mismo “No entiendo que pretendes que haga ahora, ¿te contesto que no me lo han enseñado?”. Aquel tipo de pequeños cortocircuitos internos que se producían dentro de su cabeza le fascinaban.
Empezó a pensar muy pronto que había gente tonta a su alrededor. Era un pensamiento puro, sin maldad. Simplemente se dio cuenta, antes que otros, que sólo hay una cosa peor que alguien con poder sobre la infancia, alguien tonto con poder sobre la infancia. Y abundaban.
Los primeros días de segundo de EGB, Don José, su tutor, les explicó que aquel año cambiarían el lápiz por el boli. Un murmullo de agitación se despertó por toda la clase. Mario se quedó en silencio, mirando a Don José.
“Veamos, chicos, silencio, por favor, y os explico. Ya sois mayores, callad… A ver, por ahora habéis escrito con lápiz. Los fallos los borrabais con la goma y seguíais adelante. Bueno, este año empezareis con el boli. No todos los haréis a la vez, seré yo quien os diga cuando podéis pasar del lápiz al boli, vale? Los que mejor escriban con el lápiz, y menos fallos tengan, empezarán con el boli primero, así que portaos bien, y empezad a intentar no cometer fallos, para que os de pronto el boli.”
La agitación fue máxima en la clase. Los niños empezaron a escribir con más cuidado, sacando la punta de la lengua por fuera de las comisuras de los labios, con las cejas fruncidas por el esfuerzo del trazo. Concentrados. Curiosamente aquello les generaba tensión, el trazo era mucho más vigoroso, y la letra más angulosa y grande. Durante unos días se usaron más gomas que en el rodaje de una película porno.
Mario estaba atónito. Incrédulo y preocupado, sudaba al pensar que el poder de borrar sus fallos para siempre tenía fecha de caducidad. Don José iba a juzgar cuando moría el niño y aparecía la triste figura del muchacho responsable de sus actos. Los fallos no se podrían volver a borrar con goma. Serían sucios tachones sobre páginas blancas. La muestra eterna de sus errores. Era pavoroso. No tenían derecho a hacerle aquello.
Mario pensó en las palabras. Son las cosas que dices para hablar con otra gente. Por ejemplo: “buenos días”, o “tengo frío”, o “te quiero”. Cada cosa que dices significa algo, y cuando te equivocas hablando, nadie aparece con un boli gigante y tacha el aire. Nadie deja cuenta de esos fallos. Menos mal! Porque con lo que veía Mario que se equivocaban los mayores hablando, se imaginaba todo el cielo lleno de palabras tachas, como “te odio”, o “luego te llamo”, o “te quiero”.
Fue el último a quien Don José le dio el boli. Mario siempre se ha sentido orgulloso de ello y aún imagina un mundo lleno de borrones.
Aperturas.
Los tiovivos son fascinantes, te montas en un unicornio, al lado de un coche de bomberos y en frente de un gran dragón verde, durante unos minutos todo gira en una orgia de luces, destellos y música estridente, después la cosa se acaba, y vuelves a pisar el frio asfalto tras desmontar del unicornio. La magia se ha acabado, y ahora las luces y la música adormecen a nuevos ocupantes de ese extraño cachivache, mientras tú te alejas buscando una nueva atracción.
Como la vida misma.
He aprendido, después de muchas ostias, a ser consecuente con mi parte inconsciente, es algo que la gente debería saber hacer.
Soy un neuras, si la calefacción está encendida y alguien deja una puerta abierta, no soy capaz de contenerme, y me he de levantar a cerrar. Tampoco dejo que se pisen las alfombras con zapatos, y odio fregar coladores.
Me he rodeado de la mejor gente que he conocido, ellos se ríen cuando cierro las puertas, incluso a veces estoy seguro de que las dejan abiertas para ver cuánto tiempo tardo en levantarme a cerrar.
No son unicornios, o coches de bomberos, o grandes dragones verdes… tampoco cautivan con luces de colores, o música de la que agrada mis oídos. Son reales, tanto que dejan las puertas abiertas, intentan pisar mis alfombras y alguna vez hasta friegan los coladores por mí.
Me gusta mi vida.
He encontrado un equilibrio que no sabía que existiera.
Ya he dicho, por ahí arriba, que soy un neuras, y parte de esa neurosis ha hecho que, durante años, buscara compartir almohada con demasiada gente, algunas veces ha valido la pena, otras no.
Hoy no comparto con nadie la almohada, aunque se me cuele de vez en cuando alguien en la cama esté, o no, yo. Eso es bonito.
Mi cama es grande, lo suficiente como para poder escapar de ella sin que yo me dé cuenta, eso creo que me gusta. En las camas pequeñas has de tocar otro cuerpo, abrazarte a él, sentir el contacto de la piel con piel, y, pese a que hay momentos en los que a todos nos gusta hacer la cuchara, hay otros momentos en los que lo mejor que te puede pasar es una paja a caraperro.
Supongo que tengo todo lo que siempre he deseado, tranquilidad.
Es feo renegar de lo que has abanderado, pero también es un síntoma de tener los huevos negros, y eso ocurre sin que te des cuenta.
Un día andas grabando corazones a punta de navaja en la corteza de algún viejo árbol, y al día siguiente deseas que exista el Tipex de savia. Es un error. Deberíamos ser capaces de ver esos corazones, antaño grabados con firmeza, y sonreír.
Tiene muy poco que ver, pero seguro que entendéis el símil. Hace poco me asaltaron por la calle para que firmara algo que tenía que ver con la retirada de las estatuas de Franco. Yo no estoy a favor de las estatuas de Franco, siempre he creído que lo mejor que se podría hacer es montar al lado de cada estatua un pequeño museo, explicando quién fue ese señor, y lo que hizo. A partir de ahí, que cada uno juzgue.
Juzgar nuestro pasado es algo que sólo podemos hacer nosotros solitos. Amargarnos con nuestro pasado es algo que implica a más gente, y luego acabas con rastas pidiendo firmas por la calle.
Evolución contra revolución. De las primeras aprendes, con las segundas sólo logras mantenerte otro asalto en guardia, hasta la próxima vez.
El hilo conductor de este discurso está cercenado y emplamado varias veces, hay trozos de distintos colores, con nudos de por medio. A veces la única forma de deshacer un nudo es cortándolo, hasta que te preguntas por qué has de desatar ese nudo. ¿Tan molesto es?. Si es así tal vez no deberías plantearte deshacerte de él, sólo entender que en su día quisiste hacerlo, independientemente de lo que quieras ahora.
Se ha de aprender a vivir en paz con tu pasado, cerrar las cosas a tiempo es la única forma que conozco de no repetir siempre los mismos errores, y que conste que lo he aprendido porque estaba ya aburrido de esos errores, fueran morenos, rubios o de colores intermedios.
En séptimo de EGB tuve una vieja profesora que decía que nos hicieron para ser dioses, pero se nos truncó el destino por nuestra propia avaricia.
La Sapo tenía razón, he tardado muchos años en entenderlo, pero a veces esa misma avaricia te empuja a desnudar un trozo de alma en una página en blanco…
Sería aburrido ser dioses.
Noches.
Vuelvo a casa y en la televisión hay rubias, con tetas gordas, diciéndome que llame al nueve cero seis de turno. Las piernas me flaquean y mi aliento serviría para encender un cigarrillo.
La noche, cansada, da pie al día, y el Sol, huraño, promete horas de falsa alegría. En sus casas los despertadores atronan, y ellos, nosotros, saltamos de la cama al toque de la atención corporativa. Veinte minutos después, con la primera paja, en la ducha, y la camisa lanzada de cualquier modo sobre la cama, nos planteamos si bajar en ascensor o por escalera, por ver si podemos ahorrarnos el gimnasio de hoy.
Dejando la ropa entre el recibidor, el pasillo, el baño, y los pies de la cama, me deslizo sin alma, ni ganas, ni fuerzas, dentro de la cama, con ganas de cerrar los ojos, soñar, y creer en otras vidas, vidas tranquilas, placenteras, gráciles...
Se oye, desde la falsa calidad que brinda un almohadón, un maullido del primer autobús, y se camufla con el leve recuerdo de una morena de barra.
El mismo autobús, de treinta y cuatro plazas, lleva a tantos otros con legañas, sudor, piojos y joyas Breil, a sus recintos productivos, bares de copas o casas de putas, que, placidamente, llevan horarios modestos, como las beatas, los lobos disfrazados de corderos, o las rubias oxigenadas.
Las paredes oscilan, el edredón pesa, los calzoncillos queman, y hay un dragón, dibujado en mis párpados, cada vez que cierro los ojos. En cambio, si los tengo abiertos, veo como las sombras de las esquinas conspiran contra mi, infectadas de la envidia que proporciona la sustancialidad de la carne presente.
Duermo.
Sueño.
Veo caminos por abrir, como si de una aventura gráfica se tratara, y yo, dándole frenéticamente a la equis, descubro tesoros, maravillas vetadas a los ojos de aquellos que están sirviéndose un café, largo, sin azúcar, y tocado de Terry.
La verdadera frustración de los sueños no es más que toda la literatura que los rodea.
Si trabajas, realizarás tus sueños.
Si te esfuerzas, triunfarás en la vida.
S tei trenzas el pelo, un joven príncipe te rescatará del tedio asesino que te rodea.
El despertador rompe la bonita escena en la que me tiro a la morena, y la noche me vuelve a dar la bienvenida. Yo, trempado, sonrío, porque se que dentro de veinte minutos, en la ducha, me plantearé si subir al cielo en ascensor, o bajar al infierno por la escalera.
Publicidad.
Prometeo robó el fuego a los dioses para concedérselo a los hombres. Siempre me ha gustado pensar que otros robaron otras cosas a otros dioses para dárselo a otros hombres. Gratifica. De este modo podemos pensar que parte de las cosas que tenemos, no estaban hechas para nosotros, y que sólo las disfrutamos por la osadía de unos pocos. A decir verdad no es más que una forma de justificar mi propia osadía a la hora de escribir estas líneas. No es que busque compararme con Prometeo, más bien que me gusta el fuego.
Si el hedonismo es la búsqueda del placer personal, Ella era el premio gordo del concurso. Inspiraba. Era belleza sugerente. Fuera del mero marco que llevamos encima, y al que algunos degenerados rinden culto, y llaman cuerpo, cautivaba. Eran ojos que miraban sin ver, por encima de las cabezas, con una melancolía más propia de Helena de Troya que de ningún otro moral. Era un timbre de voz que, maniatado, luchaba por guardar la compostura, en vez de salir en torrente maldiciendo contra todas las suertes, y cagándose en la puta madre de todos los presentes. Eran unos gestos medidos, cautivos del momento, pero que mostraban pistas inequívocas de saber hasta latín.
Me gustaría poder ir más allá, imaginar su vida y poder plasmar recuerdos fantásticos con parecidos lejanos y precoces. Pero aún me gustaría mucho más narrar una historia y equivocarme de pleno, para descubrir que aún hay ficciones que jamás harán sombra a la realidad, que, aplastante, devora sueños, ata coincidencias y premia a quien debe. Y tal vez sea por eso, porque hacía tiempo que no me importaban las realidades de la gente desconocida, por lo que estoy tecleando. Sería bonito. Mejor dicho, me parecería bonito.
Es curioso, y pocas veces pasa, sentir la necesidad de escribir sobre alguien a quien no conoces. Mientras atas frases y cierras párrafos, te das cuenta del por qué de la escritura. No lo que dices, si no lo que te mueve a decirlo. Es comparable a tener una meta, pero no un camino.
Sí, creo que he acertado, inspiras. Muchas gracias, me hacía falta encontrarte.
Marcos.
Recuerdo que ayer era rico con quinientas pesetas. Ciento noventa constaba el paquete de Fortuna. Cien pesetas los chupitos de tequila. Veinte el paquete de pipas. La merienda era de chocolate, y se cenaba a las nueve y media.
Recuerdo, vagamente, las primeras noches con camisa, aquellos besos inexpertos, botones que caían uno a uno, descubriendo sujetadores imposibles de abrir con una mano, de color blanco inmaculado. Recuerdo letras de canciones de tres acordes, juegos de cartas y futbolín con los amigos.
Recuerdo cuando ir abrazado por la calle implicaba tener novia, recuerdo medias palabras susurradas, y paraules de amor sencilles i tendres. Recuerdo aprender a montar en bicicleta sobre caminos de grava, con la intención de dominar lo imposible para que lo normal resultara más sencillo.
Recuerdo cuando los vaqueros eran una prenda que sólo te ponías en pascua. Los deberes. La tabla del siete y las listas de las preposiciones. A nosotros no nos enseñaron la lista de los reyes godos, pero seguro que alguno la recuerda aún...
Recuerdo desayunar a las doce del medio día, a las tres de la tarde, e incluso a las diez de la noche. Recuerdo películas, sin saber con quien las ví, y también recuerdo con quién vi películas, sin recordar qué películas eran.
Recuerdo cuando las rubias eran rubias, las morenas, morenas, y las castañas seguían protegidas por sujetadores blancos, imposibles de abrir con una mano.
Recuerdo la cara de amigos que han desaparecido, los cursos de inglés que servían para ligar con chicas, y los cursos de inglés donde no habían chicas. Recuerdo clases de piragüismo que me salieron caras, partidas de póquer donde se apostaba el bonobús y las primeras pajas que me hice.
Recuerdo poesías aprendidas a base de repetición, recuerdo las primeras canciones de Sabina, a mi madre escondiendo el regalo del día del padre, y a mi padre dibujándome las láminas de diédrico.
Recuerdo el nacimiento de dos de mis hermanos, las tardes lluviosas de abril, y los meses de reformas. Recuerdo camareras vestidas de rojo, clases de conducir y que aprendí cómo limpiar un fusil.
Recuerdo nocheviejas con traje, tebeos de la Marvel y Milo Manara. Recuerdo profesores que nos hacían soñar, gente lista, y gente estúpida...
Recuerdo, si me esfuerzo, aquellos años en los que la verdad y la mentira eran una línea difusa que, trasladada unos metros, garantizaban polvos prohibidos en baños públicos.
Supongo que el día de mañana recordaré más cosas. Recordaré como me ayudaron a pintar el piso, recordaré que la pasta repite, recordaré canarios escayolados, alemanes del Barça, lecciones de derecho, golpes de boxeo y a una rubia vanidosa.
Sólo espero que el cariño que le tengo a las pesetas, a los chupitos, a las pipas, al chocolate, a las camisas, a los besos, a los sujetadores, a las canciones, a las cartas, al futbolín, a las novias, a las palabras, a las bicicletas, a los vaqueros, a los deberes, a la tabla del siete, a las preposiciones, a los desayunos, a las películas, a las rubias, a las morenas, a las castañas, a los amigos, a los cursos de inglés, a las piraguas, al póquer, a las primeras pajas, a las poesias, a Sabina, a los regalos furtivos, al diédrico, a las fechas señaladas, a las gotas resbalando por los cristales, a las camareras, a las clases de conducir, a los fusiles, a las nocheviejas enguantadas, a los tebeos, a los profesores, a la verdad y a la mentira sea poco, muy poco, con el cariño que le tendré a los que pintan pisos, a los que cocinan pasta, a los que se rompen cosas, a los profesores de derecho, a los que imprimen estas páginas, y a alguna rubia vanidosa...
Si somos lo que vivimos, no nos olvidemos de que vivimos con quien nos rodea, va por vosotros, por los que han demostrado estar ahí cuando no ha hecho falta, por los de las horas muertas, por los de las risas y las carusas, por los bastardos que pivotan entre mi pasado y mi futuro, haciendo de un presente, mi presente.
Proyección.
El otoño había entrado ya en sus vidas. Frío y huraño, recordando la caducidad de todas las cosas. Para combatirlo, se apretaron más en la cama.
Rozaban las cuatro de la madrugada y la persiana no cerraba bien, así que cada pocos segundos la habitación se veía inundada por barridos de luces provenientes de los coches que a esas horas conducían por la calle, era como tener una habitación cerca de un faro. De forma mágica, rítmicamente, las luces se sincronizaron a ellos, a sus besos, a sus caricias, a sus movimientos...
Se contaron secretos, anécdotas, se rieron y olvidaron las obligaciones de los próximos días, al fin y al cabo, siempre se puede hacer un parón en la vida. Si vale la pena amainar las velas, es porque el puerto es realmente bueno, en este caso lo era.
Pocos habrían sabido explicar cómo se conocieron, o por qué acabaron compartiendo aquella cama en la habitación de la persiana rota. Fue conjura del humor del destino.
La conversación fue decayendo en silencios interrumpidos por risas o gemidos, tras un rato las risas dieron paso a los gemidos, y después los gemidos cedieron el terreno a las risas de nuevo...
Índice, corazón, anular y meñique, casi en paralelo, extendidos y recorriendo, poco a poco, brazos, nuca, espalda y torso... electrificando todos y cada uno de los centímetros cuadrados del piel, provocando la erección de todos los pelos del cuerpo, endureciendo los pezones y provocando movimientos espasmódicos a lo largo de la columna vertebral... Hay una palabra para definirlo, gatizzole.
Filmes.
Últimamente el caprichoso destino anda soltando comodines, y yo, como un total inepto en el juego, hago lo único que se hacer bien.
Veamos, mi vida gira, de hecho todas las vidas se pasan todo el tiempo girando, pero hay veces que te das cuenta, y otras en las que no.
Hay dias grises y días radiantes. Azúcar y vinagre. Aceite y sal. Bueno, algún día pondré todo en orden, enlazando historias hasta proyectarme del todo, sumando y restando, a veces entre risas, otras veces ahogando el miedo a fuerza de apretar los puños. Mientras ese día llega, y llegará, me voy a permitir el placer por el placer, y relatar sólo las historias que dejan un buen sabor de boca.
Mujeres. Son casi peor que los hombres, pero están mucho más buenas. También son muy listas, algunas demasiado listas para los pobres hombres que sólo aspiran a ser felices. Supongo que es por eso, y porque no soy marica, por lo que me consuelo pensando que muchas están locas.
En este último párrafo posiblemente haya atentado contra la sensibilidad de alguien. Igual que se prohíben los anuncios porque la Asociación de Boyscouts está llevada por mentecatos, estoy seguro de que alguien se ha rasgado las vestiduras por lo que haya podido escribir. Bueno, que vuelvan a leer el párrafo y verán que no hay maldad alguna en mis palabras. Dicho esto, voy a lo mío.
Muchas están locas.
Otras no lo están.
Cuando encuentras a una que no está loca, sueles caer rendido a sus pies, y si además es bonita y no tiene maldad... yo no pago por ver la peli, porque se cómo acaba. Bienaventurados los que eligen bien, porque no acabarán viviendo un infierno.
Gracias a Dios, hay al menos cuatro estados de la materia, a saber: sólido, líquido, gaseoso y caldo, digo, plasma! en qué estaría yo pensando...
En cada estado, la materia está sólida, líquida, gaseosa o caldosa.
Parece básico, pero es importante entender esto, para comprender que si mezclas algo sólido con algo líquido, la estás liando... y si mezclas algo sólido con algo caldoso... bueno, sí que pagaría por ver el final de esa peli, aunque ya sepa cómo acaba.
Bien, tras la clase de ciencias, sigo a lo mío.
Si dos personas que no estén locas, que estén en el mismo estado de materia, y cargados con signos contarios, se encuentran, se atraen.
Su cara era un óvalo perfecto, una belleza clásica, armonía de líneas acentuadas por su sonrisa, que era grande, radiante y alegre. Por pedestal, uno de los cuerpos esculpidos más bellos que recuerde, y por coronario, una cascada de pelo del color de las llamas que arrasaron Roma.
Tímida y activa, responsable y dicharachera, dulce y picante. Diosa latina, esposa de Júpiter, amiga de Baco, socia de Marte...
Risas garantizadas, palabras a medias, besos que destiñen, huesos, empates y desempates, premios, y premios de consolación...
Canciones, y burlas e insultos, incluso alguna palabra nueva.
Correcciones ortográficas, vino, camas de mentira y un Sol radiante al que le pedimos que nos deje en paz sólo dos minutos más...
Sabéis qué, que me quedo a ver el final de esta peli. Que no me lo se.
Descuentos.
Historias que recuerdan a otras historias.
Rubias que parecen morenas, y morenas que sentencian.
Besos caducos, yogur en la nevera.
Noches en las que no sabes por qué, pero todo rueda, y vuelve a rodar, integrándote en la noria de la vida.
Falsas esperanzas, convertidas en ballenas albinas.
Y tú, desde proa, arpón en mano, y maldiciendo a todos los dioses, te planteas el sino de tu vida.
Naces, creces, te jodes y mueres, que cantaba aquél.
Sin saber muy bien por qué, giras en la cama, buscando la posición cómoda, apartando un brazo, o una pierna, que, a la mañana siguiente, echarás de menos, o demás, en función de cómo de hinchado se despierte tu pene.
Desde que somos críos nos venden, hipotecando futuros no alcanzados, o, lo que es peor, no alcanzables.
Televisores extraplanos, como las compresas; fines de semana en casas de campo con piscina; coches donde se pueden montar orgías; cuadros horribles valorados en varias vidas; luces de escaparate que te anclan a la futilidad del presente imperfecto, prometiéndote un futuro más labrado...
Alzas el brazo, buscando el final de la piscina, y te das cuenta de que no hay nada más allá que girar en dirección contraria, empujando por tus pies, tratando de alcanzar la fuerza que te permita un par de largos más. Los suficientes como para lograr la prejubilación.
Y un día, con Morgan a tus pies, descubres que todo es mentira.
La vida es finita, pese a que nadie lo proclame desde un púlpito, y lo que no hagas hoy, el trabajo te impedirá hacerlo mañana.
Coches de diseño con “eles” grapadas, depilación láser, revistas olvidadas en las esquinas de los cuartos de baño, caminos sin atajos, gafas, camisetas de diseño, anuncios de alargadores de polla, baños turcos, ratones inalámbricos, cromos de aviones, viajes a repúblicas con nombres impronunciables, fiestas de pueblos malditos, porros mal hechos, límites de velocidad, libros polvorientos, llaves oxidadas, caminos sin señales, esparadrapo, comida congelada, teclados a los que le falta el acento, números primos, caracolas de mar, fundas de cojines que usas de bolsos, bebidas light, condones con estrías, insultos, guerras civiles, lápices sin punta, polvo, pipas, pasillos sempiternos, perfumes, nómadas con sus vidas en mochilas, crema solar, gorras con propaganda de la carnicería del pueblo, fichar de ocho a tres, crios con dientes carieados, tornillos pasados de vueltas, paréntesis, películas porno, aspiradores de dentista, colchones con muelles que te hieren los riñones, playas plagadas de bolsas de supermercado, cuadernos de poetas, bichos bola, bolis Bic sin capuchón, alpargatas, pan, aceite y sal...
Pequeños placeres que nos olvidamos de paladear pensando que mañana tendremos tiempo.
Historias que recuerdan a otras historias.
Y, mientras, cada día que pasa, es un día menos.
N.
Hace poco hubo maniobras. La tropa plegó velas y firmó testamentos. Un día prometo hablar de aquello, pero hasta entonces, sólo contaré una parte del viaje a Ítaca... La parte en la que me encontré con alguien que todos conocéis, tal vez bajo distintos nombres y lugares.
No hubo muchas palabras, al menos al principio. Era de noche y la calle estaba llena de gente.
Sujetaba, impertérrita, un cubata, que bebía con desgana y hasta casi hastío, como preguntándole, a cada trago, de dónde venimos, quiénes somos, por qué estamos aquí... y al ver que no obtenía las respuestas necesarias, miró en mi dirección.
Lo primero que vi fueron unos ojos fieros, bañados en un azul añilado que recordaban a los claros de cielo durante una tormenta de verano. Describir el resto, a priori, era difícil, hasta ese punto aquellos ojos eran absorbentes. Su cuerpo era una carretera sinuosa llena de curvas gráciles que amenazaban constantemente con echarte al precipicio. Reina de la lujuria, esclava de su propia naturaleza.
Sus gestos recreaban un metrónomo en sincronía, sus palabras tenían el volumen adecuado para verte forzado a acercar el cuello a su boca. Al parecer, en una batalla con la noche, el pantalón se le había roto, desde el tobillo hasta mitad del muslo, mostrando una pierna firme, que más parecía una autopista.
Besaba como si cada beso fuera el último que pudiese dar. Aquello fue lo que me maravilló; era consciente de la caducidad del tiempo, de la importancia verdadera del aquí y del ahora. No esas gilipolleces del “carpe diem”, que se escriben a los quince años en las paredes, si no la certeza absoluta del “somos polvo”, lo cual la impulsaba a ser natural, sincera, plena... eso es lo que hace grande a una mujer, y más a una mujer que apenas conoces.
Sin equivocaciones, sin falsas promesas, sin realidades marginales, con risas, ganas e ingenio, acabamos en la cama, y el tiempo se detuvo. El alcohol y las prisas se quedaron en la puerta, sobre las sábanas sólo hubo paz y magia. Parecía que nos conocíamos desde hace siglos, y, ahora, me planteo que tal vez fuera así, el qué y el cuándo estaban trillados. Es maravilloso compartir deseo con alguien a quien tus instintos conocen mejor que tu mismo.
Hubo palabras cruzadas, Sabina y Perseo, aves de paso dentro de laberintos imposibles, sin minotauros que dieran por el culo, todo hay que decirlo. Y eso es lo que engancha. Conversaciones inimaginables sobre si el río es siempre el mismo, pese a que el agua cambie cada pocos segundos. Conciertos de The Boss. Cuadros con Arcos. Pañuelos anudados. Agua fría... Sinceridad.
Y todo envuelto en un cuerpo, cáscara caduca de carne y hueso, que, dejándome de adjetivos rimbombantes, quitaba el hipo. Y todo sujeto por una cabeza, gruta insondable del pasado, que, volviendo a la rimbombancia, hacía que te olvidaras de su cuerpo.
Fueron cuarenta y ocho horas que se alargaron tanto que, todavía hoy, de noche, cuando soy yo quien tiene el cubata en la mano, y le miro, preguntándole, a cada trago, de dónde venimos, quiénes somos, por qué estamos aquí... al ver que el jodido calla, alzo la vista al infinito, y aún me parece verte.
Cuídese, señorita, allí donde esté. Que las risas siempre sean sinceras, y las lágrimas no tengan cabida, busque, señorita, el equilibrio que dijo no encontrar y aférrese a él. Suerte.
Sábanas.
Pasaban siete minutos de las dos de la madrugada. La cocina sólo estaba iluminada por la luz del frigorífico, era suficiente. Saqué un bote de zumo de tomate, vertí casi medio litro en un vaso grande, añadí sal, pimienta y un chorro de aceite, y me acerqué a la ventana.
Apoyé en el frío cristal la frente. Llovía, llovía a mares. Unos doce segundos después ella salió del portal del edificio. Era menuda, grácil y bellísima. Llevaba en cada mano una bolsa, similar a las que se usan para ir al gimnasio, y un bolso enorme colgado del hombro. Su pelo, del color de la ceniza, apenas tardó seis segundos en estar completamente empapado, y yo, observando desde un segundo piso, recordé cuántas veces lo había secado con esmero, antes de tirarla en la cama y hacerle el amor.
Recuerdo que empecé a pensar en si le sería muy difícil encontrar un taxi. La luz de las farolas, de ese naranja caduco, más propio de las pelotas de playa, tenían un efecto hipnótico, acentuado, si cabe, por las miles de gotas que les pasaban por el lado, creando ese cerco de luz fantasmal tan propio de las farolas, cuando pasan siete minutos de las dos de la madrugada y llueve a mares.
Ella miró hacia arriba, lo cierto es que con el frigorífico ya cerrado, imagino que no me vería allí, con la frente apoyada en el frío cristal. Pese a todo sonreí y alcé mi gran vaso de zumo de tomate, como si brindara en honor a todos los buenos recuerdos, que era lo único que dejaba en mi memoria.
No era la primera vez que pasaba. Es decir, no con ella. Antes de ella habían pasado otras, la verdad es que ni recuerdo el número exacto. Unas veces éste mismo momento lo había vivido en estaciones, parques, playas, cafeterías, autobuses e incluso en un ascensor...
Sorprendentemente paró a un taxi antes de que me acabara el zumo, así que, una vez la vi cerrar la puerta, apuré el vaso de un sorbo, y me fui a la cama. Me tumbé boca arriba con las manos entrelazadas en la nuca y dormí como un bendito. Ni siquiera recuerdo bien lo que soñé, algo relacionado con una carrera en triciclo entre yo y mi primo cuando teníamos cuatro años, creo.
Por la mañana, al abrir los ojos, fui consciente de lo que sucedería en la siguiente media hora, y no traté de aplazarlo. Fui al cuarto de baño, me duché y salí con una toalla alrededor de la cintura hasta la cocina. Preparé café, encendí la televisión, saqué una silla a la terraza y encendí un cigarrillo. Sorprendentemente, pese a la lluvia de la noche anterior, esa mañana brillaba cándidamente el Sol, así que lo disfruté, mientras fumaba y bebía café.
Fui a mi cuarto e hice la cama, que, por cierto, es algo que no me gusta hacer en absoluto, pero me tendría que volver a acostumbrar a esos pequeños detalles.
Abrí el armario. Sólo estaba medio lleno. Exactamente como suena. La otra mitad de la barra de las camisas y la mitad de los cajones, toda la franja derecha, estaban completamente vacíos. De hecho, si me esforzaba, todavía podía recrear el olor de su ropa. Pero para eso tenía que esforzarme, y andaba un poco escaso de tiempo.
Veinte minutos después salía de casa, perfectamente vestido, camino de la oficina.
Cuando llegué al despacho encendí el portátil, puse al día el correo electrónico, saqué unos informes que necesitaba preparar para la próxima semana y concreté una comida con un abogado que nos podía aconsejar acerca de no se qué sobre unos terrenos.
A la hora de almorzar Raúl pasó a por mi y bajamos a una pequeña cafetería donde podíamos fumar. Me contó algo relacionado con su hija pequeña y la varicela, y me preguntó que cómo había ido mi fin de semana. Le dije, entre sorbo y sorbo de batido de plátano y zanahoria, que mi novia se había largado de casa la noche anterior. Vi el pánico reflejado en sus ojos, y enseguida me di cuenta de que había sido demasiado frío, así que procuré hacer lo socialmente correcto, me quedé mirando un punto fijo en el infinito durante treinta segundos, sin pestañear, es el mejor método que conozco para que se humedezcan los ojos.
Parece ser que cuanto más se me humedecían mis ojos, menos pánico había en los de Raúl. Ahora me miraba como diciendo “Pobre, se le ve hecho polvo”, cuando hacía treinta y cinco segundos me miraba como diciendo “Le da igual que su novia de cuatro años le haya abandonado, es un cabronazo”.
Al parecer, socialmente hablando, lo debes pasar mal después de una ruptura. Nunca tuve demasiado claro el por qué. A los diez y nueve años lloré porque una chica me dejó, lloré tanto que desde entonces no he vuelto a llorar cuando la escena se ha repetido. Sólo dos tipos de personas saben esto. Las chicas que me han dejado, y un par de amigos. Las primeras no lo entienden, se enfurecen, me maldicen y acaban convenciéndose de que si no lloro por ellas es porque no siento algo demasiado profundo... tal vez tengan razón, me da igual. El par de amigos se dividen entre el que me considera un afortunado, y el que me considera un desdichado... tampoco se cuál tiene razón, también me da igual.
Yo, que a fin de cuentas es al único que le importa, lo tengo bastante claro. Tengo la conciencia tranquila. Eso me basta. Y cuando la chica de turno, menuda y con el pelo del color de la ceniza, sale con dos bolsas similares a las que se usan para ir al gimnasio, y un bolso enorme, llevándose consigo todo lo que ha almacenado en mi apartamento durante días, semanas, meses o años, sonrío y alzo un vaso en memoria de los buenos ratos compartidos. Luego me acuesto, y duermo como un bendito, soñando con carreras en triciclos.
A la mañana siguiente, mirándome en el espejo del baño, al salir de la ducha, me doy cuenta de que si se ha largado era porque no se trataba de la que tenía que quedarse, y sigo con mi vida.
Ese es el verdadero poder de quien tiene paz de espíritu.
Resultado.
Una vez, después de un polvo, le dije a alguien que el mayor de los poderes que tenemos es el poder de generar recuerdos, de forma que si eres consciente de ello, puedes almacenar fotografías que sólo verás tú y no podrás compartir con nadie, asdemás, para qué compartirlas si nadie las entendería?
Es fascinante lo rápido que se evapora la gente de la que nos rodeamos, un día están ahí, les ves, les tocas, les hueles... y al día siguiente desaparecen.
De normal me importa un carajo que la gente salga de mi vida, más que nada porque siempre me he creido capaz de salir a buscar a alguien que valiese la pena. Ya sabéis, como el pastor y la oveja descarriada.
Desde hace varios meses no encuentro a la oveja que se perdió. Y tampoco puedo ponerme en contacto con ella. Parece que la ha encontrado otro pastor, lo que no se es si bala por las noches o ya no recuerda cómo se hace.
Puede que sea porque es San Juan y no tengo el Ocho en la mesita de noche, pero te echo condenadamente de menos.
Repica en mis ojos el reflejo azulado de los tuyos. Deberías llamarte Dámaris, sería fácil encontrarte en el prado.
Referendum.
Hablé con tu hermano hace poco en un bar, me costó reconocerlo. No se si te lo habrá dicho.
Aún me lees?
Me siento como un náufrago escribiendo un mensaje en una botella, pero no me da la gana esperar al próximo 14 de Abril.
Recauchuto.
Dicen los que saben que cuando estás dentro de la caverna, lo único que ves son sombras que desvirtúan la realidad. Algo pequeño te puede parecer enorme, y lo bello, monstruoso. Supongo que, como todos, muchas veces he estado dentro de la caverna, de hecho supongo que en muchas cavernas sigo, ya que sólo apreciamos la realidad una vez estamos fuera, pero sólo cuando estamos fuera somos conscientes de que hemos estado dentro.
Es menos engorroso de lo que parece. Si nos tomamos tres o cuatro segundos, y miramos por encima del hombro, veremos varias cavernas detrás de nosotros, pero esas ya no importan, salimos, aprendimos la lección, y a las sombras chinas va a volver a jugar Rita La Cantaora. No pongo ejemplos porque bastante tiene el árbol caído con estar a ras de suelo, para que encima llegue un hijoputa de mi calibre a buscar leña.
El señor que contaba el cuento, cuando no estaba sodomizando a algún efebo, distinguía entre el mundo de los sentidos y el mundo de la razón. Por ese orden. Supongo que es ahí donde está el truco.
Hoy, con una copa de vino en la mano, y mirando de reojo, he estado pensando en el esclavo que salió de la caverna.
Intento ponerme en su piel. Acertar, al principio, a distinguir entre sombra y ser puede que sea la lección más dura a la que nos enfrentamos.
Francamente, no se si eres sombra o ser. No tengo la mínima idea de qué te hace peculiar.
Tu nombre, simplemente, es una arenga a tirar pa´alante. Tal vez sea eso. Tal vez. Lo cierto es que no me importa lo más mínimo.
Una vez descubres que no hay verdades universales todo te importa un carajo, y a partir de ese día tan solo pretendes vivir conforme a unas normas auto impuestas, unos conceptos flexibles, pero no laxos, variables, pero no volátiles, estructurados, pero no inamovibles, sobre lo que es bueno y sobre lo que es malo, y por esa línea andamos, pasito a pasito, haciendo botar la pelotita.
Yo, personalmente, soy bastante autodestructivo cuando me lo propongo, pero lo disfruto. A decir verdad, lo que me mueve, lo que me trempa, es la curiosidad.
Lo cierto es que has desatado mi curiosidad.
Es lo más bonito que me ha pasado últimamente.
Hoy, con una copa de vino en la mano, y mirando de reojo, no he sabido distinguir entre sombra y ser.
Armonía.
Llueve y hace sol. Me encanta esa sensación. Gafas oscuras y pelo mojado. Es como un polvo entre el Señor Eros y la Señorita Tánatos. Caliente, pero húmedo. Lo dicho. Como un polvo. Así da gusto ir por la calle. Por mi derecha me adelanta una chica con los hombros encogidos, intentando no mojarse. No sabe lo que se pierde. La lluvia limpia, y al calorcito te vas secando. Estos días son túneles de lavado para todos nosotros. Deberían ser fiesta nacional, y todo quisqui a la calle, a ver si nos cambia el karma.
Me dejo llevar mientras un pie sigue al otro, voy sin un rumbo definido, al encuentro de algún bar donde me sirvan una cerveza sin preocuparse por lo que estoy fumando. Mientras ando, pienso.
Esta ciudad es grandiosa. Lo cierto es que me cuesta imaginar una ciudad más atractiva que la mía. Ahora es cuando alguien me dice que esas cosas se pasan viajando, y también es cuando yo contesto que sí, que para ti el envite.
Sobre mi, al ladito de Dios, hay un nubarrón enorme que amenaza con ahogarnos a todos, penas incluidas. A su derecha, también cerquita de Dios, por aquello de la omnipresencia Dios siempre lleva las de ganar en cuanto a proximidad se refiere, el Sol luce a todo meter. Debajo de todo eso, mis pies siguen a su bola, y yo detrás de ellos.
Sonrío, me gusta. Paso por barrios que cuentan mi historia. En esa esquina, sobre el banco de piedra, descubrí lo húmedos que son los primeros besos. En aquel edificio, el alto con puerta de hierro, en el último piso, aprendí a hacer café para dos. En el segundo semáforo, que ahora está en rojo, tuve que llamar por primera vez a una grúa. En el cuartel de la Guardia Civil pegué una vez un polvo. De esa terraza, que ahora sólo tiene llena la parte bajo el toldo, me tuvieron que levantar borracho varias veces.
La lluvia sigue empapándome, y aún voy en manga corta. Inevitablemente ocurre el milagro. Ahí está, delante de mí, el Arco iris. Majestuoso. Cruzando el cielo como si de un puente de fantasía se tratara. Me dejo llevar, todavía más, y empiezo a desvariar. Me asaltan imágenes. Ahora tengo seis o siete años y estoy memorizando los colores de la bandera gay. Rojo. Naranja. Amarillo. Verde. Azul... Zurzo pensamientos, fuerzo a mi memoria a rescatar viejos vestigios, historias que casi olvido. Asocio los colores a personas, lugares y sitios.
Las gafas oscuras están llenas de gotas de agua, todo lo que veo queda desdibujado, y no me importa lo más mínimo. Siempre debería ser así. Con un cielo surcado de colores, la visión desenfocada y la nuca calentita. La gente sería más feliz, dejarían de hacer el gilipollas.
Mis pies todavía van a su bola, yo me dejo hacer.
Creo que tanto ellos como yo buscamos lo mismo. Una idea seductora. El final del Arco iris. Ese sitio mágico, de leyenda, donde encontraría una olla llena de oro y varios hobbits fumando hierba. El lugar donde Alicia, ciega a mas no poder a LSD, echaría carreras con conejos blancos, saltando, de una en una, las baldosas amarillas. Un sitio donde siempre se desayune crepes de chocolate a partir de medio día, donde “ahora” fuera “después” y la palabra “nunca” estuviera eliminada del diccionario. Un Edén lleno de tartas de manzana.
Las cosas son siempre mucho más simples de lo que aparentan. Mis pies lo saben, y llevan años intentando convencer al resto de mi cuerpo para que haga lo mismo, simplemente seguir hacia delante. Unos días llueve, otros hace Sol.
Revolución.
Trebor era un tipo como otro cualquiera, un tipo del montón, al que un día, Robin, le contó el cuento de deshojar margaritas...
- Verás, tu tomas una margarita, y comienzas a deshojarla, mientras canturreas si alguien te quiere o no te quiere.
- Y pude ser quién yo quiera? – Preguntó Trebor.
-Por supuesto- Contestó Robin- Quien tu quieras!
Así que Trebor comenzó a deshojar margaritas.
Probó, primero, suerte con todas las chicas del barrio, una a una fue deshojando margaritas. Probó, después, con todas las del pueblo; y, tras eso, con todas las de la comarca...
La fama de Trebor fue creciendo como lo hacían los pétalos de margaritas, que cubrían, casi por entero, el suelo de su casa. Tantas margaritas deshojó Trebor, que, al tiempo, la floristería del barrio tuvo que pedir a otras floristerías que le abasteciesen. Y Trebor seguía deshojando margaritas. Tantas margaritas deshojó Trebor que su casa olía por toda la manzana, y los vecinos murmuraba. Y Trebor seguía deshojando margaritas. Tantas margaritas deshojó Trebor que contaban que su edredón estaba relleno de pétalos. Y Trebor seguía deshojando margaritas. Tantas margaritas deshojó Trebor que el vecino de la casa de enfrente tuvo un choque anafiláctico causado por la alergia.Y Trebor seguía deshojando margaritas. Tantas margaritas deshojó Trebor que le acabaron conociendo como el Margarita, y no porque fuera siempre borracho, añadía siempre quien contaba la historia... . Y Trebor seguía deshojando margaritas...
Un día, a fuerza de deshojar tantas margaritas, un tallo, ya sin pétalos, mientras oía el leve rumor de “me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere...” decidió que ya había bastante, y con un doble salto mortal, se hundió en el ojo derecho de Trebor, dejándole tuerto.
Trebor dejó de contar margaritas.
Con los años la historia de Trebor se fue olvidando, y jamás me la hubieran contado a mi si no fuera porque, pasados muchos años, Trebor murió, y, cuando fueron a sacar el cuerpo de su habitación, vieron que la cama estaba muy mullida. Dentro del colchón encontraron miles de moscas muertas, con todas las patas arrancadas.Fénix.
Hice el equivalente emocional a conducir un cochecito a pedales por la pista de circo de nuestra relación, soplando con frenesí la trompetilla mientras me saltaban ramos de flores de la camisa y hombrecillos con pelucas naranja me vaciaban cubos de nata sobre los pantalones y toqueteaban mi gran narizota roja. Perdí la dignidad.
Es parte del primer capítulo de un libro que se llama “La vuelta al mundo en 80 citas”, y eso yo lo sé porque tengo por aquí un libro de publicidad de una editorial que se dedicó a recopilar los primeros capítulos de una serie de libros.
Bien, el caso es que ese libro, el recopilatorio de primeros capítulos, me lo dieron hace unos cinco o seis meses, y devoré, entonces, todos los primeros capítulos de una serie de libros. No recuerdo nada, absolutamente nada, del resto de los primeros capítulos, pero si recuerdo las cuatro líneas del principio.
Una de las personas con las que compartí parte de mi vida acabó así. Haciendo el imbécil por alguien que le obligaba a hacer imbecilidadas. Y de eso yo me enteré hace un año. Y aún me jode. Lo cierto es que aún la echo de menos.
Supongo que la pregunta del millón de petas es “¿Somos, o nos cambian?” es decir, impera nuestra personalidad frente al entorno, o es el entorno quien moldea nuestra personalidad?
Seguro que hay mil libros sobre el tema, así que para que acabes discutiendo sobre lo que escribo, llamándome gilipollas, o haciendo alguna imbecilidad, deja de leer y haz otra cosa. Mientras, yo, me partiré la cara con la pregunta unos cuantos párrafos más y luego me iré a dormir. Gracias.
Esto ha sido un párrafo patrocinado por el Movimiento Buenrollista.
¿Somos o nos cambian?, a ver, si somos lo que hemos vivido, y lo que hemos vivido ha sido en sociedad... la pregunta sólo tiene una respuesta, a priori “somos”, pero todos podemos “llegar a ser”, por lo tanto siempre nos cambian, no?
No. Esa respuesta está bien hasta cierto punto. Y ahora se como se siente un catedrático suspendiéndote un examen que creías perfecto. La experiencia importa, es decir, frente a situaciones nuevas, probablemente, nos cambien, pero una vez asimilamos las consecuencias y lo digerimos un poquito, la próxima vez que nos vengan con el cuento se lo va a tragar Rita, o, por hacerlo corto, macaco viejo no sube a árbol podrido, que dice mi viejo.
Vale, entonces, suponiendo que la experiencia la de la edad, a partir de cierta edad, “somos”, y no “nos cambian”. El mundo científico lleva años enloquecido con esto, tenemos: perros que salivan, monos que dan palizas, bebés haciendo nudos con anacondas, perros que vuelan panzers y hasta conductores que beben menos!! Es fantástico. No?
Pues tampoco, porque, a qué edad dejamos de aprender lecciones? Nosotros somos más complejos. Es decir, no vivimos en habitaciones con dos botones, y hemos de aprender cuál nos da una ducha fría, y cuál nos da un bocata de chorizo, vivimos en una mierda de mundo en el que lo que hagas hoy, te puede estar dando por el culo los próximos doce años.
Lo que llevamos sacado en claro es que, frente a la inexperiencia, nos suelen cambiar, y gracias a la experiencia, solemos ser. Extrapolando, y suponiendo que todo el mundo acaba aprendiendo las mismas lecciones. Frente a cualquier situación, en la que personalmente eres inexperto, eres socialmente experto, y pese a ser socialmente experto, personalmente acabas de mierda hasta el cuello.
Aquí también hay un huevo de ejemplos, pero menos que antes, porque muchos de los conejillos de indias acabaron muriendo de sobredosis de heroína.
Lo cierto es que la pregunta tiene tantas respuestas como a gente invites a un tercio, y, supongo, que todas son válidas.
Personalmente, después de mucho ir y venir (y lo que me queda por ir, y por volver) quiero pensar que podemos aplicar la vieja ley de los negocios “un pacto sólo sale bien cuando el acuerdo es bilateral”, es decir, o ganan las dos partes, o la historia acaba como el rosario de la aurora... lo curioso es que aquí las dos partes llevan los mismos calzoncillos, y, o la cosa está muy bien equilibrada, o acabas con mancha de nicotina.
Hasta donde se, y por no hacerlo muy largo: yo soy. Soy lo que he vivido, y gracias a eso soy susceptible al cambio, pero al cambio que me aporte algo. Me ha costado darme cuenta. Mejor dicho, me ha costado valorar lo que pesaba cada lado de la balanza, hasta tal punto que la balanza se ha ido a tomar por culo.
Faro.
Vengo de tomar una cerveza con mi bibliógrafa. Ahora lleva el pelo corto, y tiene cara de niña, me recuerda al principio, a cuando la conocí, cuando todavía no era mi bibliógrafa.
Con la cerveza todavía fría y con espuma, a ritmo que encendía un cigarrillo cerrando un poco los ojos, pero manteniéndolos fijos en mi, me ha dicho que estaba hecho un desastre, y lleva razón, pero me tendría que haber visto esta mañana.
Ando varios días como perro abandonado, sobreviviendo en vez de viviendo, y haciendo difícil la supervivencia a la gente que me rodea. Ando varios días gilipollas perdido, con la vista desfocalizada, y la cabeza llena de mierda, que folla entre sí, provocando más mierda.
No se cuando empecé a ser un zombi, puede que el día que un falso portazo me hizo darme cuenta de la fragilidad del equilibrio general del mundo. Yo nunca había sentido que todo el aire del cuerpo sale a la vez, quedándote vacío y totalmente solo. Como un ser inanimado sustento porque los huesos aguantan la carne, con la sangre helada, de forma que cada repicar del corazón en el cerebro provoca pinchazos intermitentes. Notando que tu presente varía de tal forma que tu futuro adquiere un tono violáceo putrefacto, y en el que estás tan desesperado, y confundido, que piensas que el infierno mismo existe en vida. Es una sensación muy puta.
Poco a poco, con calma y serenidad, con mucha calma y con mucha serenidad, el aire vuelve a su sitio, adquieres color, te mueves, tu presente se alinea con tu futuro, y hasta te vez capaz de meter un triple, bailar las Spice Girls, hacer un puzzle, o inventar un cuento... En esos momentos es cuando puedes tomar dos caminos, como en las películas de dibujos, uno de los caminos está iluminado por el Sol, que lo inunda todo, con pajaritos revoloteando y ardillas en los árboles que bordean la senda; el otro es negro como el ojete de Sauron, sinuoso, quebradizo, y los cuervos graznan una insidiosa melodía completamente asonante.
Bueno, yo, que a veces soy bastante gilipollas, opté por complicarme la vida, y cual burrillo de noria me metí en el camino jodido, en el cual cada recodo era una posible amenaza, nunca había suficiente agua y andaba agobiado por si el siguiente paso era el último. Francamente, apesta llevar así las cosas, pero a veces no somos ni siquiera capaces de darnos cuenta de por donde andamos, y acabamos sumidos en una espiral autodestructiva que te enreda, te lía, te complica y al final te marea hasta tal punto que confundes el Norte con el Sur y el Este con la puta madre que te parió.
El caso es que no hay dos caminos, no hay dos formas de hacer las cosas, no existen esas dos sendas de cervatillos y buitres, lo que en realidad hay son veinticuatro horas por delante al día, infinidad de posibles variables, y tus relativas ganas de cómo tomarte las cosas.
El camino más corto entre dos puntos, es la línea recta, complicar esa línea, torcerla, curvarla y deformarla es propio de nuestro género. No hay nada más idiota que la raza humana. Algunos juegan con esa línea todos los días, otros casi nunca, yo, personalmente, hasta he llegado a adoquinarla, cuando me he sido capaz de verla...
Imagino, cerrando los ojos, a un tipo, hace muchísimo años, encima de un acantilado, con el mar embravecido rompiendo contra las rocas, de noche, viendo como grandes barcos de madera se destrozan y astillan por no saber llegar a puerto. Le imagino tranzado líneas mientras piensa que todo debería ser más fácil, y, en ese momento, el tipo que yo imagino, tiene la brillante idea de levantar una gran torre, y encima de esa torre poner una gran hoguera, de forma que los barcos no se pierdan, y creando el primer faro de la historia.
Dejo de imaginar, y abro los ojos, y personifico, y yo soy el barco, y estoy a punto de calzarme una gran ostia contra un gran acantilado, y allí, encima del acantilado, hay alguien, y ese alguien me hace un faro, y me alumbra, y me guía, y me protege, y me dice: ándate con ojo chato, ándate con ojo y simplifica.
Mi tipo del acantilado no es un tipo, porque no tiene pilila, es una morena de pelo rizado, con un cigarro en la mano, a la que hay días que vuelvo loca. Por contrapartida diré que hay noches en las que es ella quien me vuelve a mi loco, pero creo que yo disfruto más de esas noches que ella de esos días...
Podría escribir sobre ella, pero creo que voy a ver si me pilla el móvil y le susurro palabras al oído. Deseadme suerte, nos leemos pronto.
Bingo.
Siempre he pensado que nuestros actos cotidianos, esas cosas que hacemos sin prestar atención, cambian nuestra vida. Haciendo un esfuerzo recuerdo que empecé a pensar así de muy crío, con cinco o seis años. Aquello echó raíces en algún lugar de mi limitada cabecita.
Conforme pasaron los años llegué a la conclusión que la diferencia entre desayunar con galletas o con magdalenas podría cambiar el curso de la historia. La cosa iba así, si me acaba las magdalenas mi madre iría a comprar más, pero nadie me aseguraba que al bajar a la calle, en un paso de cebra, un hombre le pasara por encima con el coche, dejándome huérfano.
Imaginad ese modo de ver la vida en todos y cada uno de los actos que se realizan, por pequeños que sean. Vuelve loco a cualquiera. Hubo altibajos, y cambios de perspectiva, a veces me olvidaba del tema, otras no. Con el tiempo aprendí a vivir con ellos, dejando que mi vida fuera dictada por el azar.
Es como jugar a la ruleta rusa unas doce millones de veces a la semana. La búsqueda sistemática y frenética de la primera piedrecilla, que, movida por el viento, desencadena una avalancha de nieve, caos y destrucción.
Como todo en esta vida, la moneda tenía dos caras. Quién podía convencerme de que si una tarde salía a comprar tinta para la impresora, no me iba a encontrar con la mujer de mi vida contando líneas blancas en algún paso de cebra? Eso no lo podía asegurar nadie, así que casi todos los días de mi vida hice algo como comprar tinta. A sabiendas de que también podía acabar huérfano..
Pasaron los meses, y los años, y pasó mi vida con ellos. Descubrí cosas, conocí gente, olvidé a otra, suspendí exámenes, leí libros, viajé, me senté en la última fila... Gané y perdí, como todos, supongo.
Durante todo aquello, que fue mi vida, vivía pendiente de ver venir a la piedrecilla. Aquel acto cotidiano, que hiciese sin prestar atención, y que cambiaría la historia.
Era como vivir en un bingo, con un cartón al que sólo le falta un número, y ver en la mesa de al lado a otro como tú, con su cartón al que sólo le falta un número. Si el hombre que cantaba las bolas decía el siete, yo ganaba, si decía el veintiséis, perdía. Y el hombre empezaba a cantar bolas, y nunca salían el siete, pero tampoco el veintiséis.
La vida seguía pasando, y yo continuaba conociendo gente, y olvidando a otra, seguía suspendiendo exámenes, leyendo libros, viajando, y sentándome en la última fila.
Una noche estaba yo tirado en el suelo, con las dos manos detrás de la nuca y oyendo música. Por el suelo de la habitación había un cenicero que rebosaba, unos cuantos vasos medio vacíos de ron con cola, unas cariocas, monedas, platos con trozos de pizza y otra persona.
Ella estaba también tirada en el suelo, y nuestros cuerpos formaban ángulo recto. Estábamos mirando el techo, absortos, no me acuerdo de qué estábamos hablando en aquel preciso momento, pero levábamos horas haciéndolo, hablar, de forma fluida, sobre bobadas o cosas serias.
Si recurriera a un diccionario para intentar buscar las palabras para poder describir lo que flotaba en el ambiente solo valdría una, humo, porque la habitación era un auténtico submarino. Pero no habría palabras para definir “lo otro”, la complicidad, el entendimiento, las risas, la tensión, la incertidumbre...
No nos conocíamos demasiado, las cosas habían girado hasta llevarnos a compartir aquel trozo de suelo esa noche, pese a todo, sabíamos perfectamente cómo pensaba el otro, podíamos adelantar jugadas, ser sinceros, naturales, y nunca caíamos en fuera de juego.
No se cuánto tiempo pudo pasar, pero en un momento dado me preguntó qué estaba pensando.
En ese instante todo eclosionó.
Recuerdo que Jagger estaba por las primeras frases de Angie.
Recuerdo haber visto, como tantas otras veces, mi cartón con el siete virgen, y al fulano de la otra mesa enseñándome su cartón al que sólo le faltaba el veintiséis, pero aquella vez, el hombre que giraba el bombo en el que estaban las bolas estaba más excitado que de costumbre. Me fijé. Sólo quedaban dos bolas en el bombo. Miré al fulano, y ahora el fulano era una piedrecilla a punto de ser movida por el viento, y causar una avalancha. Lo tenía. Estaba frente a lo que me había pasado la vida buscando. Frente a aquella decisión, frente al acto cotidiano que cambiaría la historia.
Supongo que me entró un ataque de pánico, porque sé que se me aceleró el pulso, pero me contuve, permanecí tumbado en el suelo, con las dos manos tras la nuca, formando ángulo recto con aquella chica, que me preguntaba en qué pensaba. Dejé que pasaran dos o tres segundos, y Jagger seguía dejándose la voz en la segunda estrofa de Angie.
El bombo dejó de girar, y el hombre sacó la bola. El fulano de la mesa de al lado y yo nos miramos, por última vez, como deseándonos suerte.
Mientras, en el cuarto lleno de humo, yo hice lo que siempre hago cuando dudo algo, pregunté. Le pregunté si quería oír lo que de verdad estaba pensando. Le dije que podía elegir, que si ella quería, yo podía estar pensando en fútbol. Le pregunté que a qué nivel de sinceridad quería oírme responder, y, sin dudarlo me respondió que al cien por ciento.
Así que yo le conté lo que pensaba de ella.
El resto de la noche la pasamos casi en silencio, mirándonos a los ojos, compartiendo algún cigarrillo y con una sonrisa que fue creciendo en cada una de nuestras caras, pero eso ya es otra historia.
Salió el siete.
Azar.
Seis de la tarde. Un bar del centro. Una mesa en un rincón y Javier pidiendo la primera cerveza y preguntándose si esta vez será que sí.
Ella llega tres minutos después, le ve y le sonríe en un solo movimiento. Javier se medio incorpora, también sonriendo, le da dos besos y va a por otra cerveza.
Se sientan, y empieza el juego.
Veinte minutos después, Javier está desolado, ésta también es idiota.
Se levanta para ir al servicio, piensa que en cuanto vuelva del baño se inventará una excusa para largarse cuanto antes. No llega al baño, gira antes, y sale a la calle. Sin explicaciones.
De camino a casa va pensando en por qué ha decidido no jugar para bingo, e intentar follársela...
Antes del siguiente cruce, a tiempo que sobrepasa a una pareja de ancianos, resuelve que no se ha la follado porque eso le habría convertido en un putero.
Por el módico precio de siete euros en cerveza, y tres horas de conversación aburrida, puedes follarte a una rubia. Pero eres un putero. Javier lo sabía, y no quería volver a ser eso, otra vez. Había decidido salir de aquel atolladero cinco meses atrás, cuando decidió encontrar a alguien que le entendiera como lo hacían sus amigos, sin pegas, alguien con quien mostrase como realmente era. Simplemente sentirse libre y cómplice.
Por ahora no había encontrado nada, al menos nada que no fuera idiota.
No se trataba del ideal de amor, no quería pensar que la forma de encontrar a alguien interesante pasase por el apollardamiento propio del enamorado; lo suyo era, más bien, encontrar una compañera de onda.
Alguien con quien estar tranquilo, a gusto, alguien con quien abordar una bronca en términos de “pros” y “contras”, no en términos de “gilipollas” y “zorra”.
En definitiva, el juego no era enamorarte de alguien y aprender a tratar con su carácter, si no enamorarte del hecho de poder tratar con ella de una forma simple y natural.
Probablemente, la de Javier, era una de las empresas más difíciles de la historia. Es más difícil encontrar a alguien así que descubrir la vacuna del SIDA.
La mayoría de las parejas están formadas por un engañado y un farsante. El engañado es el que cree que todo va bien, siempre. El farsante es quien soporta al engañado. Al final el farsante se va por tabaco, y no vuelve, y el engañado pasa a ser un cadáver ambulante durante tres o cuatro meses.
Javier había sido farsante y engañado, y ya estaba astiado de la película de siempre. No quería volver a tragarse la mierda de nadie.
En todo esto andaba pensando cuando le entraron ganas de fumar. Tiró mano al bolsillo y descubrió que se había dejado el paquete de tabaco en el bar. Para no volver a ver a la rubia, optó por cruzar al estanco.
En la acera de enfrente había una chica. Estaba encendiendo un cigarrillo. Decidió pedirle uno. El semáforo se puso en verde, y ella bajó la cabeza y empezó a andar a tiempo que murmuraba algo cada vez que pisaba una línea blanca.
Javier se quedó conmovido por el gesto. Es algo que él siempre había hecho. Contar las líneas blancas de los pasos de cebra. El paso más largo de Valencia tenía 23 líneas blancas, el más corto sólo tenía tres. El lo sabía, y tal vez ella también.
Cuando se cruzaron ella ni siquiera alzó la cabeza, tan concentrada iba por la ralla número nueve, Javier no le pidió el cigarrillo, pero se dio la vuelta y la siguió.
Una vez los dos estuvieron a salvo, al otro lado de aquel paso de cebra de catorce rallas blancas, Javier le habló.
-Te he visto.
- Perdona, qué dices?
- Las has contado.
Aquí la cámara hace un travelling, y aparece el narrador cerrando un libro.
Si, en última instancia, conocer a alguien cruzando un paso de cebra puede acabar bien o mal, es algo que prefiero que decida quien lea esto. Pude que Javier le cambiara un cigarrillo por un café, y puede que ella aceptara, y ese prime café diera paso a una cena, una tarde en la playa, o un canuto de maría a medias en un sofá. También puede ser que ella declinara el café con una sonrisa, y que Javier no llegara ni a saber su nombre.
La gente se divide, a fin de cuentas, entre los que creen que Javier y la chica del paso de cebra fueron felices y comieron perdices, y los que opinan que esto es una majadería, que nadie puede conocer así a alguien que valga la pena. Incluso habrá a quien todo esto le importe un carajo.
Encontarte a alguien del modo que lo hizo Javier sólo pasa en la televisión, o en algunas historias de barra. La gente se conoce de otros modos, y tal vez ese sea el problema.
Yo, personalmente, no se cómo acabó la cosa, pero el otro día, mientras andaba por la calle me crucé con una pareja que, fumando y agarrados por la cintura, atravesaron un paso de cebra, contando, en un murmullo y a la par, las rallas blancas...
Paseo.
Una vez, un niño y una niña quedaron para ir juntos a comprar caramelos al kiosco de su barrio.
Se cogieron de la mano y empezaron a caminar.
Dijeron que no pensaban separarse hasta llegar a su destino.
Andando juntos esquivaron coches, peatones, perros...
En un momento dado la calle se estrechó, ellos se acercaron más, y siguieron andadndo.
Cuando les faltaba menos de doce metros para llegar, encontraron un andamio.
En único modo de superar el andamio era separarse durante tres o cuatro pasos, y volver a coger sus manos nada más pasarlo.
Se miraron, se dieron la vuelta y andaron en dirección contraria, en silencio.
Decidieron aprovechar que la Tierra es redonda, y antes de soltarse durante tres o cuatro pasos, le dieron la vuelta entera.
Puertos.
Se desnudaron rápidamente, más con ansia que con deseo. Cada prenda arrancada era un recuerdo, un reproche, un desquite. Él, con la sudadera, se acordó de cada noche que la maldijo. Ella, con el suéter, de cada mañana que faltaron flores. Él, con la camiseta, de todas las veces que le pareció verla. Ella, con el sujetador, de los paliativos que caducaron en su almohada. Él se quito los pantalones y los calzoncillos a la vez, y dejó de reprochar para centrarse en lo que estaba. Ella, con el tanga por los tobillos, descubrió lo mucho que le echaba de menos.
Fuera hacía un frío endiablado, las ventanas deformaban la realidad exterior a causa de la escarcha, pero a ellos eso no les importaba. Bien podría haber estado Santa Claus violando a Rudolph en la calle, ni se habrían percatado de ello, su mundo, como tantas otras veces se reducía al aquí y al ahora, a esas cuatro paredes, a ese colchón y a la botella vacía de vino que hacía equilibrio sobre el portátil. Cada segundo de más, era un segundo de menos.
Él empujaba fuerte y muy adentro, al ladito del corazón. Ella miraba alternativamente al techo y a sus ojos, tensando el pecho como si de un arco se tratara. Los jadeos de ambos se fueron acompasando a medida que las espaldas se cubrían de sudor, el pelo se convertía en un cubil de culebras y las manos asían con fuerza las caderas. Lo cierto es que no lo hacían nada mal. Si hubiera habido vecinos cerca podrían haber dado fe de ello.
Fue sexo lento, de ojos velados y promesas en silencio, uno de esos polvos que sólo se repiten dos o tres veces en la vida, y siempre con la misma persona. Uno de esos en los que la furia deja paso al cariño, la lengua a los labios, los cuellos pasan a ser carreteras y el crepitar no sabes si es a causa de los troncos que arden o de las uñas al clavarse. Uno de esos polvos en los que haces el amor, y el follar pasa a ser un pasatiempo del momento.
Los minutos se dilataron. El ir y venir de los cuerpos parecía algo intrínseco al mundo, igual que sale el Sol, ellos se amaron. No hubo te quieros en exceso, ni frases rosas de novelas bucólicas, no hubo finales felices, ni mariposas en los estómagos... Fue, más bien, un momento de encuentro entre la parte más íntima de dos personas, el fin último de la creación de algún Dios. El sexo cobró una nueva dimensión, no se trataba de fuerza, sudor y bombeo, se trataba de reconocerse, echarse de menos estando juntos, paladearse, absorberse, disfrutar de esa intimidad blindada de un olor característico, un olor casi agrio que se queda marcado en cada centímetro de la piel y que te acompaña durante días.
Se abrazaron intentando fundirse el uno en el otro, de forma que no pudieran separarse nunca, porque esa es la tragedia humana, la broma cínica de la vida. Daban la impresión de ser dos luchadores greco-romanos en plena refriega, mezclando miembros en un orden caótico. Cada brazo, cada pierna, presionaba contra el otro cuerpo en un cepo infinito de lujuria, deseo, pasión y fuego.
Después, tras oleadas de ataques repelidos, orgasmos, risas, enrosques, idas y venidas, ascensos al cielo y bajadas al infierno, vértigo, sed, roces, gritos, gemidos, humedad, desconches, ripios y furia, debajo de un edredón con historia propia, se plantearon la necesidad de una ducha, algo de comer y dar un paseo.
Decidieron que todo aquello, junto con las prisas, el ruido, y sus vidas, podría esperar, y se encendieron un par de cigarrillos. Ella puso la cabeza sobre su pecho y se quedó absorta escuchando el latir de un corazón acelerado. Él, con su mano izquierda debajo de su nuca y la derecha removiendo un pelo que tantas veces echó de menos, se quedó mirando las llamas de la chimenea.
Nunca supieron cuánto tiempo pudo haber pasado, el reloj les decía que más de una hora, bien podía ser cierto, aunque también podrían haber sido tres segundos, o siete vidas. Con mucha calma, en un movimiento armónico, que más pareció una danza, Ella se tumbó encima de Él, tratando de cubrirle por entero, cara a cara, como una niña pequeña con un pijama que le viene grande. Él sonreía, y Ella le imitó. Empezaron dos o tres conversaciones, pero jamás recordarían de qué hablaron. Poco a poco se fueron quedando muy quietos, mirándose, Ella seguía sobre Él, desnudos, en un acople anatómico perfecto. Pecho, brazos, vientre, pubis, caderas, muslos... no se podía diferenciar dónde acababa uno y empezaba otro. Volvieron a ser uno.
Posibilidades,
Puede ser que sea porque son las siete de la mañana y a mis dedos les cuesta acertar las letras.
Puede ser que sea porque el último texto ha desatados nudos.
Puede ser que sea porque toca desgarrarse la garganta gritando.
Puede ser que sea porque no encuentro las palabras.
Puede ser que sea porque me hago viejo, vulnerable y débil.
Puede ser que sea porque estoy hasta los cojones de todo.
Puede ser que sea porque Papá Noel está gordo y no entra por la chimenea.
Puede ser que sea porque, cuando quise, perdí los besos que saben a vinagre.
Puede ser que sea porque voy más ciego que Carracuca.
Puede ser que sea porque los kilómetros son cortos.
Puede ser que sea porque quien tuvo retuvo, o porque a quien buena sombra le cobija es porque madugó.
Puede ser que sea porque todo es mentira.
Puede ser que sea porque siempre hubo vestido a medias, y arcos por tensar.
Puede ser que no sea, y entonces nada tenga sentido.
Puede ser...
Prefiero pensar que es mejor dormir, y soñar, porque...
Puede ser por tí, puede ser por mí.
Saligep.
Por creerme tu único merecedor.
Soberbia.
Por querer no compartirte nunca con nadie.
Avaricia.
Por desear verte desnuda cada noche.
Lujuria.
Por odiar el espejo que roba tu reflejo.
Ira.
Por comerte el alma a besos.
Gula.
Por desear tu saber hacer.
Envidia.
Por no querer cambiarte en la vida.
Pereza.
Me condeno, por ti me condeno...
Corbatas.
Las mejores historias que conozco narran principios. Empiezan describiendo el lugar, el bar oscuro donde se cruzaron por primera vez las miradas, o nombrando al tipo aquel que les presentó. Narran los nervios, las risas en falsete, las gracias que cimentan lo que a la larga será una broma de dos...
Las mejores historias que conozco empiezan mezclando un “perdona” y un “encantado” y acaban con la ropa hecha un ovillo a los pies de la cama, o tal vez acaben con un jarrón estampándose en una pared, o con una foto de carné hecha pedazos. Pero poco suele importar como acaban, aunque sea con un triste “adiós”, son magníficas al principio.
Las mejores historias que conozco son esas pequeñas anécdotas que recreas en tu cabeza una y otra vez, y a las que le vas añadiendo detalles conforme pasa el tiempo, imaginando que los “noes” eran “por si a casos”, de forma que cuanto más atrás está en el tiempo, más grande es la sonrisa que disimulas al recordarlo.
Las mejores historias que conozco empiezan a las tres de la madrugada, con un cubata en la mano, o en un ascensor a las doce del medio día, pero suelen tener por denominador común a un desconocido, bueno, en realidad las mejores historias que conozco tienen desconocidas, en vez de desconocidos.
Las mejores historias que conozco tienen olor y color propio, huelen a perfume, o a sudor, o a nervios mal disimulados, y visten de negro noche moteado por estrellas, o de rojo sangre, o de azul piscina, o de verde Heineken...
Las mejores historias que conozco me las cuenta la tropa los lunes por la mañana, o se remontan a meses atrás, haciendo que vibren las cuerdas vocales, ensanchando sonrisas, permitiéndonos soñar por un rato con un fin, pero sin saber si el amarre aguantará.
Las mejores historias que conozco son reales, pero, a veces, estás cansado y te quedas en casa, y no sales al bar de abajo, y te pierdes a un desconocido que tal vez sea un idiota, entonces decides soñar, y te imaginas que bajas al bar de abajo, y que el idiota te sonríe, y decides que las idioteces tienen su encanto...
Me hubiera gustado contar una historia de risas, encontronazos, nervios estúpidos y corbatas desaparecidas, pero alguien decidió quedarse en el sofá de su casa, y no bajar al bar de abajo; Sólo puedo pensar que tenía razón, los dos nos lo perdimos, le guste, o no, a mi ego.
Finales.
Tirado en el sofá, sin prestarle antención al entorno, fijo la vista en el cielo y cuento las estrellas. Sólo veo cinco puntos en lo alto del cielo, y uno de ellos debe ser un avión, porque se mueve más rápido que mi futuro, pero más lento que mi pasado.
Tal vez no sea un avión, tal vez sea el eco de aluga promesa de amor, que un día tuvo forma, y al quedar caduca se ve arrastrada, entre otras estrellas, a vivir sin rumbo, abandonada, junto a otras como ella, pero distinta, con la sabiduría que le dan las lágrimas.
Tal vez esa estrella, o ese avión, o esa promesa, aprendió que, por poco que le guste, está sola, ejerciendo su rol, dejando que un tipo como yo la observe a kilómetros, alejándose, sin dar explicaciones. Sin decirme si es un avión o un ente prendido en el tapiz del firmamento.
Tal vez eso, que espero, con toda la fuerza que a estas horas me confiere mi alma, que sea una estrella, se va buscando a otra como ella, con esa firme esperanza, fruto del desconsuelo, de encontrar su gemela.
Tal vez esa estrella (llegados a estos extremos tengo certeza de que se trata de una estrella) dejó de verse durante años desde mi ventana porque la tapaba una estrella mayor, una con la que se sentía a salvo, segura, eterna, protegida.
Tal vez esa estrella mayor, la que la ocultaba a nuestra vista, un día se marchó, haciendo que mi estrella no se sintira nunca más a salvo, segura, eterna, protegida. Seguramente sea por eso por lo que mi estrella se aleja, buscando un parapeto que la evada de la cruel realidad de los que la miran.
Tal vez mi estrella recorra centímetros de ese trozo negro que, de forma ingénua y maldita, llamamos "cielo". La imagino huyendo, en vaqueros, camiseta, y zapatillas victoria, buscando unos labios que le den calor en una noche tan fría como esta.
Tal vez deje de ver a mi estrella dentro de un rato porque haya encontrado el puerto en el que atracar hoy. Sintiendose a medio a salvo, casi segura, jodidamente eterna y protegida de alquiler. Como una puta con un chulo de dos metros.
Tal vez opte por el camino fácil. Es posible que mi estrella esté hasta los cojones de sus noches y decida implosionar, arrastrando con ella los satélites de la Fox que, probablemente, la rodean. En ese caso jamás volveré a ver cinco puntos en lo alto del cielo, ni Padre de Familia.
Tal vez esté quivocado, y sólo sea un avión.
Acaba un día y da paso a otro. Un día más, un día menos. Sueños que se acaban dejándonos húerfanos de ilusiones. Cosas de la vida, me dicen.
Marketing.
Somos lo que hemos vivido. Empirismo en vena. Yo, para bien o para mal, fui educado, como tantos otros, en un colegio de curas, desde los seis a los dieciocho. La herencia aprendida supera, de muy largo, lo que os quiero contar aquí, así que trataré de ceñirme a los hechos para no aburriros con berborrea innecesaria. Aprendí algún que otro latinejo, los afluentes del Miño, que el futbol no me gustaba, a hablar en público, que el Espíritu Santo es un programa de Matrix para los idiomas, y ciertos valores que ya no están de moda, por ejemplo, la diferencia entre la verdad y la mentira...
El mundo es de colores, y, hoy por hoy, a quien llama al blanco, blanco, y al negro, negro, le tachan de gilipollas. Bueno, ahí no entro, el mundo puede ser de colores, pero el Corte Inglés, y alguna novia pretenciosa, han ampliado el universo de los 16 a los 32 bites. Ahora si algo es parecido al rojo y al rosa, se le llama fusxia y todos tan contentos. Personalmente lo considero una idiotez, pero la conciencia de quien se quiera dejar guiar por el Corte Inglés y las novias pretenciosas es cosa de cada cual, y a mi me importa un carajo.
Junto con la ampliación coromática, se ha puesto de moda, y tal vez orquestado por los mismos autores, meternos por el culo los 32 bites de la veracidad. Uno por uno, los treita y dos. Los cobardes están de fiesta todo el año.
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
No, no se le ha ido la pinza ni al blog, ni al abajo firmante. Lo he repetido, palabra por palabra, tres veces. Hay un por qué. Lo he repetido tres veces porque quiero que, antes de seguir leyendo, busquéis en vuestra Memory Card esa frase dicha en boca de algún conocido.
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
Ponedle cara.
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
Ponerde situación.
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
Haced un último esfuerzo por mí.
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
Intentad recordar lo que en aquél momento pensasteis.
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
Ya? Gracias. Sigo.
Os voy a contar un secreto, las veces que he oído eso he pensado: Joder, que inteligente, ese debe ser el secreto para triunfar en la vida. Ser capaz de tener la picardía suficiente como para filtrar la información de forma que siempre salgas beneficiado. Es el gran secreto del universo abierto frente a mí.
No se si alguna vez habéis grabado un CD de música, con distintos grupos y distintas canciones, y oído ese CD centenas de veces ininterrupidas. Sucede algo curiosísimo. Cuando una canción acaba, conoces perfectamente cúal es la siguiente, y la empiezas a paladear antes de oirla. La tarareas, y recuerdas su letra antes del primer acorde. Bien, lo curioso es que si algún día, en algún bar, en la radio, o en la consulta del oftalmólogo, suena una de las canciones que grabaste en el CD, te emocionas, la cantas, y, al acabar, empiezas a paladear la canción que "toca", pero... tachán!... llega un idiota y te pincha a Shakira cantando "La tortura". Y en ese instante algo te patina en la cabeza y piensas algo así como "No coño! ahora tocaba "Sara", de Dylan". Espero que sepáis a lo que me refiero, porque la situación es indescriptible de otro modo al que, más mal que bien, he narradao. A ese patinar de neuronas, a esa sensación de que algo no encaja, que algo está fuera de su sitio, le llamo "Síndrome Nananá".
Algo parecido al "Síndrome Nananá" he experimentado cada una de las veces que he pensado en el gran secreto del Universo. Algo falla. Algo no encaja. Falta claridad, y es que hay demasiado lubricante.
"Yo no miento, digo siempre verdades, otra cosa es cómo las diga, o si opto por censurar alguna."
Os acordáis aún de la cara y la situación que le habíais puesto a la frase de los cojones? Bueno, pues para que esa persona pueda dormir a pierna suelta, para que su alma no se emponzoñe con la ruindad de su forma de ser, para que no se muera de verguenza al mirarse en el espejo... nos han hecho creer en que la veracidad es como los colores, que se puede ser sincero en 32 bites. Que no pasa nada por ocultar un nombre, cambiar una fecha, u olvidar un número.
Que decir que algo no funciona, sin contar que se te ha caido al suelo, porque no te lo preguntan, no es malo. Que decir no tengo dinero, es lo mismo que decir no tengo dinero suelto. Que cuando algo es rojo, pero tiene una pequeña mancha rosa, podemos decir que es fusxia y no pasa nada de nada. Todo ésto son cosas que hacen quienes no mienten, quienes siempre dicen verdades, pero que deciden cómo contarlas, o cuáles censurar...
Esa gente es cobarde. Son el cáncer del bien común. No merecen ni desprecio. Pero eso no es lo peor, que la gente oculte, disimule, escaquee, distorsione o fantasee es algo a lo que los muy hijos de puta nos tienen acostumbrados. Lo que les hace abominables, lo que hace que merezcan la peor de las suertes por derecho propio, lo que hace que se active el "Síndrome Nananá" es que lo hacen porque se creen mejores que el resto de los pobres miserables que habitan con ellos.
Hay gente lista y gente tonta, o, al menos, gente más lista y gente más tonta que otra. Bien, yo no soy muy listo, ni muy tonto, digamos que estoy en la media. Vale. Eso me hace pensar que hay gente más lista que yo, y gente más tonta. Pero me niego a pensar que la gente más lista de todos son quienes se han inventado que se puede ser sincero a 32 bites. Esa carroña piensa que son la élite de la inteligencia humana y que, como tales, pueden ser jueces del resto del mundo, familia, amigos, parejas, mascotas, periodistas... les da igual a quien les pongas por delante. Seguirán diciendo la verdad, sin mentir jamás; sólo decidiendo el cómo y el cuánto de sinceros han de ser.
Vosotros, a los que quien lea esto ha debido de poner cara, sobráis. Si tan inteligentes y sinceros sois, tratad, por una puta vez en vuestra cochina vida, de tirar de la manta. Salid a la calle y decid a vuestra familia, a vuestros amigos, a vuestras parejas, a vuestras mascotas, y a los periodistas que conocéis, el "cómo" y el "cuánto" de vuestras verdades. Dejad que esa gente decida por ellos mismos qué sois. Aquí el blanco es blanco, y el negro es negro, y si sois vosotros, miserables, quienes me tacháis de gilipollas, me sentiré dichoso.
Decía Alejando Dumas que el hombre no roba, conquista. Vosotros, innombrables, habéis robado todas las almas de las personas que os rodean, pero no habéis conquistado jamás ninguna. Nunca entenderéis que no hay fusxia en la verdad.
Espadas.
Voy a hacer algo que no he hecho nunca, y probablemente no volveré a hacer, pero, como decía aquél, mi blog es mío, y me lo follo cuando quiera. La jugada va de colgar un texto escrito por otro. El otro tiene nombre, vicios y virtudes. A decir verdad sus vicios son pocos comparados con sus virtudes, pero no estamos aquí para chuparnos las pollas, así que paso de soltar el rollo poniéndole por las nubes, porque ni es el sitio, ni el momento, además, él ya se deleita con sus vicios y disimula sus virtudes, que es todo lo que yo le pido a alguien para que sea mi primera espada.
He pensado en dar su nombre, pero no soy dado a tales excesos. Los nombres propios son algo que no elegimos, es algo que nos viene dado, como el tamaño de nuestro pene, lo que importa es lo que hacemos con él. De todos modos, y por esa puta manía que tiene la gente de usar nomenclaturas, llamémosle Sr. Tu-tu-pá.
Como nota al pie, y por aquello de chuparnos un poco las pollas, que siempre le quita a uno el hambre, diré que el Sr. Tu-tu-pá es la persona más leal que he conocido nunca, y, tal y como está el mundo, creo que eso es lo más bonito que le he dicho a alguien a quien no pretendiera follarme. Chaval, va por tí.
Enamorado de la sultana.
Estaba el rey observando desde lo alto de una ventana de su palacio a la sultana. La sultana absorbía todo con su presencia, la miraba con los ojos bien abiertos para no perderse ninguno de sus movimientos. La sultana era muy hermosa, su piel era dorada y su cuerpo la más pura expresión del concepto de belleza clásica; el pelo, largo y castaño, muy limpio y muy sedoso volaba como a cámara lenta para la recreación de la galería. Sus ojos, del color de las castañas, miraron al sultán un segundo, el sultán en ese momento se sentía poderoso, lleno, completo, el hombre mas feliz y orgulloso sobre toda su tierra y todo lo demás no le importaba mucho que le perteneciera o no.
La sultana era puro sexo, era la personificación del sexo y por ella cualquier rey perdería su reino sin dudarlo. La verdad es que la sultana necesitaba desfogarse con toda la corte del sultán y parte del reino, el hijo del herrero, del panadero, del pastor y creo que algún que otro artista de la época que la había pintado, y eso. En cuanto al tema homosexual, pues bueno, dentro de un aren pues no es de extrañar que también entre ellas hubiera habido algún roce. Le daba a todo!
El sultán lo sabía, y, por un momento, le vino a la cabeza, y el mismo rey poderoso ahora era muy pequeño, muy vulnerable, como si su corazón y su alma estallasen, como cuando golpea el mar contra la tierra o como cuando estalla un edificio en derribo. No derramó ninguna lagrima, podía soportarlo no porque no quisiera a la sultana, si no porque tenia claro que él no podía complacerla a todas horas, todo el día, cada día. Era consciente que no existía el concepto de fidelidad con ese cuerpo.
Como el sultán, yo te observo desde mi pequeña venta de 17” de tft , lleno , completo, absorto, atónito, excitado, feliz de saber que has sido, o serás, mía, y aún sabiendo que necesitas de otros hombres, por lo que sea, me derrumbo y me muero. A diferencia del sultán mi reino no vale nada pero no puedo renunciar a él, aún así no se si valdría la pena, lo que si se es que como la sultana que eres me haces sentir todo eso, no es malo y no es bueno pero me haces sentirme vivo, ilusionado o desilusionado, me aleja de las desavenencias de mi reino y me pone en contacto directo con mi naturaleza.
Lecciones.
Al año y dos meses, más o menos, aprendí a frenar antes de comerme las paredes de mi casa al correr. Cuenta una anécdota familiar que casi hize un Backflip con el taca-taca y que por aquella época tenía tantos chichones en la cabeza que aquello parecía un campo de calabazas.
Al los tres aprendí que el café caliente quema la piel. Estaba en la cocina, mis padres no paraban de preguntarse cuándo estaría el café listo, imagino que tendrían invitados, no suelen tomar el café en casa si están solos. Sentí curiosidad, fui a la cafetera y se me derramó por encima. Mi muñeca izquierda da fe de ello. Las prisas también queman.
A los cinco años aprendí a mover los ojos. Es decir, ya sabía mover los ojos, pero no era consciente de ello, y cuando veía a niños moviendo sus ojos intentaba imitarles. Al final me di cuenta de que el truco consistía en mirar para otro lado.
A los siete me picó una avispa en la mano, me duele sólo el recordarlo, pero lo que aprendí fue a no fiarme de esos bichos. Antes de picarme se mantuvo tres o cuatro segundos posada sobre mi piel. Yo no le había hecho nada, pero ella me picó.
A los nueve me fui a una carrera de minibikes, aceleré en una curva, perdí el control del trasto y volé por encima de tres ruedas puestas a modo de barrera. Hay un video sobre ello en el que se oye la risa de mi padre. Me di cuenta de que era un necio, la lección del año y dos meses no la había aprendido bien. Me propuse saber frenar a tiempo desde entonces.
A los trece aprendí que el mejor invento de la historia era una paja. Me bastaba solito para descubrir el mundo. Por esta epoca las lecciones que he ido aprendiendo se van distanciando de las anécdotas familiares. Eso es una suerte, el día que mi madre pueda contar una anécdota sobre mis pajas sabré que he tocado fondo.
A los quince aprendí que hay combinaciones mortales, esta lección vino en dos tiempos. Por un lado, la niña cuyo nombre empapaba mis sábanas, la primera niña con la que soñé, y a la espiaba por el rabillo del ojo en clase, me vió entrar un día con una camiseta azul marino y unos pantalones negros. Me dijo que aquella combinación era mortal, que nunca debía llevarse dos cosas de esos colores a la vez. Aprendí que hay niñas que empaparían mis sábanas, niñas con las que soñaría, y a las que espiaría por el rabillo del ojo, que serían gilipollas. También aprendí que mezclar dos cosas que te gustan, no crea algo que te gusta mucho. Los profesores fueron un porro y una lata de cerveza.
A los diecisiete descubrí que me había equivocado a los trece. Una paja no era comparable a un polvo. Un povo era el mejor invento de la historia. Ya no me bastaba solito para descubrir el mundo, ahora necesitaba que fuésemos dos. Dos personas son muchas más personas que una persona. Aquel año también aprendí a querer.
A los diecinueve aprendí que, aunque quieras, hay veces que te toca descubir el mundo solito, que la gente se va y no vuelve. Aprendí lo que era la frustración, lo que era llorar a lágrima viva por una falda. Era una lección conjunta, porque al tiempo aprendí a olvidar y a recordar a mi antojo, aprendí que el tópico de que el tiempo es el mejor médico del mundo es cierto. Me jodió mucho darme cuenta de que un tópico tan sobado y repetido era cierto. Me desencanté de quien fuera yo a los diecisiete. Aquello todavía me jodió más.
A los veintiuno había aprendido, sin darme cuenta, que podía ser un cabrón redomado. La perspectiva era aterradora. No quría convertirme en un hijo de puta. Supongo que la verdadera lección ahí fue que hay lecciones que no llegas a aprender nunca.
Casi tres años después llevo aprendidas muchas más cosas, y yo, que me considero más tonto que listo, me asusto al pensar que hay lecciones que olvidaré y otras que nadie me enseñará. Me planteo, desde mi ignorancia, si la gente que me rodea sabe lo mismo que yo, o sabe más. También me pregunto si alguien sabe menos que yo, pero la verdadera duda es otra. Acaba todo el mundo sabiendo, a la larga lo mismo?.
Mantengo que, cambiando un par de nombres, ciudades y marca de condones, todas las historias son la misma. Eso me hace pensar que todo el mundo llega a saber lo mismo a lo largo del tiempo, lo que de verdad varía es el momento del aprendizaje. Algunos llegan a los treinta creyendo que el mejor invento del mundo es una paja...
Hay gente que a los nueve aprendió que los padres se mueren. Otros aprendieron que, llorando, les daban dinero, con el tiempo sustituyeron el llorar por el follar y se solucionaron la vida. Una vez conocí a un tipo que rondaba los cinquenta y no había aprendido que la gente traiciona, lo aprendió a los cinquenta y uno; se ve que su mujer aprendió a los quince que si pones los cuernos con cuidado no se entera nadie... hasta que a los cuarenta y cinco aprendió que las mentiras siempre salen a la luz, su marido no le ha vuelto a mirar a la cara. Hay gente que a los siete aprende inglés y alemán en un colegio privado, para aprender a los veinte que prefiería ser un indio a un importante abogado.
Hay gente necia que olvida lo aprendido. Los hay que no se preocupan por aprender y los hay que creen que saben más que nadie, esos son los peores.
Un día llegaré a aprender que nunca se acaba de aprender del todo, y eso me entristece. La vida es un juego del que nunca llegamos a saber todas las reglas. No podemos sacar nunca un diez en un examen porque siempre hay materia que no hemos leido aún. Es jodido de asumir, pero tiene un toque morboso que me la pone dura, y es que, si sabemos que no sabemos, sabremos que estamos haciendo lo posible por aprender, y eso legitima todos nuestros actos. Equivocarme es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Promesas.
Setenta y tres botellas. Setenta y tres botellas, separadas tres centímetros una de otra, forman un círculo. He tardado cuarenta y cinco minutos en hacer que el círculo sea círculo y los tres centímetros sean tres centímetros, lo he logrado. Estoy contento.
Me tumbo dentro de él. Setenta y tres botellas resultan pocas, o tal vez sean pocos tres centímetros, pero el caso es que mi pie derecho ha golpeado una botella. La botella se ha balanceado sobre su propio culo un par de veces, al final ha cedido, ha caído y se ha roto, estallando con ella mis esperanzas, ilusiones y fantasías. Ahora hay setenta y dos botellas, 5 trozos grandes de vidrio y decenas de minúsculos cristales que, como alfileres, se me clavan, recordándome que aun puedo sangrar.
Los fantasmas del siglo veinte son en dos dimensiones y suelen estar enmarcados. Desde sus celdas de metacrilato me observan con curiosidad, sorpresa, fascinación, miedo, alegría... sensaciones, sentimientos... sentimientos que todos podemos exteriorizar... todos? Si? De veras?
En una esquina, oscura, cómo no, hay uno de esos fantasmas, un fantasma que fue fantasma antes de ser fotografía, y antes de ser fantasma fue príncipe, y antes de ser príncipe fue sueño, y antes... y antes...
Lo malo de ser princesa es que no siempre hay dragón, torre y cautiverio, hay veces que hay campo abierto y pese a todo nadie te rescata. Mierda de juglares, ahí ardan en el infierno.
Yo descubrí, tres minutos antes que el, que Romeo era gilipollas y Julieta una ingenua, a mi lado, al otro lado de las setenta y tres, perdón, setenta y dos botellas, yace su cuerpo, en su mano un revolver aún humea, ahora es mi turno...
Brindis.
Los irlandeses celebran los funerales como si de una fiesta se tratase. Solo y a oscuras, hoy levanto mi copa y brindo.
Brindo, por las banderas con mensajes, que serán legado de nuestra historia.
Brindo, por los cuentos compartiendo almohadas, que nos llevaron a reinos más felices.
Brindo, por los polvos hercúleos, que fueron firmados con dieces.
Brindo, por las escapadas, jamás se hicieron mejores fotos de monumentos que en Toledo.
Brindo, por el luto inminente, la oscuridad es un túnel con principio y final.
Brindo, por las canciones aprendidas, fueron pocas, pero bastaron para sellar promesas.
Brindo, por las llaves que perdí, tal vez hay cerraduras que sólo se abren desde fuera.
Brindo, por los regalos imposibles, que vengan siempre llenos de piruletas.
Brindo, por las películas que vimos desnudos, lo nuestro jamás llenará salas de cine.
Brindo, por los espejos de tus ojos, romperlos traerá años de desgracias.
Brindo, por las tardes de lectura, porque en el silencio acompasábamos las respiraciones.
Brindo, por las veces que no te entendí, porque ahora facilitan las cosas.
Brindo, por los idiotas que leyendo esto sonrían, no saben hasta que punto fueron engañados.
Brindo, por los mensajes en blanco, nunca sirvieron para follar, pero nos echamos unas risas.
Brindo, por las fotos verdes, aunque no llenen las paredes capturaron momentos felices.
Brindo, por las copas a medias, para que busquen vasos más pequeños.
Brindo, por los planes que se hicieron, al menos sirvieron para soñar despiertos.
Brindo, por el amor, que cuando viene nos cala, pero que al irse nos seca.
Brindo, porque éramos dos contra el mundo, hasta que decidiste que el mundo era más fuerte.
Brindo, y elevo mi copa, pero al otro lado no estás tú, no se oye el repicar de los cristales, no se derrama líquido, así que bebo en silencio y apuro mi copa.
Inicio.
Hay ciertas fechas que la gente celebra en privado. Hacer público una de esas fechas haría que perdiese el encanto personal. No me imagino a un amigo diciéndome: "Oye tío, vamos al bar, que te pago unas cervezas, porque hace hoy exactamente dos años me operaron de fimosis". El ejemplo no es causal, os lo prometo... bueno, no lo prometo.
Todos tenemos, imagino, ese tipo de días secretos. Días en lo que sonríes al darte cuenta del calendario y te dices: "Chaval, hace tres años dejaste de fumar" y decides tomarte una cerveza a tu salud, o "Hoy hace seis meses que me dejó por el imbécil alto que jugaba al baloncesto" y decides tomarte una cerveza a la salud del imbécil, porque ahora la aguanta él, que se joda.
Suelen ser días felices. Suelen ser días en los que la gente que te rodea te ve raro y te pregunta si estás ido, o si te has fumado algo, y tu dices que no, que estén tranquilos que estás bien, y sigues con tu mueca triunfal en la cara.
Hoy ha sido uno de esos días para mí. Hoy es un día especial en mi calendario, y os lo quiero contar. Hoy hace un año que aterricé, de forma casi anónima, en Bristol. Un año ya. Pero hay un aniversario subyacente, escondido en esta fecha.
Hoy hace un año, el Sol aún brillaba en Bristol. Es de lo primero de lo que nos dimos cuenta al llegar al aeropuerto. Nervios desatados, taxis, autobuses, dejar las maletas en el suelo de una gran sala porque llegábamos tarde a una reunión de Erasmus... Apenas recuerdo ahora cómo fue todo, pero fue muy rápido.
Recuerdo que entré en una gran sala donde estaban todos los futuros Erasmus de Bristol, allí había más de trescientas personas sentadas, y yo sólo veía sus cogotes. Un chico con una camiseta roja hablaba desde una tarima en un idioma que se supone que yo entendía. Y yo no entendía una mierda. Más nervios. La reunión acabó cuando yo llevaba menos de seis minutos dentro de la sala. LA gente se levantó y empezó a hablar entre sí, y yo no sabía de que iba nada de eso. En un momento dado ví a un tío que había conocido en Valencia, un chaval alto y de pelo largo que me presentó mi coordinador en una reunión. Decido acercarme a él.
Le digo hola, me mira, me enfoca y me abraza, me dice que qué alegría, otro español!. Y yo seguía sin entender una mierda de nada. Los nervios daban paso al pánico. Le pregunto que qué pasa, que acabo de llegar y que no entiendo nada. El tío sonríe y me dice que se ha encontrado con diez o doce españoles, que el tipo de la camiseta roja ha dicho que hay que buscarse un piso y que hiciéramos grupos para buscar casas. Alguien le toca la espalda, se pone a hablar con él, y se da la vuelta. Yo respiro profundamente y analizo las cosas.
Vamos a ver, al parecer ahora hay que buscar a gente, coger una lista e irse a buscar casa. No conozco a nadie. No se si ese tipo es buena gente o si la rubia aquella aceptará que le proponga que vivamos juntos, bueno, juntos, revueltos y en una cama de tres palmos, porque la tía está que mata... Volvamos a centrarnos... busca a alguien que parezca majo, con quien puedas hablar, haz algo, reacciona.
Y reaccioné, y tanto que reaccioné... Saqué el móvil. Yo tenía claro que quería vivir en una residencia, y tenía el número de la oficina en España. Les llamé. Una chica me dio el número de la central de Bristol. Ya estaba más cerca. Volvía a llamar. Le expliqué a la chica del teléfono que acababa de llegar, que me habían secuestrado unos tipos de camisetas rojas que me querían hacer vivir con gente que no conocía, y me cagé en la puta madre de la organización, aunque aquello lo hice en castellano, y la chica no se enteró. Me dijo que buscara a unos tíos con camisetas azules, que eran representantes de la residencia y que ellos me llevarían a donde quisiera. Le digo que vale, y cuelgo. Vuelvo a pensar.
Vale tío, estás en una sala con peña hablando en idiomas que no entiendes dándose gritos. Sal de aquí. Tengo que encontrar a unos tíos con camisetas azules. Rojos contra azules, tócate los huevos con la señalización inglesa...
Iba derecho a la puerta, a mear, y ví a un tío con camiseta azul. Bueno, la meada tendría que esperar. Le dije que si trabajaba para la residencía, me dijo que sí, y que en cienco minutos saldría un coche hacía la residencia, que si estaba interesado esperara fuera del edificio. Le di las gracias, y me fuí a mear. A los tres minutos salí del edificio.
El Sol aún brillaba en Bristol. En la puerta del edificio había una chica encendiendo un cigarro. A los tres metros de ella me dí cuenta de que era española. Durante una fración de segundo, algo micronésimo, todo se detuvo. Soy consciente de que nada se detuvo, el mundo siguió girando, yo seguí andadndo y ella encendía el cigarrillo. Un pensamiento, un pensamiento fugaz pasó por mi mente, fue algo como un "Hhhhuuuuuummmmm". No hubo tiempo para más.
El resto, como dicen los libros, es historia. Encontré casa, conocí gente, bebí cerveza... menudo añito. Es lo único que puedo pensar si echo la vista atrás y "uno los puntos", que decía aquel directivo trajeado...
Hoy hace un año del principio de todo, pero eso me da igual. Por lo que hoy he estado medio ido, o como si me hubiera fumado algo, por lo que hoy me ha preguntado mi gente, por lo que hoy he brindado solo en un bar con una cerveza, es porque hoy hace un año que ví por primera vez a aquella chica encendiendo un cigarrillo. Aquella chica, hacía brillar el Sol en Bristol, aún en los días más oscuros. Aquella chica tiene un nombre propio y una historia conjunta. Aquella chica fue, es y será. De aquella chica me enamoré. De aquella chica estoy enamorado.
El pensamiento fugáz de la primera vez que la ví no podía estar más acertado. Aquel "Hhhhuuuuuummmmm" ha encerrado la mejor historia jamás contada.
Hoy hace un año que te conocí, felicidades, Moco.
Apuesta.
Salió del baño de la habitación tras una nube de vapor que empañaba su desnudez. Se tiró en la cama de espaldas, sintiendo como el nórdico con funda de lana le secaba las últimas gotas de la cabeza. Alcanzó el móvil con los ojos cerrados, lo puso frente a su cara mientras mantenía el aliento, y abrió los ojos mientras expulsaba una bocanada de aire. En los dos segundos que tardó en verlo, enfocarlo y procesarlo, su corazón le dio un vuelco y la bocanada se tornó nasal por la risa que estalló en sus pulmones. Se contuvo hasta esbozar una sonrisa y abrió el SMS que anunciaba el sobre parpadeante en la pantalla de su móvil. No había fallado, ahí estaba, un mensaje mandado a kilómetros de distancia por ondas que, al tomar forma de letras, le hizo el hombre más afortunado del mundo.
Tiempo.
Odiaba la primera meada después de un polvo. Sabía que si se despistaba acabaría teniendo que fregar el baño, así que decidió mear sentado. Con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos apoyadas en las mejillas se evadió mientras meaba. Empezó a pensar en Ella, seguramente estaba tirada en la cama buscando un cigarrillo que encender, desnuda, resplandeciente.
Pese a que la conocía desde hacía tiempo, todavía se asobrada deleitándose al descubrir una nueva manía, frase, peca o carcajada nueva. Ahora tenía la piel del color del chocolate, y el pelo largo y rizado, estaba preciosa, y fue así, con la piel color chocolate y el pelo suelto como le dijo, unos días atrás, que le encantaban los puzzles y que le había regalado uno. Los puzzles.
Meando, y con las manos aún en las mejillas, siguió pensando. Los puzzles, algo nuevo, algo que Él no había sabido en los últimos ocho meses y que ahora le sorprendía y le hacía sonreir. Él no sabía demasiado de puzzles, pero se hizo una idea de qué iba el asunto.
Un puzzle suele ser una fotografía, dibujo o cuadro, dividido en un número variable de piezas que se pueden ensablar y desensablar entre sí, formando, además del puzzle, un lio de tres pares de cojones. Cuando ves un puzzle montado todo encaja, todo tiene un sitio armonico en el que realiza una función perfecta y dejas de ver piezas para ver un todo. Bien, la gente es así, estamos formados por miles de facetas que nos conforman, y lo que de verdad importa es de qué tipo de piezas estamos formados.
La pregunta que le rondaba mientras apuraba la meada era "¿De qué tipo de piezas estará formada?", Él y la pregunta salieron del baño, cruzaron en pasillo y abriron la puerta del dormitorio. Desde la cama, Ella encendía, desnuda, resplandeciente, un cigarrillo. La pregunta desapareció destrozada por la respuesta hecha carne. El se quedó mirándola en le quicio de la puerta. No había preguntas o respuestas posibles en un caso así. Se conocía, se conocían muchísimo, pero hay cosas que no sabían el uno del otro.
Él se apartó de la puerta, se acercó a la ventana, la abrió y saltó a la cama al lado de Ella. En los nueve segundos que había tardado en hacerlo todo Ella había dado dos caladas al cigarrillo, en humo de la segunda todavía estaba escapando de su boca cuando Él la besó. No se le iba la alegoría del puzzle de la cabeza, sonreía pensando en ello, el resultado era inevitable.
- De qué te ries?
- Sonrío...
- Y por qué sonriés?
Era una conversación que había repetido miles de veces, y que les hacía a los dos descojonarse por dentro, mostrando una aparente pero discreta sonrisita estúpida por fuera, que a su vez trataban de mal disimular para hacerle ver al otro que la procesión iba por dentro. Ese tipo de juegos de espías era algo que a Él siempre la había fascinado de Ella; era una de las personas más inteligentes que conocía, pero también una toca cojones capaz de desesperar a Santa Teresa de Calcuta, y eso era lo que había hecho que Él se enamorara como un chiquillo estúpido. Y Ella lo sabía.
Ella tamién estaba enamorada, se le notaba en la forma de mirarle por la mañana, o en la sonrisa de quinceañera que precedía a un montón de besos en la ducha, incluso cuando torcía el gesto al ver que Él decía alguna estupidez, se veía preocupación en sus ojos. Sí, Ella estaba enamorada, y Él también lo sabía.
Volvían a estar juntos, aquella enorme cama volvía a ser el gran océano en el que navegaban juntos, los besos, los abrazos, las miradas, las risas, los polvos, los insultos... todo volvía a estar en su sitio.
Decidieron desayunar fuera, ya no por la pereza de la cocina (sí, esta vez El desayunaba en casa por voluntad propia) si no porque eran más de las cuatro de la tarde; se ducharon entre risas, y besos, se vistieron y salieron de casa dando un portazo. Tal vez fue por el portazo y la corriente de aire que se desató, pero el caso es que a tres metros de la puerta, sobre una mesa, en puzzle de mil piezas, una de ellas cayó desde la caja al tablero, ocupando, exáctamente en lugar que le correspondía.
Ayer.
Imaginad un reloj de arena.
Vale, necesitaba una imagen fija para empezar a escribir esto, de lo contrario parecería demasiado surrealista... el caso es que llevo más de un mes sin aporrear el teclado, y la verdad es que no lo he hecho porque siempre tenía algo mejor que hacer, pero hoy no se da el caso y quiero escribir un rato, así que se de antemano que lo que va a continuación va a ser intimista y personal, es decir, va a ser cursi a rabiar, tan tan cursi que hasta Antonio Gala acabaría llamándome marica.
Ya podéis dejar de pensar en relojes de arena. Gracias.
Mi habitación está completamente vacía, desnuda, violada... Se me acaba el tiempo en Bristol, de hecho esta es mi última noche en la que ha sido mi cueva aquí, mañana compartiré cama con un griego, pero eso es otra historia.
Intentaba explicar lo que ha pasado en estos nueve meses al capullo del espejo, pero es difícil de ordenar, aún hoy, cuando la habitación está como estaba la primera noche que entré, las cosas son distintas, Bob Dylan está rebotando en las desoladas paredes fucsias y su voz me remueve por dentro todos los recuerdos... Es una tortura orgásmica.
Esto se acaba, Bristol desaparece y vuelve València, el calor y la horchata. Con València entra en el pack toda la tropa, a la que hace ya demasiado tiempo que no veo junta. La tropa. Creo que nunca he hablado de ella en general. No me voy a poner tierno porque os veo dentro de poco, pero gracias por estar donde os dejé. De verdad, a todos, hasta a los que os largáis a descubrir tierras extrañas, os maldigo por pura envidia, y porque se que os echaré de menos.
Cuando llegué aquí la primera vez, hace nueve meses menos ocho días, tenía miedo de no encontrar lo que venía buscando. Venirme a Bristol fue una decisión muy arriesgada. Me desprendí de cosas de las que me jode haberme tenido que desprender. Si me vine fue porque necesitaba este año para mí, necesitaba poder saber que las decisiones de mi vida eran mis decisiones, no las decisiones de otros. Llevaba demasiado tiempo sin encontrarme, así que hice maletas, di abrazos, perdí besos y crucé los dedos.
En estos meses me he dado cuenta de muchísimas cosas: se puede sobrevivir a base de pizza, calimocho y porros tres días; dejar de ver el Sol durante 29 días no es sano, enloqueces; fregar un colador es la más ardua tarea del mundo; una cama de metro y medio es mejor que el Tianic; hay perfumes que evocan lujuria; un landlord es el hombre del saco del siglo XXI; el gas para montar nata, no es gas para montar nata; mearse en la mano para poder oler mejor tu meada es algo a la orden del día; los franceses son majos; si frotas lo suficiente, el suelo siempre recupera su color; puedes preparar la cena en tres minutos, y sentirte orgulloso; el dinero no crece en los árboles; cinco minutos son muchos metros; los viajes sin rumbo fijo garantizan risas y lágrimas; los relojes funcionan sin agujas; el agua con arroz es milagrosa; las falsas apariciones de Bob Marley alegran a los tíos con barba; con esfuerzo y dedicación un alemán puede llegar a decir "porro"...
Joder, no daría a basto si tratase de teclear todo lo que he aprendido, de todos modos, lo mejor de eso han sido los profesores, he conocido a gente que no sabía que existía. No podría nombraros a todos, por eso no quiero nombrar a ninguno, pero, vosotros, como grupo habéis sido los culpables de que os eche de menos, y eso no os lo pienso perdonar jamás.
Este año me ha servido para otra cosa, he cumplido una promesa que le hice a una amiga, y la verdad es que pensé que no podría cumplirla.
Ahora es cuando se rompe la linealidad entre el presente y el futuro, cuando vosotros leáis esto hará unos seis segundos que habéis dejado el párrafo de arriba, pero para mi han trascurrido más de veinte minutos. El por qué es algo profético. Estaba pensando en como introducir mi segunda parte del post, en la que os iba a hablar de alguien. Estaba a punto de explicar cómo cumplí la promesa que le hice a mi amiga, estaba pensando en como estructurarlo desde una noche hace meses a hoy. No se, pensaba en contar alguna anécdota, o revivir un recuerdo, contaros quién es, cómo es, qué parece, cómo huele, a qué sabe, qué dice, cómo baila, cómo ríe, como folla, cómo fuma, cómo llora... Estaba pensando en todo eso y ha sonado el movil. Era ella.
- Qué haces?
- Escribía.
- El qué?
Eso ha sido un resumen de la conversación, porque después me he puesto a contarle lo que pensaba, me he puesto a contarle quién es, cómo es, qué parece, cómo huele, a qué sabe, qué dice, cómo baila, cómo ríe, como folla, cómo fuma, cómo llora... y hemos acabado los dos sonriendo a kilómetros de distancia, a sabiendas de que yo ya tengo solucionado mi problema de "cómo de cursi ponerme" y ella el suyo de "cómo eres de teatrero".
Debo brindar por ti, debo brindar por lo que me has enseñado y por lo que has aprendido, debo brindar, y, a falta de copas, buenas son canciones y, mientras Dylan me pregunta cuántos caminos ha de andar un hombre, yo se que sí, que he cumplido la promesa que le hice a una amiga. Creo que una vez te dije que hay cuatro cosas que no te faltarían nunca, espero que las recuerdes.
La próxima vez que teclee será desde la terreta. Allí os veo.
Caos.
El suelo se deshace bajo mis pies. Si en ese momento hubiera tenido una botella en las manos la habría lanzado con furia contra una pared. Una de esas botellas de vidrio delgado que se rompen en mil pedazos. Una botella vacía, así no mancharía nada. Cada uno de los pedazos de ese vidrio delgado me habría devuelto mi propia mirada, una mirada de cansancio y agonía, una mirada cargada de desesperanza, odio hacia mi mismo y reproche.
Agobio. Una sensación de agobio que me impide respirar con naturalidad. El aire pasa a estar formado por polvo, que se me mete en la garganta, haciendo imposible que llegue a los pulmones. Me siento acorralado. Claustrofóbico. Enterrado vivo. Noto como me suben arcadas desde el estómago. Es una de las peores situaciones que recuerdo haber vivido. Paladeo la bilis en la boca.
La puta realidad es que tengo unas ganas enormes de llorar. En vez de eso grito en silencio maldicíendome por ser tan estúpido.
No soy gilipollas, y, en este casos, el sentido común empeora las cosas por momentos. Analizo la situación con precisión quirúrgica. El hecho. Las implicaciones. Los actos. Las soluciones. Todo se monta como una cadena perfecta en la que el eslabón más débil son mis propios nervios. Miedo. Pánico. Repito la cadena: Hecho - Implicaciones - Actos - Soluciones. Lo que más me jode es saberme estúpido. Saber que tengo la solución al alcance de mi mano y pese a todo no ser capaz de agarrarla.
Frio. Necesito frio. Masticar hielo. Poner las ideas en orden. Rehacer la cadena. Añadir nuevos eslabones para que no se pueda romper, o romperla del todo y metérmela por el culo, sólo para autoconvencerse de que hay cosas peores y de que a los pequeños problemas hay que tratarlos como a tales, pequeños problemas.
Retrocedo mientras tecleo para haceros comprender lo que pasa. Tengo un problema entre las manos que me está matando. Me cancero. Sudo. A falta de botella, la que acaba estampada contra la pared es mi camiseta, que, en los últimos siete minutos, se me ha pegado a la piel tratando de meterse dentro de mi. Paro y cierro los ojos. Entonces es cuando veo la cadena. Hecho - Implicaciones - Actos - Soluciones. Veo que el problema es una solemne gilipollez que jamás debería haber alcanzado las dimensiones que me he permitido otorgarle, pero, pese a que me joda, no es el momento, la solucón está ahí pero no puedo llevarla a la práctica.
Todo esto está siendo un poco caótico, no? Supongo que si hablara de mi problema, si os lo explicara, si os dijera, por ejemplo "me he pillado un huevo con la cremallera" o "me acaba de llamar mi viejo, dice que tiene un tumor cereberal del tamaño de un cenicero", todo sería mucho más fácil, pero esa no es la idea. La idea es haceros partícipes del desasosiego que siento. Explicar que mi alma se quema sin decir por qué. Seré más gráfico. Imaginar follar con un grano de sal gorda dentro del condón. Incluso ahora me dejo llevar por el cinismo.
Dejo de retroceder mientras tecleo. Vuelvo al presente. Hecho - Implicaciones - Actos - Soluciones. Conozco la solución, se lo que debo hacer para que todo vuelva a su lugar, pero el agobio es tan grande que no tengo forma de llevarla a cabo. Si mi vida fuera un videojuego y tuviera un par de "Continues" este sería el momento de pegarme un tiro para poder empezar hace unas horas y sobrellevar las cosas de otro modo. Pero mi vida no es un videojuego. El caso es que conmigo he arrastrado a otra persona, y eso es lo que no me perdono, eso es lo que retroalimenta las arcadas, la bilis, los reproches, el fuego. Me odio a mi mismo.
Justo un segundo antes de explotar, justo un segundo de cruzar esa línea que puede hacer que todo se vaya a la mierda, justo un segundo antes del caos infinito, justo ahí es cuando giro la cabeza.
En la cama, con el pijama puesto y desde detrás de unas gafas de montura de pasta roja me están mirando unos ojos. Estamos a un par de metros, pero jamás me he visto a mi mismo con tanta nitidez como en ese momento, reflejado en sus ojos. Lo que veo hace que todo se ponga boca abajo. Veo preocupación. He tensado tanto las cosas que lo que debería ser odio, aburrimiento o compadecimiento es unicamente preocupación. Ella se está preocupando porque sabe que las cosas no deben ser como están siendo. Se preocupa por mí. Ahí digo basta. Ahí el problema desaparece y me lanzo a abrazarla como si me hubiera vuelto loco. Ahí recuerdo quién soy, qué quiero y qué temo realmente. Ahí todo se desvanece y el rojo que teñía mi visión pasa a ser un "amarillo polvo de hada".
No se si te lo habré dicho alguna vez, pero gracias por estar donde haces falta.
Islas.
Audrey no se cansaba de mirarles. Bueno, tampoco tenía más opciones, es lo malo de ser un póster. Llevaban en la cama todo el día, las últimas doce horas las habían pasado viendo películas y fumando porros, risas, polvos, enfados, un todo absoluto que hacía que aquella habitación, hecha una auténtica pocilga, fuera todo su universo...
Ella estaba en la cocina, había dicho que la cena corría de su cuenta, y en el momento de largarse se había arrepentido de la promesa, estaba demasiado fumada y perezosa como para moverse a cocinar… pero una promesa es una promesa, los dos lo sabían, por eso todo funcionaba.
Gilipollas. Gilipollas fue lo último que Él oyó antes de ver cómo se iba a hacer la cena, sonrió. Su genio, eso era lo que le volvía loco de Ella. Capaz de poner cara de tonta quinceañera y capaz de intimidar a Ben, en malo malísimo de Lost, si se lo propusiera.
Doce horas son muchísimas horas. Habían pasado en la cama doce horas, hablando. Bueno, doce horas menos el rato que Él se fue a por la comida, pero volvió con doce rosas amarillas. Volvió con rosas amarillas por ver la sonrisa en la cara de Ella, la verdad es que valía la pena. Doce horas habían pasado en la cama hablando, doce rosas amarillas habían sido testigo.
Desde siempre les sorprendió el poder aguantarse. No se aburrían el uno del otro. Hoy habían recordado su historia. Es una historia de esas de película francesa con banda sonora de pianitos. Pese a todo, y como todo, esta historia es resumible. Complicidad. Todo se basaba en eso, eran cómplices. Cómplices en todo. Como cómplices que eran podían ser sinceros. Y como sinceros que eran podían ser felices.
Mientras Ella hacía la cena, Él miraba una pantalla y escribía estas líneas. Por una puta vez en mi vida estoy completamente seguro de algo. La felicidad existe. Es tangible y visible. Es real… y no necesita ayuda en la cocina.
Canciones.
Si se les hubiera visto desde fuera hasta habrían parecido enamorados. La verdad es que lo estaban; pero eso es otra historia.
El porro aún humeaba y el whisky hacía tiempo que se podía cortar en el ambiente, eran más densos sus vapores que el mismo aire. Tirados en la cama hablaban de canciones, escuchaban, una a una, canciones del pasado, recuerdos, amigos, fiestas... pasaban de un blues a una balada, de cantautores a grupos de punk, de Mocedades a Elvis...
En un momento Ella habló:
- Busca tal canción, es una de las que tenía con Luis.
Luis. Lo dice recordando con la vista. Se nublan los ojos. Los suyos de pasado. Los de El de rabia. Luis. Siempre hay algún Luis, algún Roberto, algún Antonio... La verdad es que también hay alguna Alicia, alguna Laura, alguna Sandra... y cada Alicia, cada Laura y cada Sandra tienen sus canciones.
Nos creemos lienzos en blanco, capaces de dejarnos llevar por alguien, para que pinte sobre nosotros, alguien que escriba poesía en nuestros cuerpos, alguien a quien abrazar, con quien compartir sueños, alguien con quien follar o a quien cocinar, alguien con quien ver películas o ir a la feria... nos creemos lienzos en blanco, pero no lo somos; somos lienzos emborronados y llenos de aguarrás, aguarrás con el que hemos intentado quitar parte de la pintura anterior, de forma que lo que tenemos que ofrecer al próximo pintor es un lienzo casi blanco. El truco está en el casi.
Supongo que todo sería mucho más fácil si tuviéramos un botón de “reset” que nos permitiera empezar de cero siempre que lo pulsásemos. Olvidar historias pasadas cada vez que empezamos una historia nueva. Te imaginas? Entregarnos cada día como si no hubiera pasado o futuro. Olvidar con quién fuiste feliz para ser feliz con quien eres. Con quien eres y con quien es. Poder apretar ese botón cada vez que la vida te ponga en jaque.
Francamente, supongo que todo sería mucho más fácil si tuviéramos un botón de “reset”, pero pobre del imbécil que lo apretara. No podemos olvidar nunca quiénes hemos sido, o qué hemos sido, no podemos olvidar besos, cenas, polvos o canciones. Forman parte de nuestra historia, y por lo tanto forma parte de nosotros. No tenemos un botón de “reset”, pero tenemos la posibilidad de la elección, que mola más que Dark Vader con pilas Duracel. Podemos elegir. Podemos decirnos “Vale, aquello estuvo bien, pero mírate ahora, mira lo que tienes, deléitate; decide vivir, a sabiendas de lo que viviste, como si realmente no hubiera pasado o futuro, pasa del botón de los cojones y entusiasmate con la fruta que tienes por delante, pélala, obsérvala, cómela...”
Podemos jugar a ser, o podemos ser de verdad. Podemos vivir con un ojo repasando historias, o podemos zanjar esas historias y mirar al futuro. Zanjar historias. Es jodido zanjar historias. Somos reacios a los puntos finales. Solemos dejar siempre alguna puerta abierta, nos guste o no, para que, por lo menos, corra el aire entre el pasado y el presente, el problema es cuando esa corriente se mete en el futuro, un sitio donde nadie la había invitado. Vivimos moldeados por quienes fuimos y a veces olvidamos quienes somos.
Y somos lo que hemos decidido ser, nadie está donde está por culpa de un capricho del destino, y nadie puede echar la culpa de su vida a la mala suerte, y la verdad es que si estás jodido es porque tú te has puesto ahí, así que no hay más ostias que afrontarlo y decidir cambiarlo. Es por eso por lo que un día recuerdas que el aguarrás arde, y le metes fuego a tu lienzo, y te lo fumas, y con la pintura pillas un ciego de tres pares de huevos, y duermes, y sueñas... sueñas con que tienes un botón de “reset” y sueñas que tienes los cojones de no apretarlo. Y vives. Y te enamoras. Y acabas pensando en rosa y acariciando la nuca de la persona que está a tu lado. Y al resto le pueden ir dando mucho por el culo.
Y mientras Él piensa todo esto, gira la cabeza, y la ve a Ella, pensando en unicornios en el paraíso; y se da cuenta de algo, el no es Luis, el no es Roberto, el no es Antonio... el es quien hoy se lleva la mayúscula, el hoy es Él. Y Él se deleita con su presente, y con el presente de Ella. Y se da cuenta de que están ahí, juntos, solos, entre la nada y el todo. Y están donde han decidido estar, tirados en la cama hablando de canciones, poco a poco generando recuerdos a los que sólo ellos tendrán acceso.
Él se pone a recordar, recuerda una canción de los Rolling, recuerda un primer roce que desató una tormenta de besos, recuerda la sensación en el estómago que le provocó la primera vez que fue consciente de que había despertado a su lado, recuerda una bandera llena de sueños, recuerda cervezas y bailes, recuerda caminatas de madrugada, recuerda bocadillos de albóndigas, recuerda pueblecitos en los que amerizan patos, recuerda polvos de esos que quitan el aliento, recuerda broncas, riñas y metidas de pata, recuerda cosas que atesora en paños de oro y recuerda que no hace falta recordar porque lo tiene todo ahí, al alcance de su mano. El presente es un cuadro grotesco de un pasado imperfecto que lucha por tomar forma en un futuro idealizado.
Y Él como protagonista de la historia, la sigue mirando a Ella, en la cama, jugando con un collar y la cabeza en otro sitio, y sonríe, y se acerca y la besa, y se da cuenta de lo que hay, y lo que hay le arranca una sonrisa, y Ella le pregunta por qué se ríe, y Él le dice que sólo sonrie, que no se está riendo, y esa sonrisa se pinta en un lienzo. Ahora la felicidad se ve asociada a esa sonrisa, a su nombre, a esa cama, a las canciones... ahora la felicidad lleva su nombre, y la vuelve a besar.
Sí, la verdad es que están enamorados, pero eso será otra historia.República.
Hoy hace 76 años que al rojo de la bandera le pusieron trozos azules, trozos azules que la amorataron. Hoy hace 76 años que nació
Y yo me pregunto... dónde se fueron a meter esos trozos azules? En realidad lo se, aquellos trozos azules fueron a parar a los ojos de alguien. Hoy es su cumpleaños.
Te iban a llamar de otra forma. Un nombre exótico. La verdad es que no lo recuerdo. Damaris? Era así? El caso es que al final, alguien optó por un nombre más bíblico. Si alguien me preguntara alguna vez cómo te conocí, o cómo hablé contigo por primera vez, tendría una historia cojonuda que contarle, mezclando ascensores, furgonetas y algún examen poco claro. Si alguien me preguntara alguna vez cómo te perdí la pista, o cómo hablé contigo por última vez, tendría que decirle la verdad, fui un idiota.
Imagino que hoy te habrán hecho regalos, imagino que habrán sido regalos de la ostia, tal vez alguna pijada, puede que un libro, a lo mejor algo que se pueda usar en la nieve... Yo no puedo regalarte nada. En cambio tú una vez me regalaste una caja, una caja de galletas. Recuerdo lo que pensé cuando lo abrí, pero no lo voy a escribir aquí. Tal vez con un poco de tiempo hasta me habrías regalado un bañador (perdona por el chiste fácil, pero se que te pone de los nervios, por eso lo he usado).
Quiero creer que sigues siendo quien eras, la que igual preparaba carbonara para seis en medio de un campeonato de Play Station, que igual te pegaba una que ni llorabas, o imitaba geishas por la calle. De seguir siendo esa, y de tener oportunidad, tal vez te regalaría algo...
Puede que una flor. Se que es un tópico lo de regalar una flor por un cumpleaños, pero esta vez sería distinto. Sólo recuerdo haberte visto con dos flores. Una te duró un par de minutos, o eso me dijiste, estaba en el salpicadero de un coche nuevo, y era de plástico. La otra te durará toda la vida, la llevas en tinta. Por eso mi regalo sería una flor; la tercera flor, la que está en medio de las otras, la que está en medio de una muerte en minutos y una vida eterna. Sólo espero que si te regalase una flor la regaras.
Tenías ganas de vivir tu vida, solías sonreir entre porro y porro, llamabas “guapa” a cualquier chica que encontrabas, paseabas perros que no eran tuyos y te metías en movidas por el hecho de tener más cojones que la mayoría de tíos que conozco... también conducías a toda ostia oyendo a Marea y así acabaste, siniestrada contra un MG que alguien frenó en un semáforo, después del susto vinieron las risas y de Manzanita pasaste a un Escarabajo.
Recuerdo que me enseñaste lo que es un “trino” y que yo te enseñé a odiar la palabra “lícito”, recuerdo que no aguntabas que te ganaran al Pro y que te enfurruñabas hasta lograr una revancha, recuerdo historias de mejicanos en un pueblucho de Estados Unidos, recuerdo un Montgó nevado, recuerdo que una vez por semana necesitabas un McAuto y recuerdo que te reías con mis primeras “lligues”...
Lo recuerdo con cariño.
Sobre todo recuerdo con cariño los huevos que le echabas a las cosas hasta lograr alcanzar un poco de felicidad. Por ti, y por tus huevos, y por tu felicidad, brindo hoy. Sopla las velas con fuerza, quién sabe dónde te lleve el barco. Cuídate, y feliz cumpleaños.
Opciones.
Hay veces que me harto de todo. Cuando ocurre todo eclosiona. No quiero que suene trágico, porque no es malo. Un día te despiertas y te das cuenta de que todo lo que te rodea es lo que tú has puesto ahí, pero has puesto tantas cosas que apenas te queda espacio para tí.
Una buena amiga, que desayuna magdalenas amargas, me dijo el otro día que la vida era una rueda, yo me la imaginé como un aro de Hulla-Hop, decía mi amiga que a esa rueda la acompañamos nosotros, dándole empujones con la mano para que la rueda, nuestra vida, corra, con nosotros a nuestro lado, disfrutando, viviendo... Mi amiga me decía que hay veces que le damos a la rueda de nuestra vida demasiado impulso, cada vez más, cada vez se mueve más rápido, y eso hace que nosotros, al lado de esa rueda tengamos que correr un poco más; pero si le das demasiado fuerte a la rueda echa a correr, y tu ya no vas a su lado dándole impulso, ahora te toca correr a tí, detrás, con la lengua fuera, simplemente persiguiéndola... dejas de vivir tu vida para ser un esclavo de ella.
Ser esclavo de tu vida.
Probablemente sea lo peor que le puede pasar a un ser humano, levantarte cada día sabiendo que te irás a dormir cansado y sin poder explicártelo. Viendo cada hoja caer del calendario a tiempo que tu sentido del humor se va agriando. Conociendo hasta el último segundo de tu futuro, por previsible, vacío e inutil. Mirándote al espejo de forma fugáz porque eres incapaz de mantenerte tu propia mirada.
Lo más temible de todo es que lo que está ocurriendo no es culpa de tu jefe, de tus conocidos, de tus padres, de tu barrio o de tu ciudad, lo que te está ocurriendo es culpa tuya, pero esa es tu vida, y no puedes cambiarla. O sí?
Puedes despertarte un día, y no tirar de la cadena después de mear?
Puedes andar más despacio por la calle, llegando tarde a los sitios?
Puedes hipnotizarte, mirando a las nubes tumbado en un parque?
Puedes escuchar las canciones, en vez de oirlas como siempre?
Puedes salir corriendo, sin pagar la cuenta de la cerveza?
Puedes desnudarte, dentro del metro en hora punta?
Puedes reirte, hasta que te duelan las mejillas?
Puedes refugiarte en unas caderas y olvidar?
Puedes detener tu rueda?
Puedes un día concreto empezar a ver las cosas de otro modo? Decidiendo a que velocidad correr tú, y si tu vida es más rápida de lo que tu realmente deseas, pararte, quedarte quieto, encender un cigarrillo y contemplar como tu rueda, y tu vida con ella, se van a tomar por el culo en el horizonte... después, cuando te hayas acabado el cigarrillo puedes echar a andar en dirección opuesta a la que venás, creando una nueva rueda, o sin necesidad de ella, simplemente vas a tu ritmo; con lo mismo que eras antes, pero con la oportunidad de ser sorprendido por algo, o por alguien.
Una vez todo eclosiona; una vez la rueda se pierde para siempre cabaldando hacia el oeste, con la puesta de Sol; una vez te has quedado de nuevo solo, desnudo y huérfano; una vez rompes con tus miedos, con tus cadenas y obligaciones; una vez ahogas todos los "debes" y te abrazas a los "quiero"... una vez pasa eso respiras tranquilo sabiendo que podrás mantenerte la mirada en el espejo.
Eres feliz y puedes hacer feliz a los que tienes cerca.
La felicidad es muy puta, pero vale la pena pagarle una hora.
Vueltas.
Y yo que llevaba ya casi un mes en mi cueva y tranquilito, comiendo manteca de cacauhete y matándome a videos porno... tranquilo, cual Hommer en Jauja anunciando Malibú... viene el otro día una paloma mensajera y me lanza desde veinte metros una piedra que me da en el ojo, me hace un nuedo en el estómago, me baja por la espalda y me explota en los cojones... y me los toca bien tocados....
La piedra viene con un mensaje de Sam, podeís encontrarlo en el post de Kilómetros, en los comentarios, junto con mi triste respuesta del momento... leedlo porque tiene miga.
Total, que ahí estaba yo, tranquilo y con un dolor de huevos de aquí a Parla...
Os resumo lo que me veía a contar Sam; más o menos me contaba que él pensaba que yo había estado enamorado, que la cosa no había ido bien y que aún estaba jodido... Toacate los cojones Sam... con lo tranqui que estaba yo... en fin, pensé que era una sandéz, nos pasa a todos, nos enamoramos, y luego la cosa peta y te jodes, así se juega... te levantas y vuelves a jugar, y luego ostia que te crio!!, pero te levantas, y sigues jugando...
Y yo, que pensaba así, en mi burbuja seguía, comiendo pollo frioto, felíz, y con el puto dolor de los cojones que no sabía yo por que no desaparecía... suena a peli de sobremesa... en la peli ahora entra mi conciencia por la puerta, me da un guantazo y me dice: "Tío, Sam tiene razón, aún estás jodido por ella!!! estás perdido!! Llámala, llámala y dile que la quieres!!! Hazlo!!! Corre!! No rechistes, soy tu puta conciencia!!!". Bien. Si fuera una peli la habría llamado, o me habría suicidado, pero esto no es puto celudoide (me vida, quiero decir, jodido gafipasti!).
Si de verdad estaba jodido porque seguía enamorado de alguien del pasado estaba vivendo una mentira en el presente... Oh!! oh!! oh!!, problema.
Y yo que me muevo de mi cueva, tiro el pollo frio y me cago en Dios...
Total, que sí, que ahora viene el "pero". No vayaís a pensar, lo que me conoceís en dilapidarme...
El "pero" llegó sin querer, de repente y sin esperarmelo, por la noche, al despertarme de madrugada y para ver la hora, giré sobre mi mismo... este "pero" viene con sonido y suena a algo así como "Aaayyy, jodeeeerrr..." Imaginate el suste, un "pero" del siglo XXIII viene a despertarme!! será el fantas de las Navidades Pasadas?? Yo acojonado... Hasta que caí en que no era un fantasmas, era otra cosa, tenia forma, olor, sabor y tacto, y era, olia, sabía y se tocaba como algo actual, real, precioso y adictivo.
Mi "pero", en que cambia esta historia, tiene el color del hachís apaleado y su ombligo es una piscina, mi "pero" me traga con sus ojos y me mira con sus manos, mi "pero" es una cabezota de dos pares de cojones, pero de no serlo se habría abrierto la cabeza hace meses...
Mi "pero", además de preposicionar, posiciona, y eso no tiene precio, chavales. Mi "pero" nunca ha visto películas de James Bond, pero es la mejor en el juego de los espias. Mi "pero" hasta es capaz de aguntarme!
Siempre querré a alguna gente, siempre querré como quise y recordaré lo qe viví con una sonrisa, siempre imaginaré otras vidas, porque me gusta soñar, siempre soñaré con encuentros imprevistos, siempre le envidaré al destino para sacarle hasta mis mayores sueños húmedos... pero, cuando tienes un "pero" como mi "pero"... entonces todo eso será de otro modo, recordarás con cariño, no con amor; imaginarás con ilusión, no con esperanza; sentirás ternura, no calores... todo eso será distinto, tú serás inmortal y te habrás pasado el videojuego de la vida.
Acabas de ganarte un presente y un futuro nuevos, todo gira, y se desenvuelve en el otro sentido, ese "pero" pasa a ser algo indispensable en tu presente, todo vuelve su sitio, y ni mil gaviotas a diez metros podría tocarme los cojones con mensajes precognictivos. Soy lo que quiero, y lo que quiero suena a "Aaayyy, jodeeeerrr..."
Números.
No se cómo se llama lo contrario a una Post Data, pero de tener nombre es lo que debería encabezar este texto. Lo escribí cagando leches y quiero añadir algo, así que a ello voy.
Les ví en la sala de espera del aeropuerto. Les ví de refilón, casi sin prestarles atención, pero algo se debió quedar grabado en mi cerebro, de no ser así no estaría ahora mismo escribiendo esto.
El avión hace unos diez minutos que ha despegado y acabo de sobrepasar la primera sábana de nubes y un Sol anaranjado rompe el horizonte y me traspasa a través de la ventanilla... por debajo de mí la sábana ha pasado a ser colchón.
Puede que haya sido por pensar en ese colchón por lo que me he acordado de ellos. Puede que haya sido al imaginar todos los colchones que han compartido.
Las despedidas me ponen melancólico, en mi vida he tenido que decir más "adioses" de los que hubiera deseado, por eso me invento las vidas de los desconocidos, y más cuando son desconocidos despidéndose. Puedo ponerles el final que quiera.
Usar un bolígrafo a modo de varita mágica es uno de los mayores placeres que nos brinda la puta vida. Hasta las mentiras puedes dulcificarlas al rasgarlas en papel. Y otra cosa no, pero mentiras hay muchas.
Pasan los años y te das cuenta de que todos mienten. Es ley de vida, hasta tus padres con el cuento de los Reyes Magos te toman el pelo. Sólo hay algo que lo veas por donde lo veas no te puede engañar. Los números. Tal vez sea por eso por lo que llevo pensando todo el día en esos "dos" del aeropuerto...
Entre los dos no sumaban más de cincuenta años, eso os da pie a la imaginación, menos de veinticinco otoños per cápita compartidos, a decir verdad, compartidos aún era menos de un otoño. Se juntaron entre cuatrenta millones que eran como ellos, y se juntaron por intentar matar fantasmas de otros inviernos.
Juntos descubrieron que hay lágimas que es mejor no derramar, frases que no se dicen con palabras y abrazos que unen más que ciertos contratos... sabiendo eso mandaron las lágrimas, las palabras y los contratos a tomar por el culo y crearon un espejistmo de sexo, amor y odio... a ojos del público no eran más que un "uno más uno", desde su punto de vista eran algo menos que dos, pero algo más que antes.
Habían aprendido de cietos errores del pasado, y decidieron no repetirlos; otros errores, en cambio, les vinieron de nuevas, y sólo los superaron a base de cojones y de apuestas estúpidas que nosotros no entenderíamos... decidieron, la noche de la despedida, que no se echarían de menos porque sabían que Dios había inventado el "hasta luego" para casos así, por lo tanto, si hubiésemos podido mirarles a través de una pequeña ventana habríamos visto como en el umbral de la puerta se despidiero sin palabaras, mirándose a los ojos y firmando un pacto que les devolvería el uno al otro.
Media lágrima por parte de Él y media por parte de Ella forman una lágrima entera?
Pienso en ellos, como el viejo que recuerda su infancia, pienso con nostalgia y envidia, deseando haber podido vivir aquella historia. No se que habrá sido de ellos, la verdad, pero tampoco me quita el sueño. A Ella me la encuentro de vez en cuando por alguna cafetería, tal vez con otras caras, otro cuerpo u otro traje, ahora la veo sola, pero cuando mira al vacío sonríe... una vez le pregunté por Él, y no me contestó de forma clara, sólo me dijo que la esperaba en casa, pelando pistachos. No se qué coño quería decir, pero su mirada me trasportó a sitios en los que ni siquiera puedo soñar. La envidié, maldita mi suerte.
De Él se poco, era un tipo que apenas hablaba en serio, y una vez que habló de Ella, en un aeropuerto, casi se puso a llorar.
Giros.
A veces complicamos las cosas. Sin pretenderlo nuestra vida gira como un calidoscopio de colores y los patrones creados se descolocan, las palabras camuflan cosas que no se dicen, las miradas atraviesan las paredes y un nudo se nos pone en la graganta de forma que no se puede tragar nada.
Ocurre que cuando estás en ese tipo de situaciones todo pierde sentido y sólo quieres desaparecer, volverte invisible hasta con la gente que de verdad te importa, y es entonces cuando la cagas con todo el equipo, todo se desmantela y pasa a ser algo grotesco que embrutece todo por lo que habías luchado.
Pasas un par de horas, o tres, haciendo cosas mecánicas, cosas que te permiten pensar mientras las haces, ya sea ver una película absurda, cocinar o ducharte... creo que de eso os he hablado alguna vez. Supongo que soy un tipo raro y que no debe ser fácil aguantarme. Supongo que tengo un lado oscuro. Supongo que a veces es más fácil mandarlo todo a la mierda que luchar por algo.
He aprendido cosas, la mayoría de ellas no me valdrán para nada, otras sí. Moverse por impulsos, de forma casi aleatoría es lo único que nos permite ser amos y no esclavos de lo que creamos. Lanzarse al vacío sin importarte con lo que te puedas estampar es un modo de vida jodido, porque, quieras o no, siempre hay momento de dudas.
Se ser felíz, se volar contigo; también se que hay veces que dejo de batir las alas y caigo un poco en picado. Tú, que vuelas a mi lado, a veces me levantas otra vez, y a veces dejas que caiga un poco más. No es sencillo volar con alguien. Por eso te necesito cerca, para acostumbrarme a tus alas.
A veces una simple sonrisa deshace esos nudos que aparecen en la garganta... a veces pienso que te quiero y que es por eso por lo que caigo en picado, falta de costumbre y fantasmas escondidos que me lastran hacia abajo. Una vez alguien me dijo que era "patologicamente seguro", no creo que tenga razón, más bien soy un imbecil idealista con las cosas claras, eso me permite sentenciar y ser rudo, pero también me permite inventar cuentos compartiendo una almohada.
La pregunta es si esos cuentos, si esos momentos de felicidad eterna, si el sudor compartido, si el vernos en los ojos del otro, si crear lugares a los que nadie tiene aceso, si esas mariconadas que hacen que sonrias, ya sean bolsas de pisctachos o ensaladas de pasta, valen la pena. Si esas cosas valen la pena habrá que acostumbrarse a volar juntos. Si esas cosas no valen la pena estamos jodidos.
A veces, simplemete, es malo pensar.
Mañana.
Una vez tube un profesor de literatura, que se pasó un par de años intentando hacernos comprender la importancia de la ensoñación. Decía que el tiempo era un bien preciado , ahora yo le diría que también es un recurso inleástico, pero ese es otro cantar, y que por lo tanto quien matara el tiempo se estaba sucidando. Contaba que cerrar los ojos y soñar con otras vidas era lo que nos diferencia de la gente "muerta".
Han pasado los años, en concreto siete, y en ese tiempo me he dado cuenta de que el hombre era un perfecto papanatas. La ensoñación puede ser improtante, que no te digo que no, pero pobrecito del que se quede en eso. Una vez comentada la paja mental de esta noche, voy al tema. Darme diez minutos para acabar de liar algo que tengo por aquí y ponerme un poco más cómodo. Ahora vengo.
Ya está, gracias por la paciencia. Veamos por dónde coños íbamos... No quiero convertir esto en un alegato al "no sueñes, vive", creo que el tema está demasiado sobado. En vez de eso os pondré un ejemplo. Necesitamos al tipo "A", la tipa "B", factores coyunturales conjuntos de "A y B", que serán "A´" y "B´" y factores coyunturales diferenciados que pueden ser "A´´" y "B´´". Vale, es un lio de la ostia, pasemos a lo pragmático, que se me da mejor, y luego veremos por donde les damos salida a este cruze de caminos.
Él era un tipo de esos que quedan pocos, en la escuela nunca destacó demasiado, se sentaba a mi lado, el la última fila, pese a que era bueno pegándole patadas a un balón nunca jugó al futbol en el patio, decía que eso era para los gilipollas engominados que vestian polos. Pasaba las horas muertas en varias cosas, cuando no estaba fumando porros en el parque de debajo de su casa estaba aporreando una vieja batería que compró por un par de fines de semana de fiesta; a veces escuchaba a Sabina y leía a José Hierro, otras se mataba a pajas viendo el canal porno pirata. Los que le conocimos diremos que era un buen tipo. Ponerle cara, seguro que conoceís a alguno de esos.
Ella era la "Muchacha típica" a la que cantó Serrat, conducía un coche antiguo, hacía sus pinitos en eso de ensuciar folios y sabía bailar cualquier cosa. Era una luchadora de esas que en vez de sangre parece que tengan Ketamina, nunca se cansaba, decía lo que pensaba y sabía moverse en cualquier situación elevándose un palmo del suelo. Conocía varias letras de canciones antiguas, veía el cine en balnco y negro y canturreaba a Extremoduro cuando bajaba en el ascensor a comprar el pan. Los que la conocimos diremos que era una esas que siempre encabeza la carta a los reyes magos, pero nunca nos la trajeron. No podeís ponerle cara, porque suele tener cara de exnovia.
Se conocieron por ahí, entre porro y cena social. Se hicieron amigos, andaron kilómetros en silencio y pasaron horas hablando. Un día pegaron un polvo dentro de un coche y al día siguiente volvieron a ser los de siempre. Al tiempo se dieron cuenta de que preferian "cena y peli" que "cubateo y garito de moda". Se reían, eso es importante. Meterle caña vosotros, que prefiero la interacción. Poned un par de sitios secretos, restaurantes donde les saludaban por su nombre, crearon historias de esas de palabras favoritas, colgar el último el teléfono o condones rotos. Historias de las que tú has vivido.
Un día ella le dijo que se iba. A Portugal. Gastaron las últimas semanas en lo que más les gustaba. Meterle contexto. Hojas que se caen del color del chocolate apaleado. Frio que hacía que metieran las manos en los bolsillos del otro. Corazones gravados a punta de navaja en los troncos de los árboles. Pitillos a medias. Helados de chocolate. Ya sabes, de eso también has tenido. La última noche merece párrafo aparte.
Ella no pudo dormir pensando en que todo se acababa y en que lo sabía desde hacía tiempo; le escribió una carta; pensó en llamarle tres o cuatro veces; ordendó las fotos que tenía y guardó una en la cartera; grabó dos discos de música, en uno puso todas las canciones lentas que cantaban en la cama y en el otro las más movidas, las que le recordaban a sexo en los portales.
Él tampoco pudo dormir, así que aporreo la batería hasta que sus vecinos aporrearon la pared; usando tres acordes compuso una canción en la que rimó "Portugal" con "vendabal"; bebió en silencio, como los cuarentones que hacen de espía en las películas; se tumbó en la cama, sólo para ver en todas las paredes fantasmas que le daban por el culo.
Hora y media antes de que el tren saliera se reunieron en una cafetería del centro, pequeña, íntima y sin cobertura en el móvil. Lloraron y maldijeron su suerte. Al final Ella le dió la carta y los discos y Él sacó del maletero la guitarra y cantó su canciñon. Ella se quedo mirándole y no dijo nada.
Un par de horas después de todo esto Él me llamó para pedirme cincuenta pavos, le pregunté que a qué venía el sablazo, que si de verdad la quería esperara un poco más antes de irse de putas, Él me insultó y me dijo que Ella había rimado "Portugal" con "vendabal" en no se qué de una carta. No supe muy bien de qué cojones hablaba, pero bueno, le presté el dinero y me fuí a dormir.
Al día siguiente Ella me llamó al móvil y me dijo que estaba de vuelta en la ciudad, en su curro, pero que Él no había aparecido, total que por mantener la sorpresa me pidió que le llamara, y yo le llamé. El muy capullo estaba dando vueltas por Lisboa con una dirección garabateada en un post-it y sin dar con la calle de marras. Sonrreí, no pude evitarlo y le dije que eran idiotas.
Ahora viven en un pueblo de Girona, en algunos restaurantes les llaman por su nombre y de vez en cuando se les rompe un condón. Mi profesor de literatura se hubiera quedado en el tren, o en la canción y en la carta, o un poco antes, cuando la razionalidad les dijo que no les iba a dejar dormir cinco minutos más... Alguien que ensueña nunca podrá imaginar que a veces los sueños se quedan cortos.
Lo siento querido profesor de literatura, pero no creo en depositar esperanzas porque creo que podemos moldear a ostias el presente para crear nuesrto futuro. No se prometer cosas porque prefiero hacerlas y punto. No imagino un mañana, ni un ayer, y hoy es demasiado corto para hacer todo lo que quiero... Si lo que me queda es la ensoñación, prefiero prenderme fuego.
Curvas.
Abrazados permanecian imperturbables a los bandazos del metro. Él había encontrado asidero en sus caderas. Ella en su cuello. Estaban fundiéndose en un abrazo, ajenos a los pasajeros que subian o bajaban, al final del vagón.
Si se les hubiese dado tiempo se habrían fundido, literalmente, en un solo cuerpo, tal era el calor que desprendian... un poco más tarde ese único cuerpo se habría fundido con el metal del vagón, con los railes del metro, en los túneles de aquella ciudad, edén temporal de aquellos Adán y Eva.
Nadie les concedió ese tiempo, ni comieron ninguna manzana. Cada parada de avanzaban era una parada más cerca de la despedida; cada metro más era un beso menos. Lo sabían, por eso abrazados permanecian imperturbables a los bandazos del metro.
Una voz metálica anunció el final de su trayecto. Sonrieron, sin mirarse, al unísono, ambos sonreian por lo mismo. Recordaban cada una de las veces que una voz, mecánica o no, les había anunciado el final del trayecto, y, pese a todas las malditas voces, mecánicas o no, del mundo, ahí estaban. Juntos.
Se abrazaron más fuerte y supieron lo que pensaba el otro. Se miraron sellando promesas no pronunciadas y las laclaron al verse reflejados en los ojos del otro.
Aquel metro les llevó a una estación, esa estación a dos trenes, y cada tren a un destino distinto. Pese a todo no hubo lágrimas, ni tristeza. Lo habían vuelto a hacer. Habían vuelto a ser los mejores. Eso les garantizaba dos cosas. Uno. Estaban vivos. Dos. En otra ciudad, con metro o sin él, volverian a abrazarse imperturbables a los bandazos de la vida.
Faros.
Es más fácil escribir un retal de una historia que una historia entera. Es por qué resulta evidente. Para escribir una historia entera necesitas una introducción, un nudo y un desenlace, en definitiva, necesitas coser un vestido entero. Para contar un retal sólo hace falta un par de puntadas aquí, un par de puntadas allí y un par de botones. Lo cual le viene de cojones a alguien como yo, que le tengo pánico a lo de coser vestidos.
El vestido es mi vida, mi actual vida, tildada, casi casi violada, por su pasado y por el inminente futuro, pero, además de largo de cojones, se os haría aburrido, así que vamos con una manga, una pernera, un volante o lo que coños sea que acabe siendo esto.
He vuelto a la ciudad en la que nací, iba a escribir "casa" pero me ha entrado la risa. Lo que me he encontrado aquí es lo que creía que me iba a encontrar aquí, ni más ni menos, así que, al no haber sorpresas tampoco hay alicientes.
Mirando por el retrovisor todavía veo un abrazo en una terminal de aeropuerto y unos ojos que lloran, un poco más allá veo risas, y un poco más allá veo tantas cosas que hacen que no preste atención a la carretera que tengo por delante, con lo cual la ostia puede ser, cuanto menos, imponente. Lo grandioso es que me da igual.
Hablando con las hadas y los trasgos comentaba que todo esto, lo que me está pasando, no es más que una pista de despegue. Inciso al hilo del discurso: pista de despegue, no de la de los aviones que unen vidas, de las otras; desglosando: "pista", a lo Cluedo; "despegue", a lo cera en la hingle. Después de esto viene el aquello, con más de lo otro y menos de lo de más allá.
Desaparecer, volar, esfumarme, escapar, correr, gritar, saltar, reir... parezco un jodido anuncio de compresas, lo se; lo se, pero es lo que hay. Cuando haces un nudo corredizo a algo has de asegurarte de que al final de la cuerda hay un tope. Al final de mi cuerda no había tope así que me he escapado de mis propios fantasmas. Y joder que bien sienta.
Los faros de los puertos no sirven para indicarte dónde está la dársena, sirven para indicarte dónde están las piedras, es, como un mensaje intermitente, que te dice "al loro, chato, que te aostias... al loro, chato, que te aostias... al loro, chato, que te aostias". Encontar el puerto es cosa tuya. Sabiendo dónde no debes ir, no sabes dónde debes ir, pero te haces una idea. La ciudad en la que nací tiene puerto.
Hoy me preguntaba el capullo del espejo que si echaba algo de menos, le he dicho que echaba de menos una cosa, y el tipo va y me pregunta que por qué no la había metido en la maleta. Me ha rondado la pregunta todo el día, a decir verdad aún ahora, mientras tecleo esto veo a los interrogantes planear sobre mi cabeza como buitres al acecho, esperando que mis neuronas se desequen. Hijos de puta.
Creo que se la respuesta que le daré al tipo del espejo la próxima vez que le vea.
Desde el fondo una máquina de descoser me pregunta que por qué ya no la acaricio, y un arco se está empezando a poner morcillón, mientras tanto hay una muñeca tumbada en mi cama que me pide que le cuente un cuento, y yo precupándome por el tipo del espejo... definitivamente soy gilipollas.
Pepona.
Era como ver la primera parte de una trilogía. Sabes, cuando acaba, que todo es por un algo, un algo que verás dentro de un tiempo en otra sala de cine, así que te vas a tu casa y te haces algo de cena, te pegas una ducha, lees un poco y te acuestas, y en todo ese rato no paras de imaginar cómo coños será la segunda parte.
En esas andamos. Que me vuelvo a España. Que hoy no os cuento cuentos, ni milongas, que paso de hablar de protagonistas enlazados durmiendo desnudos bajo sábanas que huelen a sexo... Que esto va de otra cosa, va de dejar la vida que tengo, otra vez, para volver a la vida que tenía. Va de dejar de ver unas caras para volver a ver otras. No es bueno, ni malo. Mentira. Tiene sus cosas buenas, y sus cosas malas. Típico tópico. La cobardía nos impulsa a usarlos.
Qué dejo aquí? Aquí dejo cosas que jamás pensé que contraría, buenos amigos, amigos a secas y algún que otro bastardo de esos a los que les acabas pillando cariño... Dejo lugares comunes, cervezas a mitad, un cigarrillo encendido, risas que van y vienen. Dejo de dejar de apurar las noches hasta que la Luna se va a dormir. Dejo de pasear con el frío agarrándome por los tobillos y lastrándome a esta extraña ciudad...
Qué voy a encontar? No lo se. Puedo imaginarlo. A la tropa, a la familia, a la gente de los cafés, a la gente de los cubatas, a la gente de los conciertos... Un Sol de justicia, la playa, el volver a conducir, comer sano...
La segunda parte de la trilogía empieza en menos que veinte días, volveré aquí, a donde estoy, a seguir contandoos cuentos y milongas sobre protagonistas enlazados durmiendo desnudos bajo sábanas que huelen a sexo... De mientras escribiré como el yonki que necesita el chute, pero en vez de heroína tendrá que ser metadona adulterada.
Sólo quiero agradecer a mi camello de la heroína las oportunidades brindadas, va por tí, por aparecer como has aparecido, recuerda, hay una noria, en algún lugar, desde donde se podrá empezar a pensar en el guión de la tercera parte de la trilogía, por supuesto, a final abierto.
Pactos.
Se conocieron dentro de un Taxi. Olvidaros del por qué, esto es un cuento, yo os lo digo y vosotros os lo creeis, si no, no tendría gracia. Volvamos a empezar. Se conocieron dentro de un taxi, y decidieron olvidar sus destinos, olvidando una reunión con un coordinador de RRHH y dejando para otro día una actualización de no se qué informe sobre el Banco Central.
Les fue bien. A dos personas que se conocen a las bravas no les hace falta disfraces, así que no se los pusieron, y de paso que se quitaban eso también se quitaron la ropa, el pasado, los miedos y las telarañas de los ojos. Caundo se les veía juntos creaban cierta armonía que intranquilizaba a ese tipo de gente que viste de traje gris.
Inventaron palabras. Se les dababa bien, Él era un escritor frustrado y Ella una ninfa. Probablemente si alguno de los dos hubiera seguido su camino, el marcado por ese tipo de gente que viste de traje gris, todo habría sido distinto. Gracias a una tal Angie decidieron romper la baraja. Partieron y salió Jota de rombos.
Cuando no les veía nadie no sé qué cojones harían porque a mí también me prohibian el paso, pero después, cuando coincidíamos tomando un café, los dos tenían media sonrisa. Sumadas eran más de una. Les envidiaba. Cabrones.
Una vez le pregunté a uno de ellos cómo lo habían logrado. Me dijo que no tenía ni puta idea, que el truco era imaginar que mañana estarían muertos, así las cosas dejaban de importar y se precipitaban en una tormenta de besos, con rayos de abrazos y truenos de risas. Francamnte les envidiaba. Por cabrones.
Por separado eran buenos. Juntos no es que fueran mejores, o la ostia, o algo por el estilo. Simplemente, juntos, eran. Se prohibieron palabras, atándose con normas que sólo ellos entendían. Firmaron contratos ficticios y decidieron que si cambiaban de idea podrían romperlos sin dar explicaciones. La cuerda floja sobre un acantilado lleno de cristales empapados en cianuro era un juego de niños comparado con lo que ellos hacían, y los muy cabrones lo hacía con los ojos cerrados. Ya os he dicho que les envidiaba?
De vez en cuando, mientras me cruzo con un tipo que viste de gris me acuerdo de ellos e imagino qué estarán haciendo. Probablemente nada nuevo, probablemente Ella ya haya ido a esa reunión de RRHH y Él haya acabado su informe sobre el Banco Central, pero estoy seguro de que cada noche, cuando la Luna le cede paso al Sol, juntos se acuerdan de una tal Angie, y se rien entre abrazos. Cabrones. Les envidio.
Úlim.
Estaba tumbado en a cama. La mano izquierda, hecha un puño, aguantaba todo el peso de la cabeza, detrás de la nuca, en el pecho un cenicero, en la mano derecha un cigarrillo. Si miraba al infinito veía, a cinco metros, unas cuantas botellas vacías y un par de fores que, al ser de plástico, sólo podían fingir que se marchitaban. Era el final de a habitación. Ahí acababa su patria.
La escena era ordenada, exalaba el humo a la vez que la mala ostia, e inspiraba intentando atrapar toda la atmósfera que le rodeaba. Si aguna vez alguien ha hecho meditación bipassana con un cigarrillo en los labios tal vez lo entienda. Toda la tranquilidad se vió rota de golpe con su entrada. Previsible. Como en las películas malas que sólo sirven para meterse mano en el cine... Redoble de tambor: tratratratratratara.
Voy a presentárosla. Se llamaba, digamos que Maruja. Metro cincuenta y ocho de montaña rusa; y centímetro y medio de más, donde acumula todo lo que no quiere decir. Ojos de color hachís. Un saco de cosquillas. Por ombligo tiene una piruleta. Sabeís las gilipolleces esas que se dicen sobre las agujas y los pajares? Pues eso.
- Qué haces?
- Pensaba.
- En qué pensabas?
- En la Teoría Cinetico-Molecular de los gases.
Los experimentos de Joule demostrando que el calor es una forma de energía hicieron renacer las ideas sostenidas por Bernouilli y en el período entre 1848 y 1898, Joule, Clausius, Maxwell y Boltzmann desarrollaron la teoría cinético-molecular, que se basa en la idea de que todos los gases se comportan de la misma manera en lo referente al movimiento molecular. Los gases están constituidos por partículas que se mueven en línea recta y al azar.
Con dos cojones del tamaño de pelotas de basquet. En línea recta y al azar. Así. Zás!! Que digo yo, si es el línea recta y al azar... cuando giren, lo harán en 90º, cambios de dirección totales y absolutos. Algunos deberían aprender de las aprtículas de los gases.
Así que, en línea recta, y posiblemente gracias al azar, la arrastó hasta la cama, y ella se dejó arrastar. Imperterrita, Audrey les miraba desde una pared. Si alguien hubiera podido acercarse al ojo de la cerradura sólo habría oido risas.
De fondo Lennon invitaba a imaginar no se qué.
Música.
Te juro que esto iba a ser una canción de amor.
Quería decirte que en tu piel huelo océanos.
Que el firmamento está cercado por tus cejas.
Que tu risa me traspasa.
Que tu ombligo es mi refugio.
Que tu tobillo mi trampolín.
Que tu cadera mi ciudad.
Y el valle de tu pecho mi única patria.
Pensaba desvelarte un secreto.
Pensaba en dejar de pensar.
Pensaba ponerme tierno.
Gilipolleces de crios quinceañeros con granos en la cara.
Ripios de Lorca.
Pensaba compararte con el pasado.
Suavizar contigo el futuro.
Asesinar, a navaja, el presente.
Pensaba en decirte que tatuaras mi espalda con tus dientes.
Pensaba en susurratre.
En hablarte.
En cantarte.
En gritarte.
Pensaba en oletre.
En esnifarte.
En drogarme contigo.
Pensaba en tocarte.
En acariciarte.
En poseerte.
Y en crear en mi cama tu prisión.
Regarte con abrazos.
Juntarte a mi pecho.
Follarte a mansalva.
Pensaba tensar el arco de tu pelvis de un mordisco.
Quería decirte que las musas te corean.
Que abonaras mi esperanza.
Que me regaras con tus besos.
Que me palparas el alma.
Pensaba poner un estribillo.
Frio traspasando bufandas y miradas que se cruzan.
Pensaba tocar esa canción a base de risas bajo las sábanas.
Deseaba que entendieras lo que no tecleo.
Deseaba que usaras mis ojos.
Deseaba rimarte con el otoño.
Entonarte entre colillas.
Pensaba pa-la-de-ar-te.
Te juro que esto iba a ser una canción de amor.
Kilómetros.
Más o menos me conoceís, los que no en persona, me habeís leido. No voy a hacer una declaración de principios pero podeís imaginar, de vez en cuando, cómo pienso. Empirismo. Vida cíclica. Error como medio de vida. Bla, bla, bla. Bien, con eso quiero decir que tengo cubiertas las espaldas por lo que venga a continuación...
Atención, clase, pregunta de examen: Qué pasa cuando todo lo que dice el capullo que firma esto falla?
Tic, tac, tic, tac.... Nadie lo sabe? Bueno, yo me he pasado días pensándolo, y, al final, he llegado a una semirespuesta, la llamo la "Teoría del Chute Póstumo". TdCP, por aquello de abreviar, que es tarde y no me apetece acostarme tarde.
La TdCP postula algo como: "La distancia física acorta la distancia psicológica, de forma que cuanto mayor sea la primera, menor será la segunda". Por desgracia es una teoría unidireccional, si no sería la ostia, lo se.
Ejemplo práctico. Sujeto de estudio: Yo (que para algo soy un masoca de dos pares de cojones).
Enunciado: El sujeto de estudio se va, con la cabezita hecha un balsa de aceite, a un país muy muy lejano, donde la gente habla raro, come peor, y conduce por el lado que le sale de la punta del cimbrel, una vez habituado al nuevo entorno, un día cualquiera el sujeto de estudio se da cuenta de que paladea sabores viejos, y se acojona, sueña otras caras y a las caras que no sueña les pone otros nombres, el menda decide ponerle fín.
Pregunta: Tiene otra salida, aparte del suicidio, el sujeto de estudio?.
Según la TdCP "La distancia física acorta la distancia psicológica, de forma que cuanto mayor sea la primera, menor será la segunda" por lo tanto no sólo es lícito que el menda se acuerde de aquellas fotos (sacadas entre risas, en blanco y negro, contra un espejo, mientras uno apretaba el botón de "click" la otra le mordía el cueyo y la foto siempre salía desenfocada), si no que también es normal que cada noche tu recuerdo venga al interior de mis párpados (giño a un grande) para, de forma no deliberada, subir al séptimo cielo antes de caer en picado a ritmo del despertador.
La causa de que la TdCP sea infalible es natural, y tú, querido lector, la has sufrito. Atento. Sabes que hay ciertas calles prohibidas, ciertos restaurantes, bares, o garitos, donde sólo tu espíritu de masoquista aférrimo te impulsaría a ir, el por qué ya debería estar claro, dentro de esos sitios, o paseando por esas calles, podrías encontrártela. Pese a todo tienes esos sitios cerca, y, algún día que otro (suele darse los días que el Indio de la botella de Cacique te giña un ojo) decides tentar a tu suerte, a la suerte de la suerte, y a la madre que parió a la suerte de la suerte de la suerte... Paseas por esas calles con mil ojos puestos en puertas y ventanas, entras en los sitios con una congoja que hace que el corazón, en vez de palpitar, toque un ritmo de blues en batería... Puedes verla o no, pero eso ya no importa, porque lo has hecho. El problema es cuando los dioses, con ese sentido del humor que parece una fusión entre Chiquito y Los Morancos, hacen que esas calles, esos sitios, esos olores, estén a tomar por el culo. Te acaban de privar de la posibilidad de jugarte tu suerte con el pecho descubierto y la navaja entre los dientes, ahora, por más que quieras, ya no puedes. Estás jodido.
Un día un recuerdo se despierta en tu lóbulo frontal, haciendo que te duela la cabeza, el alma, y las pelotas, por ese orden, generalmente. De normal, en días como ese te levantas, duchas, pajeas, vistes, conduces, pasas por su cafetería, te olvidas de ella y te vas a hacer tu vida; pero, si te ocurre como al sujeto de estudio, no puedes hacer eso así que te levantas, duchas, pajeas, vistes, caminas, piensas, caminas, piensas, caminas, piensas, y te dan por el culo. El recuerdo despierta a tres o cuatro más de sus colegas y al final necesitas ir a ver al Indio de Cacique para poder hacer tu vida...
Imagino que hay varias formas de atacar la Teoría del Chute Póstumo, imagino que es revocable, razionalizable y, por supuesto, superada. Puede que un día yo mismo os de la respuesta, pero por ahora no quiero buscarla, ya sabeís. Empirismo. Vida cíclica. Error como medio de vida. Bla, bla, bla. Mejor voy a ver que me cuenta el Indio antes de irme a pelear con bonitas caras que tapizan mi almohada.
Introspección.
Anoche no dormiste nada. Tenías que acabar un ensayo. A las nueve de la mañana sales de casa. Miras en el buzón. Premio. Dos cartas. Las guardas con una sonrisa en la cara. Vas a hacer papeleos. Entregas el ensayo. Te largas a tu casa. Cierras puertas y ventanas. Coca-cola con hielo. Donetes. Mesa despejada. Sacras las cartas. Abres. Sacas. Desenvuelves: hachís. Cigarrillo. Mechero. Papel. Lames. Partes. Deshaces. Mezclas. Quemas. Enrollas. Lames. Enciendes. Aspiras. Contienes. Exhalas.
Tiempo muerto …
… fumas …
… fumas …
… fumas …
… desconectas.
Llevabas sin dormir más de veinticuatro horas, así que decides meterte en la cama, con música de fondo, rock and roll. Tumbado empiezas a notar que se te seca la boca. El cerebro se embotona. Empieza a mandar órdenes aleatorias a tus músculos. Se te mueve un pie de forma involuntaria. Luego la mano. El hombro. La pierna izquierda. La derecha. Las dos juntas. La cabeza empieza a moverse de lado a lado, imitando a un metrónomo a toda ostia. Notas que el colchón sobre el que estás es de piedra. Duro. Frío. Intentas atravesarlo con los dedos. Imposible. Es piedra. La cadera se transforma en una brújula. Puede moverse, a su antojo y sin tu control, arriba. Abajo. Izquierda. Derecha. Nortesuresteoeste. Sur. Oeste. Este. Este. Norte. Oeste. Sur. Sur. Norte. Y eso en una décima de segundo. Pareces una marioneta. Un títere tira de tus hilos a su antojo. Sin tu consentimiento. Recuerdas a John Malkovich. Crees que no estás bajo tu control y te lo demuestras. Cantas. Cantas!!. Por qué cojones vas a cantar si jamás harías eso si estuvieras bien? Así que al plantearte el propio hecho de hacerlo descubres que algo no marcha. Pese a todo. Cantas. La boca estaba seca, la primeras palabras de la canción no salen, lo cual provoca que te plantees el por qué no puedes cantar, al hacerlo olvidas por una décima de segundo la letra de la canción, un segundo después decides volver a cantar, pero ya no hay forma de recordar la canción, pertenece al pasado, olvidada por completo, ni aunque te ofrecieran todo el dinero del mundo podrías, ahora, recordar de que canción se trataba. Te emparanoias. Estás perdiendo memoria? Te entra una arcada. Piensas: y si vomito y muero ahogado por mi vómito. Es absurdo, pero… Te das la vuelta, ahora estás de lado. Por si acaso vomitas y te mueres con tu vómito. Acabas de salvarte la vida. Eres un genio. Con tanta excitación neuronal tu cuerpo se ha emocionado y lleva casi diez segundos seguidos convulsionando de forma incontrolable. Ahora, al menos notas que está convulsioando. Once. Doce. Trece. Catorce. Quince. Diez y seis. Diez y siete. Diez y ocho. Diez y nueve. Le das la orden a tus piernas de que dejen de bailar al ritmo del batería que suena por los altavoces del portátil. Quietas. Paran en seco. Te duelen, están llenas de calambres. Una ola, tu cuerpo acaba de sentir una ola, empieza en tus piernas, con los calambres, sube por el fémur, te toca la pelvis, asciende por toda la columna y muere en la coronilla, provocándote una ondulación completa. Como el Camp Nou contra el Madrid. Una auténtica ola. Decides que no puedes dormir, te quitas el edredón de encima. Al instante tienes frío, mucho frío. Abres los ojos. El techo te saluda. Gira endiabladamente a tu alrededor. Frío. Giros. Giros. Frío. Sonríes. Decides que no puedes dormir. Te tambaleas hasta la silla y empiezas a escribir.
Media hora después llegas a esta línea… y pasas a la primera persona. Dentro de unas horas leeré lo que he escrito.
Dedicado a alguien, en algún lado, que hace de cartero del cielo, va por ti púgil, y más te vale hacer las cosas bien, porque si las ganas de follar aprietan ni los culos de los renos se respetan.
Buscándote
Va una de sinceridad bicarbonatada. De esas que duelen. Será porque son las cinco de la mañana y porque no puedo dormirme, será porque los dioses mueven mis dedos o porque echo de menos tu coño. Será por lo que sea, pero lo importante es que es.
La cara y la cruz se quedan pequeñas.
He conocido a muchas, pero aún no te he conocido a tí, por eso te escribo, con la esperanza de conocerte, de que mis palabras formen tu cuerpo, probablemente menudo. Para que mis frases den forma a tus abrazos y mi sudor aliñe tu espalda. Para que mis dedos recorran tu cara y tus muslos sean siempre mi postre.
Te echo de menos.
Sumo y divido historias pasadas, multiplican los aciertos y dividen los errores, el saldo es positivo, por poco, todo sea dicho, pero positivo en definitiva. Se que no me haces falta y que un día volveré a encontrarte, o que te encontraré por primera vez. Se que puedo ser, y soy. Se cosas que he aprendido del único modo que se aprender, ya sabes.
Dos vueltas en la cama son muchas vueltas.
Millones de polaroids atesoro en el espacio que hay entre mis ojos y mis cojones, millones de polaroids difuminadas que esperan a revelarse en turba.
Las risas tienen otro color.
Hemos conocido decenas de bares, centenas de ciudades, miles de risas, millones de polvos entre sábanas huérfanas de mañana... pero también conocimos una, y sólo una, razón que hizo imposible repetir los bares, las ciudades, las risas y los polvos... es por ello por lo que hoy te escribo, maldita hijadeputa, pese a que no te conozca.
Se que no debo, pero ya no puedo evitarlo.
Tengo tu nombre gravado en mi piel a hierro candente, te imagino pegada a mi en la distancia, aunque tú aún no lo sepas estás ahí, mirando con esos ojos que traspasan mi alma
Me enmaraño en tu pelo.
Mis labios recuerdan el primero beso, pero no se han acostumbrado al último. Es por eso por lo que te busco en callejones pagando a fulanas con palabras falsificadas que imitan billetes de veinte euros.
Guardo tu sabor, y tu olor.
Si nunca hubiera sentido lo que tú me harás sentir no te echaría en falta, al haberlo sentido me veo condenado a un foso lleno de serpientes que se dedican a enrollarse en mis piernas evitando que avance.
Quiero buzear en tu ombligo.
Cuento los segundos que pasan hasta que mu funda en tu pecho de forma que ni el mismísimo Satanás se atreva a insinuarnos que hay otras manzanas, por miedo a llevarse tal ostia que le den vueltas los cuernos durante tres días.
No se pueden regar las flores de madera.
Después de tí la palabra "adios" parecerá una pantomima inventada para la otra gente, para los desgraciados que nunca hayan entendido por qué tus ojos son el mejor de los espejos.
Perseo se ha perdido.
Llegará el día, lo se, que vuelva a ver las risas. Llegará el día, lo se, que pueda moldear mis sueños. Llegará el día, lo se, que destroce el diccionario porque no tendrá palabras que puedan exprsar lo que quiero susurrarte.
Abriéndome el pecho me juego mi suerte.
Enfoques.
Me desperté pronto, es lo malo de tener obligaciones. Desnudo salí de la cama y me metí en la ducha. Diez minutos después empecé a pensar en cómo organizar el día. Stephan, mi editor, me había llamado anoche, me dijo que la prueba de maquetación era dentro de cuatro días y que aún no tenía mis fotografías, que sentía mucho lo de Helene, pero que me pagaban para algo, así que ya sabes, campeón, o curras o te pasas el día tirado en casa y viendo la tele, depende de si quieres o no cobrar, añadió antes de colgar el teléfono.
Es por eso por lo que hoy había vuelto a poner el despertador después de tenerlo encerrado casi un mes en un cajón. Tenía que trabajar, por suerte mi trabajo no me ataba a horarios, a trajes y a comidas estúpidas aguantando gilipollas recién licenciados que no saben diferenciar entre su culo y su cabeza. Yo era fotógrafo. No podía conducir un BMW, pero aquello tampoco era para mí, con mi moto tenía de sobra para moverme.
Hacía tres semanas que Helene se había largado, pegando un portazo que dejo huérfanos a nuestros peces, dejando mi armario demasiado grande y quitándole la “x” a la palabra sexo. Desde entonces tocar una cámara había sido una tarea titánica, cada vez que la acercaba a mi rostro el ocular esperaba verla aparecer al otro lado, sonriendo y posando mientras me decía que dejara de hacer el tonto. Aquello se había acabado.
Salí de la ducha porque los dedos empezaban a arrugarse. Fui a la cocina y me tomé un zumo de manzana, eran las diez menos veinte de la mañana, pero por la ventana sólo se veía pasar a la gente como si de hormigas se trataran, ventajas de vivir en un décimo piso, pensé. Me vestí con calma, vaqueros, una camiseta desteñida que rescaté de debajo de la cama y mi cámara Pentax de 35mm, un objetivo gran angular y otro para distancias cortas, nunca se sabe dónde está la foto hasta que aprietas el disparador.
Pisé la calle, Berlín hervía, cómo el primer día que desembarqué en esta ciudad, no se por qué me vine a vivir aquí hace ya casi cuatro años, imagino que por huir de ese tipo de fantasmas que siempre te muerden el culo. Quería una fotografía expresiva, algo que pudiera evocar contrastes, sin pensarlo giré a la derecha en dirección a Neuer See, en Tiergarten, un parque enorme en el centro de Berlín, al lado de la Universidad, donde los estudiantes solían campar a sus anchas junto a jubilados nostálgicos de un pasado que jamás conocieron.
Era Marzo, el tiempo acompañaba, la luz se filtraba entre los árboles creando efectos dignos de George Lucas. En los lagos que bordean al parque se podía ver una realidad distorsionada por las ondas que provocaba el viento. Una realidad de ensueño, casi mágica. Tuve que recordar que no creía en la magia para no acabar como Narciso.
Todo fotógrafo sueña con la misma fotografía, esa que te hace pasar a la historia y ganar el Pulitzer. Yo no soy menos, y la busqué. A cincuenta metros de uno de los lagos había un niño de unos diez años volando una cometa con su abuela, la cometa se reflejaba en el agua como una mancha amarilla, de forma que no se sabía si se trataba de una cometa en un bonito parque alemán o de una bolsa de plástico arrojada por algún depravado en la playa de Benidorm. Decidí que aquella sería la foto que, si no el Pulitzer, al menos pagaría mi alquiler este mes.
Saqué la cámara, un regalo de un viejo amigo que ahora debe andar por Ginebra, y puse el gran angular. Las cámaras Reflex tienen una peculiaridad, La idea, de forma intuitiva, es que, para enfocar, has de girar a un lado o a otro el objetivo. Fácil. No.
Imaginad las vías de un tren. Paralelas. Pensad en qué ocurriría si se cruzasen, al margen de los doscientos doce muertos de turno. En ese punto es donde cascas el "click" y te sale, bien enfocada, la foto. Ganas el premios, y palmadas en la espalda, te haces famoso, luego una playmate te la chupa y listos.
El problema es cuando la foto sale desenfocada; en realidad no sale desenfocada, simplemente sale enfocada en un punto distinto al que tú, pobre mortal, pretendes. Las vías del tren. Una fotografía tomada con una cámara Reflex se enfoca en un punto, el torneo va de hacer coincidir ese punto con lo que tú, pobre mortal, quieres fotografiar... la foto no está mal hecha, está hecha a algo que no pretendías hacérsela. De este modo puedes llevarte grandes sorpresas al revelarlas...
Cuando enfoqué, a unos cuarenta metros del lago, la cometa, el crío y toda esa mierda, fue cuando la ví. Salía completamente desenfocada, tal vez fuera por eso por lo que disparé sin pensarlo dos veces, mucho antes de tenerla enfocada… Poco a poco fui girando el objetivo como quien da cuerda a un reloj, con la esperanza de cuadrar mi visión con los segundos monótonos del “tic-tac” y, como por arte magia, apareció.
Estaba sola, vestida de forma despreocupada, camiseta de cualquier tienda, de color negro y algo holgada, unos pantalones de pana y unas zapatillas desgastadas (con los meses supe que estaban desgastadas por los paseos buscando parajes, pero eso ya es otra historia), cuando la tuve enfocada volví a disparar, abrí angular y volví a disparar… el niño, la cometa, el lago… todo aquello podía irse, juntito y de la mano, a tomar por el culo, mi editor y mis facturas con ellos, por supuesto.
Estaba sola. Estaba sola en un parque de Berlín. Se veía que no era de allí, pero no se podía asegurar de dónde era, por eso me atrajo, por todas las incógnitas que despertaba, por eso me acerqué, por todas las exclamaciones que sugería, por eso, una semana después estábamos encendiendo un cigarrillo a medias en Berlín oeste, por los puntos suspensivos en los que derrapé por su culpa como estos, atentos: …
Cuando le disparé la cuarta fotografía me miró, y, estoy seguro, su mirada veló el carrete. Me dí por aludido y me acerqué. Ella puso cara de no saber de que iba la historia.
“Perdona por las fotos” le dije en un alemán más académico que otra cosa. “No me pidas perdón por algo así, ya lo harás más adelante por algo que de veras merezca mi perdón” me contestó en inglés. Cambié de registro, me la jugué al italiano y respondió en castellano, dejemos las barreras idiomáticas a un lado, que, como cordilleras, molestan más que otra cosa. A un “de dónde eres?” le siguió un “de aquí y de allí” y a lo del café me contestó un capuchino sin azúcar, el café sólo y amargo, como la puta vida.
Lo próximo que evoco es una cafetería donde estaba prohibido fumar, los dos más cohibidos que ilusionados, pero a la vez anhelantes por ver dónde desembocaba aquella caza de brujas. Desembocó en un viaje en moto, ella agarrada a mí, en otro parque de Berlín, un parque que tiene nombre de poeta maldito.
No me mintió, era de aquí y de allá, podíamos hablar en tres o cuatro idiomas perfectamente y en un par más de forma incorrecta, pero el mejor lenguaje era el otro, el de las risas, las medias palabras y las miradas. Le pregunté cuánto tiempo estaría en Alemania y me contestó que si lo supiera perdería la gracia. Ese día corté una baraja por la mitad y salió un As, así que hice las maletas. Ese tipo de cosas sólo las puedes hacer cuando crees en la magia, no la de ver aparecer, o desaparecer, cosas delante de ti, si no la otra magia, la de encontrar a la mujer de tu vida en un ascensor, ese tipo de magia.
Su nombre, que tantas veces grabamos junto al mío (y supongo que antes junto a otros) a punta de navaja en algunos árboles, tenía nombre de personaje de Lord Byron, yo no me llamaba Majnun, pero tampoco le importó demasiado.
Evocaba a noches de otros tiempos y, cuando giraba una esquina, parecía que Aladín, el mago, la alfombra mágica y el loro rojo aquel, iban a salir corriendo detrás de ella. Le gustaba pasar desaparecibida, estar sola, coger setas en grandes jardines y el silencio, pero eso no era siempre posible, así que hacía de tripas corazón y defenestraba a los “David´es” que le trababan el camino.
Cuando el tipo aquel (creo que fue Neruda, pero siempre suspendí literatura) escribió lo de “Me gusta cuando callas porque estás como ausente” debía estar pensando en ella. Años después Sabina (un día los niños estudiarán a Sabina en literatura) cantó “con dos en una cama sobran testigos, cura y juez”, la frase la hicimos nuestra. Sin promesas estúpidas, de esas que luego te asaltan por la noche, decidimos darnos lo que buscábamos.
Un tiempo después, qué más da si se trata de meses o de días, me desperté solo. El hueco que dejó entre las sábanas no era comparabe al que dejó en otros sitios, pero no me quiero poner cursi a estas alturas. Sobre la mesa de la cocina había una regadera en forma de cerdo con alas y una nota “Riega tu mis plantas. Cuídate.”
De vez en cuando me voy, con mi vieja Pentax, a buscar a niños que hacen volar sus cometas, con la esperanza de revivir recuerdos, pero, si lee esto que se esté tranquila, sólo es de vez en cuando.
Reflejos.
Llevaba unos veinte minutos mirándose en el espejo. Intentaba ver algo que no sabía si aún estaba ahí. Tras más de cuarenta segundos sin parpadear se le humedecieron los ojos. Un par de lágrimas nacieron parejas, corriendo por su nariz en busca de un suicidio seguro, tras ellas, como cuando empieza a llover, vinieron cientos. Él se abandonó y lloró. Lloró por necesidad, llevaba demasiado tiempo sin llorar, en concreto cuatro años, desde aquel verano que ya no podía recordar...
No quería creer que hubiera perdido lo único que le importaba, así que, con lágrimas en los ojos, se volvió a concentar en el espejo, en su reflejo, en su mirada... Faltaba algo, ahí no estaba lo que buscaba. Golpeó el espejo con el dramatismo del que espera hacerlo astillas y ensangrentarse la mano, pero no lo partió, sólo logró lastimarse. Al menos el dolor le recordó que estaba vivo. Se le había olvidado.
Cualquiera que le hubiera conocido coincidiría conmigo en que no era un mal tipo, algo hosco si la ocasión lo requería, pero con un sentido del humor que hacía llevaderas las tres primeras cervezas, divertidas las tres siguientes e insoportables las tres últimas...
Yo estaba tumbado en la cama cuando recibí su llamada. Me dijo que se sabía muerto, que no podía querer y que nada tenía sentido sin poder querer. Le dije que eran gilipolleces, que sabíamos los dos, perfectamente, que no estaba muerto y le animé a ponerse delante de un espejo, a mirarse a sí mismo a los ojos hasta que encontrara una chispa, la chispa que le hiciera sentirse vivo.
Al final resulta que yo estaba en un error, que lo que le había hecho sentirse vivo era el dolor de su mano al golpear el reflejo. Volvió a llamarme para echármelo en cara, para decirme que no había ninguna puta chispa, solo unos dedos del tamaño de morcillas y del color de la ceniza. Me reí, no pude evitarlo, le dije que bueno, que tal vez no hubiera chispa pero que la ostia había servido para que se diese cuenta de que muerto no estaba. Ahora era él el que reía. Al final la conversación estalló en carcajadas.
Ahora estoy yo delante de un espejo. Lo que veo es un cúmulo de recuerdos. Una vez, en una cama, conté a alguien que me sentía feliz porque estábamos creando cosas que luego podríamos recrear. En aquel momento no pensaba que recrearlas podía hacer que me escociera el alma. En otras camas conté cuentos, en algunas hize reir y en otras llorar. Lo cierto es que a mi nunca me han contado cuentos, es una lástima.
Con lo complicada que es la vida a caraperro y somos tan capullos de querer fumárnosla a medias.
Bueno, o le suelto una ostia al espejo o me largo a la cama, de soltarle la ostia tendrá que ser con la izquierda, la derecha la tengo hecha una puta mierda, y lo peor es que no debe ser nada sano eso de inventar llamadas de teléfono con tu propio alterego para autopsicoanalizarse...
Búsquedas.
En mil novecientos veintiocho. No se que coño pasó en mil novecientos veintiocho, pero es una fecha que tengo en la cabeza, me asaltó un día y se quedó de okupa dentro, tomándose un güisqui con alguna de mis neuronas ociosas. Algún día quireo escribir algo que empiece así, "En mil novecientos veiniocho blablabla".
No es una fecha demasiado especial, época de entreguerras con brokers que se creían Superman y saltaban por las ventanas de algún edificio... Podría buscar el Google, o en alguna eciclopedia, algo que pasara en ese año, algo que me atrajera y sobre lo que escribir, podría saciar esa puta espina con un par de minutos de búsqueda, pero algo me lo impide.
Espero, como el crio la noche de reyes, que un día esté leyendo un libro tirado en la cama y cuenten algo que pasase por aquellas fechas, o que una desconocida me asalte en un supermercado y me diga que su abuelo nació en mil novecientos veintiocho, o ver la fecha pintada en un graffiti... espero, como los reyes en la noche de crios, que un día la fecha venga a mi, en vez de tener que ir yo a ella...
Espero, de esperanza y de sedentarismo, espero sin buscar, encontrar respuestas abriendo cajones a golpe de palancas, siempre creí que hay cosas que se encuentan sin buscarlas, una fecha, una cerveza, unos ojos o un polvo son algunas de esas cosas.
Puede pasar que no llegue nunca ese día, el día en el que una desconocida me asalte en un super, o el día en que vea un graffiti, o que un libro me hable... puede que nunca escriba sobre mil novecientos veintiocho, puede que olvide esa fecha y me dedique a otra cosa. Puede que nunca encuentre lo que no busco, no es resignación es realismo. Puede que me tenga que conformar con escribir sobre mil quinientos, o sobre tres mil doscientos nueve... Francmente, me importa tres cojones, por eso no creo esperanzas ni me ato a ellas.
Los castillos en el aire son para los que tienen caballos alados.
Meigas.
La cama medía uno veinte. Lo sabía porque la había recorrido cientos de veces con sus dedos y con sus esperanzas, haciendo un camino que nacía en una esquina y moría al otro lado, despeñándose entre pliegues informes. Pese a todo, en uno veinte cabían los dos, por raro que parezca a ojos inexpertos, pare mentira cómo pueden encoger los cuerpos si existe la suficiente presión.
Aún estaba despierta, el móvil le chivaba que faltaban siete minutos para las dos de la madrugada, y, como tantas noches, ahí estaban, pasos en la escalera... todas las noches entraba como un ladrón, como un fugitivo, prófugo de otras almohadas. Dos golpes en la puerta, un picaporte que gira, y una sonrisa desde el quicio, que es contestada con un guiño desde las sábanas. Lujuria.
Media hora después de todo esto empieza el aquello... aún no habían acabado las caricias, el cigarrillo se consumía de forma estúpida en la mesilla de noche, la ventana, abierta para que el olor del sexo escapara, dejaba hacerles partícipes de otra noche de ambulancias y gritos lejanos. Entonces él habló (dejaremos a un lado las barreras idiomáticas, todo el mundo sabe que hay veces que hasta las miradas son capaces de hablar en rumano): "Sabes, creo que te lo debo decir, llevamos así varias noches, y me siento mal... tengo novia."
Algo hizo crac, tal vez fuese un muelle del colchón, tal vez un vaso rompiéndose en el bar de abajo. Ella, con la mirada que usaba a los doce años, en las representaciones de teatro del colegio, y que tantas veces veía en el cine, en los últimos fotogramas de las películas en blanco y negro, fue capaz de contestarle. "Ese es tu problema, no el mío. Dame un beso, durmamos, ya es tarde."
Durmieron. Se despertó cinco horas después, es francamente jodido tratar de dormir más horas en un país en que ningún idiota conoce el significado de la palabra "persiana", estaba sola. Bueno, ni era la primera, ni será la última vez que ocurra eso. Formaba parte de la coreografía. Entraba y se iba de su habitación de puntillas y sin hacer ruido. Era un cabrón, pero un cabrón encantador.
El agua estaba más caliente que otras veces, pese a todo tenía frío. Se enjabonó con lentitud, intentando eliminar ese sudor pegajoso con el que te levantas después de tener pesadillas, o sexo desaforado, podía ser cualquiera de las dos cosas. Envuelta en una toalla verde se miraba en el espejo, estaba todo en su sitio, sus ojos, marrones, creo, le devolvían una mirada ausente, y entonces lo notó.
Tenía nauseas. Algo dolía. Se tanteó los brazos y las piernas, todo estaba en orden, no habían golpes, fisuras o roturas. Mierda. Manos y pies, nada, todo bien. Dedos, todos en su sitio, eso tampoco era. Joder. Algo dolía, qué coño era?. Más nauseas. Ahí estaba. Le dolía dentro. Vomitó. El corazón.
Vomitaba recostada sobre el inodoro. Había sido estúpida. Empezar a querer algo prohibido tenía estas consecuencias. Se planteó ponerle fin la próxima noche que el entrara como un ladrón, como un fugitivo, prófugo de otras almohadas, en su cuarto; pero se dio cuenta de que las cosas eran más graves de lo que pensaba, sólo deseaba que volviera a entrar en su cuarto. Sólo eso, sin reproches.
Estrella.
La conocí de noche. La conocí como a las drogas, las pelis porno y los pecados, sin querer, pero sin poder, evitarlo... supongo que como las drogas, las pelis porno, o los pecados, podría haberme vuelto adicto, pero lo vi todo desde la barrera.
Yo estaba cansado y ella triste. Mi cansancio hizo que no intentara levantar su tristeza, así que, simplemente, la respeté, tratando, de tanto en tanto, sacar un chispazo de sus ojos, más por verme en ellos que porque realmente quisiera cambiar las cosas... supongo que ese tipo de cosas las dicta mi faceta egocentrista... qué remedio.
Pasó el tiempo, por ahora da igual saber si hablo de años o de horas, el caso es que el mundo siguió girando, ajeno a mi cansancio, ajeno a su tristeza, ajeno a todos nosotros, a ti también... Encontró a un tipo, ni malo ni bueno, si no todo lo contrario. El tipo no supo leer el braille y dejó huérfanos los puntos que se le ofrecían. Ella seguía triste. Yo seguía cansado.
Tal vez, pienso ahora mientras tecleo evocando los recuerdos, si yo no hubiera estado cansado.... si ella no hubiera estado triste... bueno, qué cojones!, imagino que si yo no hubiera estado cansado o si ella no hubiera estado triste nada de esto tendría sentido escribirlo, así que no tiene sentido pensarlo... volvamos a la historia...
Al rato, mientras el Sol salía por algún país desconocido y en algún apartamento alguien lloraba mientras su vecino reía, ella encontró a otro tipo. Éste no era ni mejor ni peor que el primero, ni siquiera era todo lo contrario. Mientras yo despertaba de mi aletargamiento ella decidió que ya no tenía sentido estar triste, sonrió. Sonrió y una farola, o tal vez la puta Luna, le iluminó la cara. Paréntesis, no era especialmente guapa, pero era atractiva, así que imaginad la escena, la Luna, o tal vez una puta farola, iluminando a alguien que decide, de pronto, dejar de estar triste... recrearla... es bonita, no? algo así debió pensar el otro tipo, fin del paréntesis.
Se fueron juntos.
Volvieron.
Desde la barrera, cómodo sitio para ver situaciones como esta, las cosas se precipitaban, el tablero marcaba puntas y las fichas blancas estaban enrocadas aguantando al alfil negro, que es un cabrón.
- Por qué no te has ido con él?
- Me he ido y he vuelto.
- Por que no te has ido con él?
- No lo entenderías.
- Ponme a prueba.
- Recuerdas al primer tipo?
- Sí. El que no es ni malo ni bueno, si no todo lo contrario.
- Sí, ese, pues…
- Ya, no sabe braille.
- Qué?
- Nada, perdona, continua.
Aquí, aproximadamente, y con la cancha que me dan las musas de la madrugada, viene una explicación, fugaz, todo sea dicho, de por qué no se tiró al segundo tipo (debería bautizarlos, pero rompería el juramento hipocrático, así que sigo llamándoles “tipos” con la esperanza de que no os perdáis).
Al parecer ella no consideraba juego limpio besar con los ojos abiertos, dormir soñando otros nombres, suspirar por las cimas no alcanzadas, susurrar mentiras al oído, abrazar con un as en la manga, desvelar fantasmas del pasado, gritar con la garganta partida, arañar la funda de la almohada, desear quimeras de juguete, tocar el rocío congelado…
Al parecer ella no consideraba juego limpio ese tipo de cosas que otros consideramos dogmáticas, al parecer ella no consideraba juego limpio comportarse como el resto, al parecer ella debió pensar que yo era gilipollas por mi sonrisa posterior… al parecer ella es la única que puede llevar nombre de estrella, brillar con luz propia, eclipsar planetas.
Si algún día la encontráis será fácil de reconocer, fijaros en la Luna, o en las putas farolas, si se inclinan a su paso es ella, mi chica triste.
Jarrazos.
En cierto país, ponerle el nombre que os de la gana, no es revelador, existía una moneda, una moneda llamada Rebinm. La Rebinm, era, podeís reiros ahora, femenina. Se lamaba así porque constaba de dos caras "Reb" e "Inm", que, además, tenían personalidades propias. No tenía cruz, más risas gratuitas.
Era una moneda mágica que sólo podía usar un tipo de gente, gente que no fuera a usarla para pagar, a decir verdad pocos mercaderes la aceptaban en sus tiendas. El por qué es un tanto fantasioso, pero, qué cojones, esto es un cuento, no?; resuta que la Rebeinm tenía poderes, y, pese a su grandísimo valor fiduciario (osea que con ella podías montar doce hotesles de golpe en la zona azul oscuro del Monopoli), obligaba a su portador a tomar las decisiones básicas de su vida en función de lanzamientos al aire.
Hablemos de sus dos caras. Reb e Inm.
Reb tenía labrada el símbolo de una montaña nevada. En apariencia era salvaje, lanzada, bella, temeraria, inconquistabe rápida, peligrosa, candente... mirarla era desearla. La nieve que la cubría, de un color casi azulado, trasmitía frialdad y poderío. Sus laderas, escarpadas, la hacían ingobernable. Su cima, casi tapada por las nubes, hacía que creyeses que podía llevarte a las mismas puertas de San Pedro... pero, no nos olvidemos, era una montaña... debajo de toda aquella nieve había vegetación, tierra, organismos, magma... estaba viva, y, por lo tanto, necesitaba atenciones. Oviar esto era condenarte a que jamás lograrías alcanzar el punto más alto. Olvidar que las cosas están vivas es condenarte a tener que lastrar sus cuerpos, tarde o temprano.
Inm llevaba estampada un arpa. Sencillez en su forma. Complicación en su uso. Aparentaba cierta fragilidad, con todas aquellas cuerdas cruzándola de un extremo al otro... a su vez, el arco la dotaba de una robustez casi perversa. Poca gente sabe tocar bien un arpa, al parecer se desafinan con suma facilidad, bien por uso, por abuso, o por desuso. Todo esto hacía que siempre se tubiera que estar al tanto de cómo sonaba el arpa, a veces se tenían que pasar horas a solas con ella para afinarla, y luego, cuando empezaba el concierto, todo volaba por los aries al saltar una cuerda... Nuca podemos estar seguros de que, lo que creemos, sea lo que hay. Jamás podemos presuponer cuándo va a saltar una cuerda, ni adivinar por dónde se va a romper.
Volvamos a la moneda en sí, que me pongo nostálgico y eso me toca los cojones. Como ya he dicho las dos caras convivían juntas en un solo ser, y, aún sin pretenderlo, forzaban a sus poseedores (es más poseedor el que posee algo o el que puede no poseer nada?) a determinar su sino en función de saltos llenos de tirabuzones.
Cuando Reb ganaba la partida las decisiones solían ser temperamentales. Cuando era Inm quien se llevaba el gato al agua las decisiones eran más reflexivas. En eso andaba el juego. No era agua y aceite, medio lleno o medio vacío, blanco o negro... muchas veces las decisiones tomadas por el vuelo de Rebinm habrían sido las mismas de haber salido una u otra, el problema no era qué, si no cómo.
Al país (espero que a estas alturas le hayís puesto nombre, enarbolar la bandera aprátrida ya no es snob) en cuestión llegó un día un viajero que no tenía ni puta idea de los sistemas fiscales, los tipos de intrés y los tontos por ciento (perdón, tantos por ciento), así que a nuestro viajero se la clavaron y le endosaron una Rebinm. Como nadie le había contado este cuento fue la propia Rebinm quien le habló de los lanzamientos al aire, la toma de decisiones, teorías maquiavélicas sobre fines y medios...
El viajero casí se caga encima cuando oye que de su monedero salen voces! Imaginate la escena! Una moneda que tiene una montañana nevada que discute con un arpa sobre qué hacer o dejar de hacer... irrisorio... irrisorio si no fuera verdad.
Como no tenía ni la menor idea de las consecuencias que iba a desencadenar decidió prenderle fuego a la moneda. Como combustible uso sus sueños, esperanzas y deseos; como catalizador sus lagrimas; como llama usó un beso. La moneda se derritió al instante, formando, al caer en la mesa de la cocina, una figura.
Premio al que me diga qué figura se puede formar cuando se deshacen dos personalidades como la de Reb y la de Inm al ser fundidas en una sola. Cuando sepaís la respuesta avisadme, yo aún estoy buscando, en las mesas de todas las cocinas que conozco, ese puto amuleto.
Hemisferios.
A veces haciendo cosas mecánicas la cabeza te la juega. Viendo la tele, oyendo la radio, leyendo, en la ducha, o hablando con alguien estúpido, empieza a divagar, sin pretenderlo. Tu cabeza, y esa jodida masa gris que alberga, se van de varas. Los recuerdos te asaltan, como las putas en la Casa de Campo. Estás jodido, colega.
Tengo un amigo que sueña con que el día de su boda una novia de la infancia entre en la iglesia y le invite a fugarse con ella. Él dice, sin atisvo de duda, que se irá con ella. Está tan convencido de que eso puede pasar que casi me lo creí, lo imaginé y, me guste o no reconocerlo, tube envidia.
Llevo ya un par de días dándole vueltas, imagino que es porque estoy en tierras extrañas y vírgenes y porque alguien fuera de contexto suele pensa gilipollces. No quiero hablar de esperanzas porque prefiero no confiar en ellas, tampoco de sueños porque el despertador siempre acaba sonando... no pretendo hablar, tampoco, usando la palabra maldita, esa que te hace gravar nombres en troncos a punta de navaja, esa que se repite, de forma inmisericorde, en cada aniversario, cena especial o cada 14 de Febrero...
El problema no es lo que queda hasta el día de tu boda, no es una puta cuenta atrás. El problema es la arena que ya ha caido del reloj, y que, de forma macabra, tinta a la que queda por caer. Recuerdos. Odiosa palabra en boca de alguien que, como yo, cree que equivocarse es saludable...
Recuerdos que se materializan en olores, en frases o en miradas. Recuerdos que asaltan los espejos, las canciones y los libros. Recuerdos que se te pegan a la piel, como sanguijuegas. Recuerdos que recuerdas porque soñaste que soñabas cuando los viviste y, ahora que ya sólo puedes evocarlos en el pasado, deseas seguir soñando que no lo soñabas. Recuerdos como el carcoma, que practica túneles que funden pasado con futuro, haciendo que el presente se escape, cagando ostias, en una dirección que no puedes adivinar.
Mis recuerdos no son ni mejor ni peores que los del resto de los mortales. Eso es lo peor de todo. Saber que, cualquiera, puede tener los mismos recuerdos, cambiando un par de nombres, ciudades y marca de condones, todas las historias son la misma.
Todo está inventado. Todo está inventado porque todo pertenece al pasado, pero es un pasado revuelto con el futuro, un pasado anacrónico y perpétuo que hace que el futuro tenga tintes de viejo y caduco...
Creo que voy a volver a ver la tele, o a leer, o a pegarme una ducha... creo que voy a retar a mi cabecita a revolverse en su mierda, tal vez logre encontarme.
Puerto.
Te despiertas porque el Sol te pega en la cara. Tardas tres o cuatro segundos en ser consciente de dónde estás, y, mentalmente, repasas, con nueve neuronas, que estaban soñando con mujeres desnudas que van al trabajo en autobuses rojos, todas las camas donde has amanecido, unas veces solo, las más, otras acompañado, las menos... Tu cama, la cama de tus padres, la cama de aquella amiga, la cama de aquella enemiga... Barcelona, Toledo, Javea, Cullera, Londres, Florencia, Madrid...
Cada cama cuenta una historia con el sudor que exudas. Cada ducha, cada cocina, cada acera que cruzas al salir de una casa ajena... cada recuerdo se funde, confundiéndote... y aún no llevas ni tres segundos despierto, joder!!
Vale, ya. Ya sabes dónde estás. Segunda pregunta. Por qué. Más imágenes para contestar a esa pregunta. Más sueños que dejan de ser sueños mientras arrastras legañas y notas tu entrempamiento mañanero. Historias que te contaban de crio, proyectos que nunca fueron más que quimeras, la rubia de la discoteca (miras a un lado, no está, mierda), te centras. Erasmus.
La idea resuena en las cuatro paredes de tu cabeza y produce eco en las cuatro paredes de tu nueva habitación. Como para afianzar esa sensación, las gotas de agua repiquetean en la ventana. Joder, cómo coño puede llevor y hacer Sol a la vez? Vale, efectivamente, estás en Bristol. Inglaterra. Una isla al Norte de Europa. A un cojón y medio de kilómetros de tu casa.
Miras al suelo, maletas abiertas, botes de cerveza, ropa tirada, un nórdico (ya entiendes por qué soñabas que peleabas con una Boa Constrictor), una caja de pizza, calcetines y un condón por abrir... Bonito panorama.
Miras el movil. Nada. Recuerdas cuando al despertarte tenías un par de mensajes dicíendote que te querían... fuera, esas cosas has de apartarlas de la cabeza. Recuerda, estás en Bristol. Ducha, Sucedaneo de café con sucedaneo de leche (me niego a llamar a esto café y a eso leche), pantalón, camiseta, botas. Sudadera y paraguas a la bolsa (ciudad traidora, ahora calor, ahora chaparrón).
Sales a la calle, el Sol inunca tus cinco sentidos, abres la boca de forma inconsciente. Al fondo la dársena. Empieza un nuevo día. Y así, día tras día, durante un par de semanas.
Aviones.
Siempre nos quedará París. Puede que sea la despedida más repetida, citada, escrita y sobada de la historia. Hoy soy yo el que se va. Me voy a Bristol, una ciudad a 200km al Oeste de Londres. Si todo va bien estaré allí, en principio, un año.
Llevo unos días frenético perdido despidiéndome de unos y de otros, creo que he bebeido más cervezas y cafés en cuatro días que en cuatro años. Me ha costado mucho, en todos los términos que imagineis, este viaje. He tenido que pagar precios tan altos que me pongo de mala ostia si lo pienso, pero bueno, espero que lo que tenga por delante amortize mi pasado.
Acabo de cerrar la maleta, debe pesar lo mismo que los cojones del caballo de Espartaco. Tengo algo parecido a miedo por lo que se pueda quedar fuera, pero tengo puro pánico por lo que me llevo dentro. Caras.
No se si echaré algo de menos, creo que no, como mucho echaré de menos algunas risas, unos abrazos, un par de calles, y, por lo menos, dos melenas, que ya llevo tiempo echando de menos. La situación no es dramática, pero es pura espectativa.
Ya veremos. Quien quiera venir a verme está invitado a ello, me comprometo a aceptar a cualquiera que me conoce o me haya conocido. Ja! esta promesa puede salirme cara, pero sería gracioso.
Tengo cientos de frases que escribir, pero no me salen, tengo la cabeza emponzoñada, es como si todas mis ideas quisieran salir a la vez por ua puerta muy estrecha, de forma que se bloquean y no sale nada nítido, así que perdonen lo trágico del post. Creo que me voy a la bañera a pensar.
La próxima vez que escriba será desde suelo inglés.
Cuidaros.
Banderas.
Hoy he soñado. Hacía tiempo que no soñaba. Es mentira, lo habéis creido? En realidad, y según cuentan los que saben, soñar, lo que viene siendo soñar, sueñas todos los días. Otra cosa es que te acuerdes, o no. Y ahí lo dejan, los que saben. "Otra cosa es que te acuerdes, o no". Manda cojones.
Querer, lo que se dice querer, puedes querer siempre, otra cosa es que sepas, o no.
Sufrir, lo que se dice sufrir, sorprendentemente, puedes sufrir siempre, otra cosa es que te libres, o no.
Tocar los cojones con frases pretenciosas es algo que (aplausos) también puedes hacer siempre. Y punto. Ahí ya no hay "..., o no." posible.
Las cosas que nos dan miedo, las cosas que pueden salir mal, las cosas que realmente valen la pena, son las que más nos cuesta empezar, supongo que tiene su lógica. A mayor beneficio esperado, mayor riesgo.
Soy, entre muchas otras cosas, un defensor a ultranza de la necesidad de equivocarte. A ostias se aprende el oficio (más o menos). La pregunta es, por muy empírica que sea la vida, por mucho que repitas un acto una y otra vez, por mucho que te equivoques o que aciertes... es normal seguir teniendo miedo?
Ejemplo practico a discutir en clase: Manolito va a hacer puenting por primera vez en su vida, antes de que le pongan el arnés de seguridad, con el casco rojo abrochado debajo de la barbilla, y saludadndo a sus amigos desde arriba del puente, ya ha manchado los calzoncillos. Supongamos que eso es normal. Por otro lado tenemos a Luis Vicente, experto en saltos desde puentes, aviones, acantilados y, una vez, hasta tubo que saltar de un segundo piso sin cuerda porque apareció el marido de la tía que se estaba calzando... bueno, el tema, Luis Viciente, reza antes de hacer su salto número treinta y tres?
No se le debe perder el miedo a ciertas cosas. Dicho de otro modo, siempre tenemos cierto riesgo a joderla (ese "la" es sustitutivo de "la situación"), y con ello a jodernos nosotros mismos, o a joderla (ese "la" ya no es sustitutivo de "la situación"). Yo tengo miedo. Tengo miedo a joderme, a joderla, a joderla y a joderme, a joderme sin joderla, a joderla jodiendola y todo tipo de combinaciones lineales.
Creo que es bueno tener miedo, es como tener un perro guardián. Te avisa (el miedo, no el perro) de ciertas cosas, pero sólo te avisa, hacerlas, o no, depende de otras partes de tu... cabeza?... personalidad?... corazón?... cojones?... ¿?.
Sea como sea, hoy me quería definir como miedoso y orgulloso, animandoos a hacer lo mismo, a enarbolar una bandera donde dibujar vuestros miedos, tal vez, y sólo tal vez, vindolos así, por encima de vosotros, en un trozo de tela, y ondeando al viento (al viendo de vuestros deseos), parezcan menos serios.
Fantasmas.
Es de noche. Ya es tarde. Me pongo a escribir, me gusta escribir de noche, preferiblemente tarde. Cuando estás tan cansado que la parte racional de tu cabeza te manda a la cama y la irracional hace media hora que se hizo una paja y está contando ovejitas...
Aporreo el teclado hasta que los pensamientos inconexos toman forma, y, como en la escritura automática, digo lo que pienso sin pensar lo que digo, me suelo llevar más bofetones que besos por ello, pero imagino que es resultado de que mis pensamientos son un pozo de alcantarillado.
Casi media hora después llevo escritos varios párrafos llenos de ejemplos casi ficticios, llenos de giños a tal o cual persona, a tal o cual corazón... a veces heridas mortales, otras simples empujones, de vez en cuando caricias, besos o polvos...
Me quedo quieto, muy quieto, selecciono todo lo escrito y lo borro. Me meto en la cama y me duermo.
Descansad. Es de noche. Ya es tarde.
Vistas.
Se despertó y decidió arancarse los ojos, pero como no tenía cojones se los dejó puestos. Pese a todo, decidió usarlos menos. Había aprendido que podía ver con otras cosas. Cabeza. Corazón. Polla. Muchas veces había empezado a ver con un órgano y, por exigencias del guión, del entorno, o porque otro órgano lo mandaba, había tenido que cambiar la visión. Tenía ventiocho años.
Lo se porque ese era yo hace dos años. Ahora me veo fuera de mi cuerpo. Estoy muerto y elevándome hacia un destino que no conozco. Veo, mientras me pierdo, mi habitación, y, sobre la cama, el cascarón que ha sido durante treinta años mi cuerpo, con una mancha escarlata en medio del pecho. La pistola aún humea entre mis dedos.
Me he pegado un tiro.
Recuerdo que lo último que sentí fue un dolor acongojante. No se quién coño dijo que un disparo en el corazón era rápido. He tardado cuatro o cinco segundos en palmar y han sido un puto infierno, probablemente nada comparado con lo que me espera. En mi cara hay una sonrisa, seré estúpido...
Esta es mi historia, que es la tuya, y la de todos.
Hasta los veinte mi vida fue algo que recuerdo con resaca, a trazos os diré que hize todo lo que se esperaba de mí, aprendí a "ganarme la vida y labrarme un futuro" como decía mi madre (no quiero ni pensar en la cara que pondrá cuando se entere de que me ha de enterrar). Luego vino "ella", y después otra "ella", y, más tarde, otra "ella", y otra, y otra... y otra, otra, otra, otra... De cada una aprendí algo. Cabeza. Corazón. Polla.
Cada vez que una se iba buscaba a otra, a veces la buscaba mienras la "ella" de turno aún estaba ahí. Cosas que hacemos, supongo. Nunca duraban demasiado, y, todas tenían algo en común, todas me mandaban al carajo en cuanto me conocían... lo raro era que lo hacían por motivos completamente opuestos y alternos. Eres demasiado frio, adios. Eres demasiado empalagoso, adios. Eres demasiado duro, adios. Eres demasiado infantil, adios. Llegó un punto en que sabía por qué me iban a abandonar antes de que sucediera.
Un tipo me contó un cuento sobre un lobo estepario, o no se qué, paparruchadas, creo. Me había polarizado. Norte contra Sur y blanco sobre negro. El ecuador, el gris, nada de eso existía.
Ayer me desperté, estaba en la fase "duro", así que no la llamé en todo el día. Por la tarde vino a la salida de mi trabajo. No era la primera vez que lo hacía. En el fondo me gustaba. Lo que no me gustaba era la sonrisa condescendiente que tenía en los labios. Fuimos a tomar una cerveza. No se cómo pasó, pero, en vez de hacer planes para el fin de semana, empezamos a hablar del pasado. En concreto de mi pasado. Mal.
En un momento dado me lo dijo. Sabes... creo que te conozco... no eres quien vendes ser, pero tampoco eres lo contario, eres tan mediocre como el resto, estás a mitad de un camino definido desde hace siglos y no te atreves a correr en una dirección o en otra, es una lástima porque no es que no corras por miedo, es que no corres porque estás cojo, en cualquiera de los dos extremos añorarías el otro, pero tranquilo, lo he entendido, te voy a mandar a tomar por el culo por ser demasiado frio, pasados tres meses te llamaré, estarás en la fase cariñosa y entonces tu equilibrio se romperá, así que adios, hasta dentro de tres meses.
El final es previsible, envuelto en sudores frios y nausesas me fuí a mi piso como la oveja que vuelve al redil, con el sino escrito, me tiré en la cama y me aflojé la corbata. Tres meses, tenía tres meses de vida antes de que mi mundo explosionara en un sin fín de pequeños reflejos de lo que antes había sido. No podía ser. Debía evitarlo, cosatara lo que costara.
Partidas.
Llevaba siglos sin verla. Si queréis que os sea completamente sincero debo decir que no la había visto en mi puta vida. Aún así, o gracias a eso, la primera vez que la vi supe, pese a todo, que ella era ella. Es una de esas cosas que sabes a ciencia cierta, sin lugar a dudas, con los ojos cerrados, el pecho descubierto y la navaja entre los dientes... bueno, ya os hacéis una idea.
Recuerdo que, antes de hablar con ella por primera vez, pensé que ya la conocía, la había soñado tantas veces... aún no sabía si se trataba de otra estúpida ilusión, de esas que son como las rosas mágicas, bonitas, pero destinadas a marchitarse en cuanto las tocas.
Mientras pensaba en qué decirle sonó, en un rincón de mi cabeza una canción de Rosendo, una que dice “Cómo me he podido equivocar, con lo que a mi me cuesta... habiendo recorrido mas de la mitad, para que usted me entienda...”. Alejé aquella melodía como quien aleja cuervos de una tumba, a pedradas, y autorecordándome que no existe la mala suerte.
Ni tan siquiera lancé al aire la moneda. Simplemente fui y, antes de darme cuenta estaba a su lado, contándole cualquier gilipollez e invitándola a cenar.
Si alguna vez habéis aprendido a jugar al ajedrez recordaréis la cara de gilipollas que se os queda cuando os hacen el primer jaque mate pastor. Es algo así como “Hijo de la gran puta, cuatro días dedicados a saber cómo se mueven las piezas y tu va y me tumbas con malas artes, maricón!”. Y te quedas ahí, clavado y no puedes ni lanzarle un Expecto Patronum.
El ajedrez, como la vida, es un juego empírico. El jaque mate pastor no te lo hacen dos veces.
Volvamos a la rosa mágica. Me di la vuelta y me marché. Acababa de mandarme al carajo, pero de un modo que no había visto nunca antes, y mira que me han mandado veces al carajo!. No se ofendió, molestó o tomó a guasa mi invitación. Simplemente la rechazó como quien declina un poste en una importante comida social, con una sonrisa y un bon affair que me catapultaron al cielo, un instante antes de dejarte suelto y destinado a una caída libre frenética.
¿Qué has de hacer cuando estás en caída libre? No. No hay que abrir el paracaídas, hay que disfrutar del vértigo, disfrutar hasta doblegarlo. Demostrándole al aire que te envuelve que no te está arrastrando él a ti, que es como cuando pegas un polvo, empapado en sudor, jadeando y contorneándote al ritmo de una música que marca el deseo, sonriendo y, en el momento del orgasmo, abres el paracaídas para demostrarte, a ti mismo, que ni la mujer de tu vida te va a hacer otro mate pastor.
Es una pena que hace quince años aprendiera a jugar al ajedrez. Ya sabía qué cara poner, por eso me volví con una sonrisa y follándome al aire.
Neón.
Se despertó y se puso mi camiseta. Sabía, de tantas otras veces, que a mi me encantaba verla así. Yo llevaba despierto ya un buen rato, pero me hice el dormido, quería ver qué hacía. Y no hizo nada.
- Se que estás despierto, así que deja de hacer el tonto.
- Creo que por esto me enamoré de tí.
En reaidad no estaba enamorado de ella, o eso creo, pero, del mismo modo que ella se ponía mi camiseta, yo decía ese tipo de cosas. Es lo que tiene jugar a ser dos.
- Desayunamos?
- No te apetece un polvo?
- Sí, estaría bien, pero tengo hambre, anoche apenas cenamos.
- Anoche me violaste.
- Bueno, tu te dejaste.
Ya no recuerdo quién dijo qué frase, pero eso da igual.
- Bien, va, vamos a a cafetería.
- Por qué nunca desayunamos en tu casa?
Mierda. Sabía que, tarde o temprano, tendría ésta conversación. Para mi la cocina es el campo de batalla definitivo.
Hay dos tipos de mujeres (tabién de hombres, imagino, pero yo tengo badajo y hablo de ellas, por ahora no follo con otros tios), con las que desayunas y a las que les pagas un taxi después del polvo. Eso lo sabemos todos. Lo que yo sabía y os quiero contar es lo que pensé entonces, el primer grupo, es subdivisible en otros dos grupos. Están a las que llevas a desayunar a una cafetería y con las que desayunas en tu cocina. Y joder si hay diferencia...
Meter a alguien en tu cocina es como presentársela a tus viejos. No tengo la menor duda de ello. Tragué saliva.
- Está bien, vayamos a la cocina. Yo te preparo el desayuno.
Y aquí estamos, en mi cocina, ella con mi camiseta y sus braguitas, yo con mi calzoncillo. Pocas palabras, muchas miradas, un cenicero con dos cigarrillos encendidos que se cansumirán sin haberles dado más de dos caladas, dos tazones enormes llenos de café con leche, un par de curasanes y tostadas con mantequilla, las suficientes tostadas con mantequilla como para alimentar a toda una compañía alemana de Panzer.
Bien, parece que la cosa va francanente bien. Empiezo a creer que no he hecho mal al meterla en mi cocina. Respiro.
- Qué callado estás, no?
Empieza el show. Mierda.
- Hola? Me oyes?
- Me gusta desayunar en silencio.
- Eso no es verdad, he desayunado contigo muchas veces y siempre hemos hablado.
- Siempre hemos desayunado en una cafetería, nunca en mi cocina.
- Y?
- Y nada, déjalo estar.
- No, no lo dejo estar, qúe pasa?
- No pasa nada de nada, ya te lo he dicho.
- Ya, claro.
- Ves porque nunca hemos desayunado en casa...
- Porque en tu casa te vuelves gilipollas, parece ser.
Bang!! Ya está. No recuerdo exactamente qué pasó después, o recuerdo a retales... Primero me eché a reir, ella a llorar, yo me reí más, y ella lloró más. Se levantó y se largó a la habitación, a los diez minutos salió vestida, me tiró la camiseta a la cara al pasar por la puerta de la cocina y me dijo adios.
Y yo, bueno, yo me quedé allí, con los curasanes, las tazas de café, las tostadas y el silencio. Acabé de desayunar solo. Me duché y vestí, encendí el movil y borré su número. Se había acabado. No hay peor juez que la luz blanca de la cocina.
Pan.
Cuentan que cuenta el cuento que al país de Nunca Jamás se llega doblando a la izquierda en la segunda estrella. Nosotros no podemos alcanzar ese destino, ya que necesitaríamos polvo de hada, y a las hadas que conocemos es difícil robarles polvos...
A causa de no poder pillar un avión hasta Nunca Jamás hemos de crearlo en nuestra realidad. Crear nuestro propio Nunca Jamás, un mundo donde encontremos piratas, indios y sirenas... un mundo donde estar rodeado de niños perdidos, un mundo donde el mayor de los problemas se llame Garfio y donde corramos el riesgo de ser devorados por un cocodrilo gigante que haga "tic-tac".
No consiste en tomarse las cosas a risa, en pensar que todo es Jauja y vivir despreocupados, eso nos transformaría en inconscientes, en insensatos e irresponsables, y, eso, es un montón de mierda. Quiero crear algo mucho más real.
Lograr un equilibrio entre la realidad y la ensoñación. Entre el asfalto y las nubes. Entre Ares y Morfeo. Si te tomas la vida demasiado en serio acabas con una hipoteca, un jardín y un perro, pero muerto sin haber sido enterrado, aún; si te tomas la vida demasiado en broma te atropella un jodido autobús.
No es sencillo darle a cada situación, persona, o acto, la importancia que merece, de hecho, hasta que aprendes a empezar a hacerlo te llueven ostias por todos lados...
Un día te despiertas y, mientras te lavas la cara, el agua te aclara las ideas. Las neuronas empiezan una orgía de dos pares de cojones, y ya sabemos que a esas no hay Dios que las pare. Te miras a los ojos en el espejo, una vez fijada la mirada puedes hasta cerrar los ojos, la retienes, grabada a fuego en la retina, y te dices: "Quién eres? Qué quieres? A qué temes?"
Cuando cierras cada uno de esos tres interrogantes con una exclamación toda rueda hacia abajo, y sin frenos, vas lanzado. Ya no sabes si valoras, o no, las cosas como tocan, pero te la jode, ahora la escala la pones tú. Decides afrontar lo que temes, decides buscar lo que quieres y sabes que haces lo correcto porque tienes claro quien eres.
Entonces empiezas a conocer a los indios porque con ellos fumas la pipa de la paz, con las sirenas te bañas cada madrugada, el polvo de hada lo esnifas, del cocodrilo sacas dos zapatos y un maletín cojonudos, y su "tic-tac" deja de asustarte y ahora sólo te dice "date prisa viejo-tic, que el tiempo corre-tac"... a los piratas los conoces por su nombre de pila, ya no asustan, ahora beben ron contigo... y Garfio, bueno, todos conocemos a un, o una, Garfio, si evitas que te destripe todo irá bien. Los niños perdidos pasan a ser hombros en los que apoyarte, manos que te levantan y carcajadas de madrugada, buenos bastardos para tiempos peores. Wendy... bueno, ya sabéis que Wendy nunca entendió, demasiado bien, Nunca Jamás, que se joda. El resto ya sabéis, doblad a la izquierda en la segunda estrella, y bienvenidos.